
Antes de dar por fin el visto bueno para que publicaran su obra en Francia, escribió una reveladora dedicatoria: “Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para con los que aún vivían podía más que la obligación con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente. (…) Lo dedico este a todos aquellos a los que no les alcanzó la vida para contar esto. Y perdón porque no lo vi todo, no lo recordé todo, no lo intuí todo”.
Después, Alexander Solyenitzin, que tenía entonces cincuenta y cinco años, había sido galardonado tres años antes con el Nobel de Literatura y era casi un prisionero en su propio país, autorizó la publicación de su monumental obra que iba a sacudir las conciencias del mundo, las buenas y las malas: “Archipiélago Gulag”. En esa obra de no ficción, Solyenitzin denunció el horror del estalinismo, la vida y muerte en los numerosos campos de concentración del régimen soviético, extendidos por todo el territorio como en un gigantesco archipiélago, en el que reinaban la tortura, los fusilamientos, el terror y los trabajos forzados.
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Sabía de qué hablaba. Lo había vivido. Como reveló alguna vez: “Yo he estado dentro de la panza roja y ardiente del dragón. No fue capaz de digerirme. He venido a ustedes cual un testigo de cómo es estar allí dentro”. Su experiencia como prisionero talló toda su obra literaria, de la que “Archipiélago…” es la joya de la corona, no sólo por su contenido de profunda humanidad, por la valentía que encerraba esa denuncia, por las revelaciones en Occidente, casi desconocidas o ignoradas, sobre el terror rojo, sino por la oportunidad que eligió Solyenitzin para que sus páginas vieran la luz. En los inicios de los años 70, los seguidores del comunismo en Europa, y también en América Latina, tenían a la URSS en una muy alta consideración: era el primer estado obrero que había vencido al fascismo de Adolf Hitler; era, con errores, un exponente triunfal de la dictadura del proletariado vaticinada por Carlos Marx, seguida por Vladimir Lenin y llevada al triunfo en la Segunda Guerra por Iósif Stalin.
Los crímenes de Stalin habían sido purgados, como por acto mágico, por Nikita Khruschev, que en febrero de 1956 había adjudicado todos los males, todos los yerros, todas las crisis pasadas y las por venir a su antecesor. Y, proclamaba la izquierda en el mundo, si existían aún purgas, hambre, aislamiento, persecuciones, cercos y asesinatos, eran producto de la Guerra Fría y de la propaganda imperialista. De esa forma, la doble moral que en el mundo occidental reclamaba libertad, vigencia de los derechos humanos, abolición de la pena de muerte y vidas dignas, era tolerante y laudatoria con el pisoteo de esos mismos derechos, y con quienes los pisoteaban, del otro lado de aquella ya legendaria “Cortina de Hierro”. Nada nuevo bajo el sol. Aún hoy, gobiernos que se proclaman democráticos sostienen dictaduras. El libro de Solyenitzin, tres tomos gigantescos que se publicaron hasta 1976, fue un mazazo para aquella doble moral porque desnudó que el mundo ideal del socialismo soviético había sucumbido en la sangre, el terror y la nieve de las estepas.
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¿Quién era Solyenitzin? ¿Cómo había llegado al Nobel y a pedir perdón por no haberlo visto todo, intuido todo? Había nacido el 11 de diciembre de 1918, poco después del final de la Primera Guerra Mundial. Era hijo de una maestra y de un terrateniente cosaco que murió antes de su nacimiento. A los diez años leyó “Guerra y Paz”, de León Tolstoi.
Y decidió escribir alguna vez una obra semejante sobre la Revolución Rusa que había terminado con el zarismo un año antes de su nacimiento. Si sos ruso y leés, tenés que leer “Guerra y Paz”, Ahora, hacerlo a los diez años, parece una precocidad inquietante. Solyenitzin intentó aquella gran obra épica. Cuando murió, el 3 de agosto de 2008, hace quince años, escribía esa epopeya que calculaba cuatro veces más extensa que “Guerra y Paz”: veinte volúmenes llamados “La rueda roja”.
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Pasó su infancia en Rostov del Don, una ciudad del suroeste de la Rusia europea y estudió física y matemáticas, especialidades que pueden sonar alejadas de los anhelos de un novelista, en la Universidad Federal del Sur, donde se graduó en 1941, el año en el que Hitler invadió la URSS.
A Solyenitzin la guerra se lo llevó por delante. Sirvió en el Ejército Rojo hasta la victoria contra los nazis, en 1945. Llegó a ser capitán en el cuerpo de transportes y oficial artillero. Tomó parte de la batalla de Kursk, el más grande enfrentamiento de tanques de la historia que de alguna manera selló el destino de la guerra en favor de los soviéticos. Pero en febrero de 1945, a dos meses de la captura de Berlín, lo detuvieron en el frente de Prusia Oriental, cerca de Könisberg, que hoy se llama Kaliningrado y poco antes de que se iniciara el ataque final a la capital del Reich.
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El joven oficial Solyenitzin había intercambiado cartas con un camarada, escritos en los que había deslizado algunos comentarios poco favorables a la conducción de la guerra por parte de Stalin. Lo encerraron en la Lubianka, la temible prisión moscovita y lo condenaron a ocho años de trabajos forzados que Solyenitzin pasó en varios campos de concentración, los gulags, que empezó a conocer de primera mano y en carne propia. Recién años más tarde sus conocimientos en física y matemáticas lo llevaron, siempre preso, a un centro de investigación científica para presos políticos, y vigilado por la Seguridad del Estado, en Ekibastuz, Kasajistán.
Lo liberaron en marzo de 1953, días después de la muerte de Stalin, aunque todavía tenía que cumplir una pena accesoria: destierro a perpetuidad. Lo enviaron a Kok Teren, en la provincia de Zhambyl, también en Kasajistán, para que diera clases en una escuela primaria. Solyenitzin usó el tiempo, además de para dar sus clases, para escribir en secreto sobre sus experiencias carcelarias.
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En 1956, por los nuevos vientos que soplaron en la URSS bajo Khruschev, fue liberado y rehabilitado, le permitieron vivir en el centro de Rusia donde dio clases de matemáticas y dio forma a su primera gran novela: “Un día en la vida de Iván Denísovich, que relataba las duras condiciones de un prisionero en uno de los gulags de Stalin: el libro narraba uno de esos escasos días “buenos” en la vida del prisionero en el que le permitían comer un “manjar”: un pedazo de pan, una taza de caldo y una cucharada de avena. Era el menú que había recibido Solyenitzin en sus años de convicto.
La novela apareció en noviembre de 1962, gracias al deshielo provocado por Khruschev después de culpar de todo a Stalin y al estalinismo, a cierto rejuvenecer de la economía soviética que, además, financiaba a la Cuba de Fidel Castro y a los encontronazos entre la URSS y los Estados Unidos que en octubre de ese año iban a alcanzar su máxima tensión con la crisis de los misiles cubanos, que no eran cubanos, sino rusos instalados en Cuba y que apuntaban todos a Estados Unidos.
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Iván Denísovich fue un éxito. El propio Khruschev pidió al poeta Aleksandr Tvardovski, que dirigía la revista literaria más importante de la URSS, “Novy Mir – Nuevo Mundo” que editara ese gran libro. Solyenitzin y su Denísovich fueron famosos dentro y fuera de la URSS.

Todo duró nada. En 1964 Khruschev fue barrido del poder, su sucesor, Leonid Brezhnev juzgó que el debate público sobre el estalinismo que había desatado la novela de Solyenitzin había llegado demasiado lejos, la obra fue prohibida y las autoridades impidieron que Solyenitzin recibiera el Premio Lenin. La primavera había terminado. El final de los años 60 vio al gran escritor ruso en lucha constante para salvar sus archivos y manuscritos de las garras de la KGB, la agencia de espionaje interno del régimen. Mientras, las obras de Solyenitzin empezaron a circular en copias rudimentarias y clandestinas, llamadas samizdat, que significa “publicado por uno mismo”.
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En 1967 Solyenitzin padeció un tumor que fue tratado en Tashkent, Uzbekistán. Su mal le sirvió, de nuevo, para escribir una gran novela sobre una vivencia propia. Fue “Pabellón de cancerosos”, que apareció en 1967. Era una gigantesca metáfora que refería a la enfermedad fatal del sistema soviético: “Un hombre genera un tumor y muere. ¿Cómo puede vivir un país que ha generado los campos de trabajo y el exilio?” La pregunta, que tampoco tenía nada de retórica, iba dirigida a quien quisiera escucharla. Muchos la escucharon. Pero otros muchos prefirieron no oírla.
En 1969 lo expulsaron de la Unión de Escritores de la URSS y al año siguiente la Academia Sueca le dio el Nobel de Literatura por la “fuerza ética” con la que siguió las tradiciones de la literatura rusa. “Guerra y paz”, atesorada desde los diez años, había llegado al final del camino. Las autoridades soviéticas le impidieron viajar a Estocolmo a recibir el premio, lo haría recién en 1974. En lo que andaba el gobierno de Bezhnev era en hacerse del manuscrito de la nueva obra de Solyenitzin, que era el “Archipiélago…”. Aquellas páginas valiosas estaban en poder de la secretaria del escritor, Yelizaveta Voroniánskaya. En agosto de 1973 la mujer fue detenida y torturada. Los originales pasaron a manos de la Seguridad del Estado y Yelizaveta se suicidó ni bien regresó a su departamento y tras el interrogatorio. La del suicidio es la versión de la historia oficial: “Una víctima del miedo al Gulag”, según Solyenitzin. Ya no tenía demasiado sentido mantener el “Archipiélago…” en secreto y la primera edición de “Archipiélago…” para Occidente se publicó en París, en ruso, traducida de inmediato a muchos otros idiomas. Era un libro dolido, de una dureza extraordinaria y de una franqueza arrolladora. Solyenitizin lo había basado en los testimonios de doscientos veintisiete entrevistas a sus compañeros de martirio, cuidó la identidad de todos, que refirieron sus padecimientos y trazaron un retrato imborrable del terror rojo.
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Para Brezhnev y sus funcionarios fue demasiado El 12 de febrero de 1974 detuvieron a Solyenitzin, lo acusaron de traición, le quitaron su ciudadanía y lo expulsaron de la URSS. Fue deportado a Francfort del Meno, en la República Federal de Alemania. En 1975 se radicó con su mujer y sus tres hijos en Estados Unidos; se refugió en una casa de Cavendish, Vermont desde donde criticó también a las democracias occidentales que, dijo, estaban “llenas de demagogia, del materialismo práctico de los intereses económicos, de la tiranía de las modas, de la irresponsabilidad periodística, de la confusión espiritual y el reino del hedonismo y la pornografía”. Profundamente cristiano, dijo: “Una vez que se proclamó y aceptó que por encima del hombre no hay ningún Ser Supremo, y que el hombre es la gloria que corona el universo, las necesidades del hombre, sus deseos -y en verdad sus debilidades- fueron considerados como los supremos imperativos del universo”.
Cuando soplaron de nuevo, otros aires en la URSS, Solyenitzin regresó a su tierra, que era todo cuanto quería. Después de la disolución de la URSS, Mikhail Gorbachov favoreció su retorno, anuló los cargos por traición y le devolvió la ciudadanía. Lo recibieron como lo que era, un héroe cívico pese a que Solyenitzin no dejó de ejercer un pensamiento crítico hacia Rusia.
Hasta su muerte, mantuvo diferencias primero y acuerdos después con el hermético Vladimir Putin, tal vez porque Solyenitzin justificaba de alguna forma la política del Kremlin de amordazar, o asesinar, a sus críticos, de controlar los recursos naturales y hasta de concentrar el poder político. Un año antes de la muerte de Solyenitzin, Putin llegó a otorgarle un premio estatal, mientras afirmaba que su gobierno había tomado decisiones basadas en los consejos del gran escritor.
Eso sí que Solyenitzin no lo intuyó jamás.
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