
Hay algo particular en subir al Obelisco de Buenos Aires. Durante casi noventa años, los argentinos aprendimos a mirarlo desde abajo, como se mira aquello que organiza una ciudad. Está ahí, en el cruce de la avenida 9 de Julio y la avenida Corrientes, recibiendo el tránsito, las celebraciones, las protestas, las derrotas y los abrazos de generaciones enteras.
Se lo usó como punto de encuentro, como referencia urbana, como escenario de la alegría colectiva o del duelo político. Pero nunca —o casi nunca— se lo había habitado. Ahora sí. Y es un buen motivo para el cruce generacional, para que abuelos recuerden historias con sus nietos, para que padres y madres compartan hitos de vida vivida con sus hijos. Para los que están cerca, para los que están lejos. Para contar historias colectivas e individuales.
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La nueva apertura de su mirador, con ascensor hasta el nivel 55 y un último tramo de escalera caracol hasta la cima, modifica algo más profundo que una excursión turística: cambia la relación física con un símbolo que sigue produciendo sentido.

El historiador y docente Camilo Scaglia lo piensa desde una pregunta simple, aunque decisiva: qué pasa cuando un monumento deja de contemplarse desde afuera y empieza a recorrerse desde adentro.
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—Eso transforma la experiencia del patrimonio —dice—. Hay algo muy concreto en entrar a un símbolo. Ya no lo mirás: lo habitás.
Scaglia habla del Obelisco como quien reconstruye una biografía. Porque, en algún sentido, eso es: una vida pública de casi un siglo. Y acaso ahí esté la razón de su persistencia. El Obelisco es mucho más que una obra de hormigón. Es una superficie donde la sociedad argentina fue dejando marcas.
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La primera paradoja aparece en el origen.
—Hoy es imposible pensar Buenos Aires sin el Obelisco, pero cuando se inauguró, en 1936, fue profundamente resistido. Escenario de festejos mundialistas, protestas, abrazos colectivos y duelos urbanos. Hay ciudades que eligen a sus símbolos, otras son elegidas por ellos. Buenos Aires pertenece a la segunda categoría, y el Obelisco es la prueba más elocuente: nadie lo convocó a ser ícono. De hecho, nació para representar a su historia, a su fundación. No hubo un clamor popular por su edificación ni mucho menos por su figura. Más bien, todo lo contrario.
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En sus 90 años, el monumento diseñado por Alberto Prebisch e inaugurado el 23 de mayo de 1936 acumuló una cantidad de sentidos que ningún arquitecto puede planificar. Fue festejo y trinchera. Fue alegría desbordada y furia contenida. Punto obligado de visita para extranjeros y locales, hoy parece abrirnos definitivamente a su interior y dejarnos una nueva postal de la capital de todos los argentinos desde su cima.
—¿Cómo fue construido el Obelisco y qué legado histórico concentra en sus caras?
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—La historia de origen del Obelisco tiene algo de fábula: fue construido en tiempo récord en el solar donde había existido la Iglesia de San Nicolás de Bari, demolida para abrir la avenida 9 de Julio. En la torre del templo, el 23 de agosto de 1812, había flameado por primera vez en Buenos Aires la bandera creada por Manuel Belgrano. Esa carga histórica quedó inscripta en una de sus cuatro caras, las otras tres recuerdan la primera fundación de la ciudad por Pedro de Mendoza en 1536, la segunda por Juan de Garay en 1580 y la federalización de Buenos Aires en 1880.
—¿Por qué esa forma geométrica?
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—El arquitecto Alberto Prebisch, uno de los pioneros del modernismo en la Argentina, eligió darle una forma conocida dentro del campo de los monumentos: “Se adoptó esta simple y honesta forma geométrica porque es la forma de los obeliscos tradicionales”, explicó. La figura consiste en un pilar de cuatro caras iguales rematado en una pirámide, heredera directa de los obeliscos del Antiguo Egipto que hoy se pueden ver en museos y plazas de todo el mundo, desde el Templo de Luxor hasta la Plaza de la Concordia en París. La figura resultó ser la clave de su supervivencia simbólica, es que un monumento que no representa a nadie en particular es lo que permitió representar a todos.
—¿Cómo fue recibido por la sociedad porteña en sus primeros años?
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—En un principio, fueron pocos los que lo defendieron. Las burlas fueron inmediatas: se hablaba de “pinchapapeles”, “fea estaca” o de “armatoste monstruoso”. La resistencia porteña llegó a tener mayoría institucional para eliminarlo: en 1939, el Concejo Deliberante votó demolerlo por 23 votos contra tres. La ordenanza fue vetada por el intendente Arturo Goyeneche y el presidente Roberto Ortiz debió intervenir para salvarlo. El Obelisco sobrevivió.

—¿Cuál era su significado durante las décadas posteriores a la inauguración?
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—Durante las cuatro décadas que siguieron a su inauguración, el Obelisco fue parte del paisaje porteño pero no era todavía su epicentro. Las grandes movilizaciones de la era peronista y tras su caída, cuando las dictaduras lo permitieron, se organizaban en torno a la Plaza de Mayo. El Obelisco era el fondo de las fotos, el punto de referencia para quienes llegaban al centro, el escenario lateral de una ciudad que construía su política en otra parte. Un hecho podría haber torcido esa historia y sin embargo no lo hizo: por allí pasó, en julio de 1952, el cortejo fúnebre de Eva Perón, uno de los eventos más multitudinarios de la Argentina hasta ese momento. La multitud desbordó la 9 de Julio durante días, con el Obelisco como fondo inevitable. Pero incluso entonces, el foco estaba en otro lugar: el Ministerio de Trabajo, la Casa Rosada, el Congreso. El Obelisco seguía siendo escenario, no protagonista.

—¿Cuándo y cómo se convirtió en símbolo central y popular?
—Todo cambió en junio de 1978, durante el Mundial de Fútbol que Argentina disputó y ganó de local y en plena dictadura militar. Cada victoria de la selección desencadenó celebraciones masivas y espontáneas en la Plaza de la República, a los pies del Obelisco. La gente simplemente fue ahí, como si supieran desde siempre que ese era el lugar. Los historiadores del espacio urbano señalan que ese proceso de elección popular y espontánea de un punto como escenario del festejo colectivo es exactamente lo que convierte una estructura en símbolo.

Hay un dato que no puede omitirse: esas celebraciones ocurrieron mientras la dictadura reprimía, desaparecía y torturaba. La alegría futbolera y el terror político convivieron al mismo tiempo y en el mismo espacio. Para muchos jóvenes que tenían entre 18 y 25 años en aquel invierno del 78, el recuerdo del Obelisco de ese año tenía una carga emotiva enorme: era el lugar para festejar la primera Copa del Mundo ganada por la selección nacional. Esa tensión se sedimentó. Para los jóvenes de entonces, el Obelisco empezaba a convertirse en un lugar de referencia más allá de la foto turística.

Apenas años más tarde, el 26 de octubre de 1983, cuatro días antes de las elecciones que pondrían fin a la dictadura, Raúl Alfonsín cerró su campaña en la Plaza de la República. Las estimaciones de asistencia variaron enormemente según la fuente (entre 400.000 y 1.000.000 de personas), pero todas coincidieron en algo: fue una concentración sin precedentes en ese lugar. Alfonsín recitó el preámbulo de la Constitución Nacional ante una multitud que lloraba. No era un acto político convencional: era una ceremonia de despedida de siete años de dictadura, y el Obelisco era su altar laico.

Para la generación que había vivido el terrorismo de Estado, ese momento quedó grabado con una nitidez casi fotográfica. No solo como recuerdo político sino como recuerdo físico: la gente apretada, la voz de Alfonsín amplificada sobre la 9 de Julio. Fue también el momento en que el Obelisco dejó de ser solo el escenario del festejo deportivo para convertirse en el foro democrático por excelencia. Una no reemplazó a la otra: se sumaron. El mismo espacio que había albergado la euforia mundialista del 78 albergó ahora la esperanza democrática del 83. Esa acumulación de sentidos distintos, incluso contradictorios, es lo que distingue a los grandes símbolos de los simples monumentos.
—¿Qué otros hitos ayudaron a hacer del Obelisco un lugar de memoria colectiva y centralidad simbólica?
—Entre 1983 y hoy, el Obelisco fue testigo y protagonista de casi todos los momentos de quiebre de la Argentina contemporánea. Algunas fechas se repiten en la memoria de distintas generaciones con imágenes distintas del mismo lugar. En 1986, cuando Diego Maradona levantó la Copa del Mundo en México, la Plaza de la República volvió a llenarse de manera espontánea.

Azarosamente, podemos recordar que en 2001, durante la rebelión del 19 y 20 de diciembre, los enfrentamientos sobre la Avenida 9 de Julio convirtieron la zona del Obelisco en uno de los escenarios más fotografiados de la crisis, junto con Plaza de Mayo.
En 2015, bajo la consigna Ni Una Menos, la marcha que partió del Congreso terminó en la Plaza de la República con una de las concentraciones más multitudinarias de la historia reciente. En diciembre de 2022, tras el triunfo en el Mundial de Qatar, manifestantes treparon literalmente a la cúspide del monumento. El Obelisco fue también soporte de mensajes al mundo: en 1998, Greenpeace desplegó desde su cúspide un cartel con la leyenda ‘Salven el clima’; en 2005, el 1° de diciembre, amaneció cubierto por un preservativo gigante de color rosa para el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Que alguien quiera intervenir es, en sí mismo, un reconocimiento de su poder simbólico.

—¿Cómo se vive el Obelisco desde distintas generaciones?
—Lo que distingue al Obelisco de otros monumentos es que nunca fue propiedad de una sola generación ni de una sola causa. Para los más jóvenes, los que llegaron al mundo cuando sus padres ya lo usaban como punto de reunión, el Obelisco es también una geolocalización, un fondo de foto, un lugar al que se llega siguiendo el GPS pero en el que se queda por algo que el GPS no puede medir.
El festejo del Mundial de Qatar en 2022 mostró con claridad cómo conviven esas temporalidades: en la Plaza de la República había personas de 80 años que habían estado ahí en el 78, en el 83, en el 86, quizás en el 2001 y personas de 15 que lo vivían por primera vez. Todos en el mismo lugar, con memorias distintas del mismo símbolo. Esa capacidad de contener generaciones simultáneamente, sin que ninguna desplace a la otra, es quizás la propiedad más extraordinaria del Obelisco como objeto urbano.

—¿Cómo se resignifica el monumento en la memoria y el uso social?
—La socióloga Elizabeth Jelin, referente regional en estudios sobre memoria, sostiene que los sentidos que adquiere un monumento cambian con los contextos históricos y con las interpretaciones de las generaciones que lo suceden. El Obelisco no es la excepción: cada momento histórico le agregó una capa, y ninguna borró a la anterior. El resultado es un objeto que carga con casi un siglo de historia popular sin que esa historia lo aplaste. Para muchos, el Obelisco no es patrimonio a contemplar: es historia propia a recordar.

—¿Qué implica haber abierto el interior del Obelisco al público en 2025?
—En noviembre de 2025, el Obelisco abrió su mirador al público de manera regular por primera vez. La obra incluyó un ascensor vidriado que llega al nivel 55 del monumento. Desde allí, una escalera caracol de 35 escalones conduce al mirador, con cuatro ventanas orientadas hacia los puntos cardinales y Buenos Aires a 67,5 metros de altura. La idea no era nueva ya que el propio intendente Mariano de Vedia y Mitre había mencionado en una carta de 1936 el propósito de instalar un ascensor para que el pueblo pudiera acceder a la cúspide. Tardó 89 años en concretarse. Lo que sí existió antes fue un acceso excepcional y restringido: periodistas, funcionarios y visitantes especiales subieron por la escalera de acero de 206 escalones en distintos momentos. Lo que inaugura 2025 es el acceso masivo y regular, no el acceso en sí.

—¿Cambia la relación del público con el símbolo cuando se puede entrar?
—La pregunta conceptual que abre esa apertura es más interesante que el dato turístico: ¿qué cambia en la relación entre una persona y un símbolo cuando puede entrar en él? Los monumentos transitables como la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel, el Coliseo modifican algo en la experiencia: uno deja de contemplar desde afuera y empieza a habitar desde adentro. Ver Buenos Aires desde los 67 metros del Obelisco no es lo mismo que ver el Obelisco desde la calle. Es una perspectiva nueva sobre lo mismo, y eso siempre produce algo. Para la generación que creció usando el Obelisco “desde abajo” subir al mirador tiene algo de experiencia inédita en un lugar profundamente conocido. Es la posibilidad de ver desde adentro lo que siempre se vivió desde afuera. Y eso, aunque parezca menor, no es poca cosa.

—¿Cómo se inscribe este fenómeno en la discusión sobre patrimonio y memoria urbana?
—En los últimos años, ciudades de todo el mundo revisaron su relación con los monumentos heredados. Algunas estatuas cayeron. Otras fueron resignificadas. Varias se convirtieron en campo de batalla cultural. El Obelisco, curiosamente, no atravesó ese debate. Quizás porque su geometría no representa a ninguna figura individual. Quizás porque la acumulación de sentidos populares que le imprimió la historia es tan densa que hace difícil reducirlo a una sola narrativa cuestionable.
O quizás porque el Obelisco aprendió, en sus 90 años, a ser de todos. De los que festejaron en el 78 y de los que no podían festejar. De los que lloraron en el 83 y de los que aún hoy marchan por lo que quedó pendiente de esa promesa democrática. De los jóvenes que se acercaron al monumento en el 2022 y de los mayores que los miraron hacerlo desde abajo. Eso es lo que hacen los grandes símbolos: no resuelven las contradicciones de una sociedad. Las contienen. Y en ese gesto, que parece pasivo pero no lo es, terminan diciéndonos algo sobre quiénes somos.

Para quienes deseen visitarlo, el ingreso al mirador implica subir 8 escalones hasta el ascensor y una escalera caracol de 35 escalones hasta la cúspide. Por limitaciones técnicas y de seguridad, el mirador no es accesible para sillas de ruedas o personas con movilidad reducida.

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