
El 6 de mayo de 1950, Grethe Højgaard metió los dedos entre la frente y la gorra de un desconocido que llevaba muerto más de dos milenios. Nadie en la turbera de Bjældskovdal, a unos 10 kilómetros al oeste de Silkeborg, en la península de Jutlandia, sabía todavía que ese momento marcaría uno de los hallazgos arqueológicos más extraordinarios del siglo XX: el descubrimiento del Hombre de Tollund, uno de los cuerpos prehistóricos mejor conservados del mundo.
Ese día, Grethe trabajaba junto a su esposo, Viggo Højgaard, y al hermano de éste, Emil, extrayendo turba para combustible doméstico, una práctica habitual en la zona. Fue ella quien primero percibió algo inusual en el talud donde cortaban el material. Los hermanos se mostraron escépticos, pero Grethe no cedió. Se arremangó y comenzó a cavar con sus manos. Así lo recordaría años después su hijo John Kauslund, que tenía 11 años en aquel momento: “Cavó en el talud donde las personas estaban cortando turba y dijo: ‘Pueden decir lo que quieran, pero aquí hay algo extraño’. Siguió cavando y entonces metió los dedos entre la frente y la gorra en la cabeza del Hombre de Tollund”.
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La familia Højgaard, como muchas otras en la región de Jutlandia, acudía regularmente a la turbera de Bjældskovdal para extraer turba, un material orgánico formado por la descomposición parcial de restos vegetales —principalmente musgos y plantas acuáticas— acumulados durante siglos en ambientes húmedos y pobres en oxígeno. Se utilizaba como combustible doméstico: se secaba y luego se quemaba en estufas y chimeneas, aportando calor a los hogares rurales de Dinamarca en una época en la que el acceso a otros combustibles era limitado.
Lo que encontraron los perturbó de inmediato. El cuerpo parecía tan fresco, tan intacto, que creyeron haber dado con la víctima de un crimen reciente. Por ese entonces, un niño de Copenhague había desaparecido en la zona central de Jutlandia, y los campesinos creyeron que podría tratarse de él. Llamaron a la policía.
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Poco después del hallazgo, la policía de Silkeborg acudió al lugar. Cuando los agentes supieron que el cuerpo estaba enterrado a 2,5 metros de profundidad en la turba y que no había señales de excavaciones recientes, la hipótesis del crimen perdió fuerza con rapidez. Aquello era, casi con certeza, un asunto para el Museo de Silkeborg y no para investigaciones criminales. La policía fue de todas formas al lugar, junto con personal del museo, y allí, a unos 60 metros de tierra firme, encontraron un cuerpo acurrucado como si durmiera. Alrededor del cuello llevaba una cuerda.

La magnitud del hallazgo quedó clara de inmediato. Se llamó al arqueólogo P. V. Glob, profesor en la Universidad de Aarhus, que estaba muy vinculado al Museo Nacional danés, quien también habría acuñado el nombre por el que el mundo conocería al personaje: Hombre de Tollund, en honor a la pequeña aldea de Tollund, de donde provenían la familia Højgaard.
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La excavación: media tonelada de historia
Sacar el cuerpo sin dañarlo exigió una operación de precisión. Los hermanos y el personal del museo retiraron la tierra a cierta distancia del cuerpo, dejándolo sobre una plataforma cuadrada de turba. Luego construyeron una gran caja de madera sin fondo a su alrededor, le añadieron tablas una a una por debajo y finalmente colocaron la tapa. El Hombre de Tollund no fue tocado en ningún momento durante la excavación. La caja, que pesaba cerca de media tonelada, fue trasladada en un carruaje tirado por caballos hasta la estación de Moselund, y desde allí en tren al Museo Nacional de Copenhague.
Ocho días después de su envío, la caja llegó al museo sin ninguna descripción adjunta. El conservador Knud Thorvildsen, con experiencia previa en excavaciones de cuerpos de turbera en el Borremose, realizó la excavación al aire libre, en el patio del Museo Nacional. Cada transeúnte que pasaba quedaba impactado con la cara de la momia.
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La extraordinaria conservación del Hombre de Tollund se debió precisamente a las condiciones únicas de la turbera. La acidez del agua, la falta de oxígeno y la presencia de compuestos como los ácidos húmicos inhibieron la acción de bacterias y hongos, evitando la descomposición del cuerpo y permitiendo que piel, órganos y hasta la expresión del rostro llegaran intactos hasta el siglo XX.
Un rostro de hace 2.400 años
Los exámenes realizados en el Museo Nacional revelaron que se trataba de un hombre adulto de entre 30 y 40 años, de 1,61 m de estatura —aunque es probable que fuera algo más alto en vida, dado el encogimiento producido por la turba—. La piel del lado derecho del cuerpo, que había permanecido hacia abajo, estaba bien preservada. Los ojos estaban cerrados. La boca, también. La expresión del rostro era serena, como la de alguien dormido.
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Llevaba un gorro puntiagudo de cuero de oveja sujeto bajo la barbilla con dos tiras de cuero, y un cinturón de 77 centímetros de circunferencia atado alrededor de las caderas. Eran sus únicas prendas. Alrededor del cuello, ajustado con fuerza, tenía un lazo trenzado de cuero que dejaba marcas visibles en la piel a los costados y bajo la barbilla. El extremo suelto, de aproximadamente un metro, estaba enrollado bajo el cuerpo y había sido cortado con un cuchillo.

El 31 de mayo, el cuerpo fue trasladado al Hospital de Bispebjerg, donde los médicos consultores Christian Bastrup y Bjovulf Vimtrup llevaron a cabo la autopsia. Las radiografías mostraron que las vértebras cervicales no estaban fracturadas, pero los forenses no tuvieron dudas sobre la causa de la muerte: el Hombre de Tollund fue ahorcado. La asfixia, y no la rotura del cuello, fue lo que acabó con su vida, a diferencia del método inglés de ejecución, en el que el condenado cae desde cierta altura y se fractura las vértebras.
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Del aparato digestivo se extrajeron un cuarto de litro de contenido estomacal, correspondiente a su última comida: una papilla de cebada, centeno, avena, linaza y semillas de diversas plantas silvestres. La mayor cantidad de material se halló en el intestino grueso, lo que indica que había comido entre 12 y 24 horas antes de morir. Murió en invierno o a principios de la primavera.
El enigma de su muerte
Por qué fue ahorcado es una pregunta que la arqueología no ha podido responder con certeza. ¿Era un criminal? ¿Una víctima de venganza? ¿O fue sacrificado a alguna deidad? No existen registros escritos de aquella época en el norte de Europa, pero sí hay un testimonio indirecto: el historiador romano Cornelio Tácito, que escribió aproximadamente 400 años después de la muerte del Hombre de Tollund, reunió relatos de comerciantes que visitaban esas regiones. Tácito mencionó que entre los pueblos del norte “los traidores y desertores cuelgan de aquellos árboles, los cobardes, los pusilánimes y los fornicadores antinaturales son presionados bajo un entramado de mimbre en el lodo viscoso de una turbera”. En otro pasaje, describió sacrificios humanos entre tribus germánicas.
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Lo que sí resulta llamativo es el cuidado con que fue depositado en la turbera. Alguien cerró sus ojos y su boca. Alguien lo colocó en posición de dormir. Ese trato no es el que suele dispensarse a un criminal. Varios médicos forenses señalan que ese detalle, junto con el tipo de muerte y la época del año, apunta con más fuerza hacia un sacrificio ritual, quizás para propiciar la llegada de la primavera o para agradecer a los dioses los recursos que la turbera ofrecía.
La datación por carbono-14, aplicada en varias ocasiones desde su descubrimiento, situó su muerte entre los años 405 y 380 a.C., con un margen de apenas 25 años gracias a técnicas de ultrafiltración aplicadas en análisis más recientes. Eso lo ubica en la Edad de Hierro prerromana, en el mismo período en que vivió Sócrates.
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La conservación de la cabeza y el dedo perdido
Tras la autopsia, el conservador jefe del Departamento Prehistórico del Museo Nacional, Therkel Mathiasen, desaconsejó conservar el cuerpo completo por considerarlo demasiado “macabro” para una exhibición. Se optó por preservar la cabeza. El proceso consistió en sustituir el agua de la turba de las células por alcohol, luego por tolueno y finalmente por cera de abejas derretida a 83 ℃, un material imperecedero que los arqueólogos encontraron intacto en piezas de la época vikinga.
Tras seis meses de trabajo, justo antes de Navidad de 1951, la cabeza fue extraída del recipiente donde había permanecido. La cabeza se había encogido un 12%, pero todos los rasgos faciales se habían preservado. En junio de 1952, fue devuelta a Silkeborg, donde se exhibe desde entonces en el Museo Silkeborg, instalado en la Mansión de Silkeborg.

El cuerpo, en cambio, no fue conservado. Con el tiempo se secó y quedó reducido a poco más que huesos. En 1987, el museo decidió reconstruirlo para que la exhibición mostrara al Hombre de Tollund tal como fue hallado. Hoy, la cabeza original descansa sobre un cuerpo réplica.
Durante años, una parte del cuerpo permaneció desaparecida: el dedo gordo derecho, claramente serrado. Se rumoraba que el conservador Børge Brorson Christensen, uno de los responsables de la preservación de la cabeza, lo llevaba consigo. Algunos decían que había sido enterrado con él en un bolsillo. El misterio se resolvió el 17 de octubre de 2016, cuando el Museo Silkeborg recibió una llamada: la hija del conservador, Birte Brorson Christensen, comunicó que el dedo había estado en poder de su familia durante décadas. Su padre lo había guardado para experimentar con métodos de conservación y nunca lo devolvió. Birte recordaba haberlo visto de niña en un frasco de vidrio con líquido azul sobre el escritorio de su padre. Un escáner realizado en el Hospital de Silkeborg confirmó que el dedo encajaba a la perfección con el pie derecho del Hombre de Tollund. Casi todas las partes del cuerpo están hoy reunidas en el museo.
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