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Imagínese usted que un mal día amanece con la novedad de que su nombre ya no le pertenece. Supongamos que toda su vida fue Roberta, Betita, la Rober, y esa mañana se encontró convertida en Marisol. Se acostumbrará, no lo dude, igual que lo harán sus amigos y familiares; pero en el justo instante en el que ocurra, la cabeza le explotará de dudas. ¿Qué hice para ya no ser digna de mi nombre? ¿Y ahora dónde acomodo a la Betita que fui? ¿Cómo hago para convertirme en esa nueva persona que se llama Marisol?
Pues eso nos ocurrió el 30 de enero de 2016 a los, aproximadamente, 22 millones de almas que ahora vivimos en la Ciudad de México y que, hasta un día antes, residíamos en el Distrito Federal. Que tampoco es que fuera un gran nombre, no nos engañemos, más bien parecía una definición catastral pidiendo a gritos un sello por triplicado. Tanta personalidad le faltaba a aquella nominación, que una vez saliendo de la ciudad, ésta se disolvía.

–Y tú, ¿de dónde eres? –preguntaba un desconocido cualquiera y uno tenía que detenerse a pensar en dónde estábamos parados. "De México", era la respuesta estándar en el interior del país; pero en el extranjero, había que decir "de Ciudad de México". El D.F. sólo existía en los confines del mismo D.F.

(@bandita_chilanga)
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Comala no podía llamarse más que Comala, Macondo sólo puede ser Macondo y Roma es eterna, así que lo mismo le da cómo le digamos. A nosotros siempre nos ha faltado la huella de identidad que otorga un nombre. Supongo que de ahí viene este amor/odio por nuestra ciudad, en la que nadie quiere vivir, pero de la cual nadie se aleja por mucho tiempo. Porque nos falta cohesión, pero somos valientes y no abandonamos el barco. En pocas palabras, esto es una cruz.

Mi caso, por ejemplo. Hace más de 30 años que vivo aquí y sigo diciendo que soy michoacana. Estas calles han soportado mis pasos por más de tres décadas, pero siempre tengo a flor de labios el "me urge largarme". Y lo digo creyéndolo de veras. No conozco una ciudad más dura que ésta, donde cada día hay que estrujarse las neuronas para salir bien librada del simple acto de sobrevivirla.

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Con un nombre tan ridículo como Distrito Federal, tuvimos que ponerle un apodo, como sólo se hace con los amigos o con las mascotas, ¿va usted comprendiendo los orígenes de nuestro difuso inconsciente colectivo, casi casi demencial? Tuvimos que construirle una personalidad apelando a la imaginación, que si bien es real, no existe independientemente de quien imagina. Y al hacerlo finalmente nos aglutinamos alrededor de una carencia, de un vacío nominal, pero sabiendo lo peligroso que es mirar el abismo por mucho tiempo.

Le decíamos Deefe, El Chilaquil, La Capirucha, o, si nos ponemos exquisitos, La región más transparente, el más soberbio y falso de todos sus apelativos, porque desde hace mucho aquí no hay transparencia ni en el agua potable, que tiene el dudoso honor de ser la única agua de este país que también funciona como defensa contra los invasores foráneos, dado que provoca males estomacales y sabe a rayos.

Un lugar que no entienden, que es exasperante, vocinglero e inseguro, pero que sin embargo, no se puede dejar de contemplar. Como al abismo.

Pero el apodo más querido entre los habitantes del ex Distrito Federal era "El defectuoso". No había forma más exacta de llamar a esta ciudad que funciona por pura obstinación, y cuya conformación oficial es tan cambiante que parece tener existencia propia. Cuando éramos el Defectuoso, teníamos claro que nuestra mayor virtud consistía en disfrazar nuestra desorbitante suma de defectos. Y no es por nada, pero lo logramos.
A pesar de ser invivible, la Ciudad de México es el destino más visitado del país. Por más que México posea playas paradísiacas, desiertos inconmensurables, ruinas arqueológicas que amedrentan hasta el más plantado de los Indiana Jones, y centros empresariales a prueba de bala (lo digo en ambos sentidos, literal y metafórico); casi el 70% de los turistas recalan aquí, sólo para encontrarse con un lugar que no entienden, que es exasperante, vocinglero e inseguro, pero que sin embargo, no se puede dejar de contemplar. Como al abismo.

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Dejando aparte los informales apodos, de ese vacío también se aprovechó la oficialidad para enjaretarnos algunos gentilicios, todos confusos e incluso extravagantes. Wikipedia enlista cuatro:

Mexiqueño. Pero no conozco a nadie que lo use porque suena a chile muy picante. Habría sido mejor "mexiquense", pero ése nos lo ganaron nuestros vecinos del Estado de México y ni pensar en compartirlo. Reconozco que como conglomerado, somos competitivos y egoístas.

Defeño. Anacronismo imposible porque ya no somos el D.F. sino la CDMX, que además de que ni siquiera es una palabra, resulta laborioso de pronunciar en voz alta. Lo cual es una clara muestra de que nuestras autoridades nos quieren enloquecer, porque en vez de usar el nombre que ellos mismos eligieron, tardaron apenas unas cuantas semanas en transformarlo en unas siglas que ni a número romano llegan.

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Capitalino. Lo descartamos porque no tiene punch y podría referirse lo mismo a un limeño que a un berlinés. Si acaso, lo usamos como sinónimo.

Chilango. Que requiere una más larga explicación porque Wikipedia se cruza con la RAE, que nos aceptó el término en calidad de "originario o perteneciente al Distrito Federal". Pasando por alto el hecho de que el Distrito Federal ya no existe, hablemos de los chilangos:

Gabriel Zaid nos cuenta que el término llegó de Veracruz, se deriva de la palabra maya, xilaan, que significa "desgreñado". Hay otra teoría que la relaciona con la designación del charco que deja un río que se ha secado, pero aunque ésta teoría parece más probable, no tiene la alcurnia de la explicación de Zaid. Así que con ésta nos quedamos. Chilangos desgreñados somos entonces… pero no todos, pero no siempre… De ahí se explica que el apodo de Chilangolandia nunca haya terminado de afianzarse en el gusto popular.

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El gentilicio impostor suele venir acompañado de un insulto, "pinche chilango" es el más común y nos da pistas de la mala prensa que tenemos en el resto del país. Pero si alguna duda hubiera de esa animadversión, la despejó esa terrorífica oleada de grafitis que hace unos años decoró las bardas del interior del país: "haz patria, mata a un chilango". Lo cual nos aleja del terreno lúdico, porque la instrucción fue cumplida en algunos casos. Pocos, pero no menos lamentables. El furor fue pasando, pero quedan aún los ataques verbales y/o físicos contra los capitalinos que, por suerte, han disminuido. Ya casi no se ven grafitis, aunque la antipatía que provocamos sigue presente.

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Hace poco un taxista de Querétaro me contó que su ciudad se había echado a perder tras el arribo del tropel de chilangos que salió huyendo después del sismo de 1985. No sé si sea cierto, pero lo que queda lejos de toda sospecha es que seguimos cargando el estigma de pertenecer a una colectividad amenazante, nociva. Los chilangos aún somos catalogados como el más completo muestrario de todos los pecados del país. Defectuosos.

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Y a pesar de que se trata de una simplista generalización, diré que no faltan razones para odiarnos. Como pasa con cualquier otra capital del mundo, para mucha gente instalarse aquí es llegar a la meta, así que la población sigue creciendo. La turba que conformamos es por supuesto, idiota, no más que otra cualquiera, pero sí más numerosa.

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El flujo migratorio interno hacia el Chilaquil (que no sé de dónde llegó, pero es mi apodo preferido para esta ciudad) sigue aumentando, tanto que esta mancha geográfica que somos no encuentra freno ni en cerros ni lagunas, expande sus tentáculos a tal ritmo que, según el cartógrafo en turno, podría terminar en algún letrero oculto en la carretera a Cuernavaca, o en el mismísimo centro de Pachuca. Buscar el principio y el fin de la Cd. de México resultaría una tarea tan intrincada como la que alguna vez emprendió Magris para encontrar la afluente primigenia del Danubio.

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Contamos además con nueva oleada de migrantes de Centro y Sudamérica, la cual se suma a las previas, llegadas de Europa y Asia y produce una ebullición de idiomas y costumbres mazatlecos, totonacas, zacatecanos, libaneses y belgas, por nombrar algunos. Tanta mezcla produce maravillas, pero también monstruos y ya se sabe que estos últimos son los que más llaman la atención. No es de extrañar que antes que las virtudes de los capitalinos, lo que a primera vista salta sean nuestros defectos. Todo ese caldo de cultivo da por resultado al chilango y dado que no es oficial, el gentilicio queda a elección del usuario. Puede elegirse de modo temporal o para siempre. Es un acto de voluntad.

Para algunos, ser chilango es sinónimo de pobreza, descortesía, ventajismo, salvajada y un sonsonete calcado al de Cantinflas o Don Ramón, el del Chavo.

Para algunos, ser chilango es sinónimo de pobreza, descortesía, ventajismo, salvajada y un sonsonete calcado al de Cantinflas o Don Ramón, el del Chavo. "Quihuuuuuubo, maniiiiito" repite algún no-capitalino y todos aprestamos el guante blanco para lanzárselo a la cara y pedir resarcimiento por la ofensa. Pero el fondo, muy en el fondo, nos queda claro que sonsoneteamos al hablar.

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Y hablando de sonsonetes, hubo dos grandes cronistas de esta ciudad, Chava Flores y Jaime López, ambos músicos poco reconocidos fuera de este país (incluso fuera de esta ciudad). Muchos dirán que no, que hay plumas más poderosas y certeras. Las habrá sin duda, pero tengo para mí que dado que sus calles no conocen ni el sosiego ni el silencio, sus mejores retratistas tenían que ser músicos porque sólo ellos están al alcance de cualquiera, sin trabas educativas o económicas. Y tenían que ser populares, para más señas. Porque somos kitsch, ni quien nos lo quite.

Chava Flores describió, en 3 minutos, el desasosiego que nos causó la inauguración del Metro, y que sigue repitiéndose con cada innovación gubernamental (si vieran el berenjenal que nos traemos por tratar de entender cómo funcionan las fotomultas).

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Por su parte, Jaime López escribió una canción llamada la Chilanga Banda que es halago y ofensa al mismo tiempo, pero describe el culmen de esta división gentilicia. Porque seguimos pensando que asumirse chilango conlleva una decisión de vida: ser o no ser pobre, tener o no tener acceso a la educación de calidad, poseer o no más perspectivas que las que el barrio te ofrece y que no son del todo prometedoras.

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Muchos de los capitalinos que viven, por ejemplo, en Milpa Alta o Xochimilco, jamás han pisado el zócalo, ya no digamos el MUNAL o Plaza Carso. La división por clases socioeconómicas alcanza el nivel de abismo (sí, otra vez), en un territorio tan enorme y mal comunicado como éste.

Fingimos que otra cosa no, pero buen clima sí que tenemos, despreciamos las botas y los impermeables, hacemos de cuenta que no existe, pero la verdad es que los aguaceros de mayo nos duran hasta noviembre.

Los que no se asumen chilangos apelan a la maldita inseguridad y cochinero en el que vivimos, a los malos modos con los que nos movemos, al primero yo y que los demás se arreglen como puedan. Y sí. Las calles son una salvajada, caminar tranquilamente es una ilusión sacada de alguna novela victoriana que no tiene mucho qué ver con nosotros, quienes vemos en la caminata un privilegio. Entre el ruido, el gentío, los robos y los manoseos, en muchas zonas ser peatón es igual de peligroso que ser ratón en un campo lleno de búhos. Además llueve mucho. Fingimos que otra cosa no, pero buen clima sí que tenemos, despreciamos las botas y los impermeables, hacemos de cuenta que no existe, pero la verdad es que los aguaceros de mayo nos duran hasta noviembre.

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En el mercado más grande de la ciudad, la Central de Abastos, nació y se hizo famoso el grito de los diableros (cargadores que usan esas carretillas en forma de L, llamados diablitos, para transportar productos): "¡ahí va el golpe!". No piden permiso, no ofrecen disculpas, ni siquiera alertan de la llegada de otro ser humano, sólo avisan de la inminencia del golpe que se acerca. En pro de la eficiencia, los diableros apilan tan descomunales cargas, que sobrepasan su estatura y, claro, no pueden ver si se van a llevar a uno o varios cristianos por delante. Ni siquiera puedo asegurar que se trate de una alerta en favor del viandante, creo que lanzan su grito de guerra sólo para librarse del obstáculo que significaría tener que detenerse a auxiliar a un herido. Ese grito nos define como chilangos.

Razonablemente, no todos quieren serlo.

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Los que sí nos asumimos chilangos usamos los mismos argumentos, pero con una ligera modificación que pretende resistir al clasismo, al racismo, a la descortesía. No sé si se logre, pero para muchos, llamarnos chilangos es aceptar la ambivalencia de amar y odiar esta ciudad en la misma medida, vivirla, querer cambiarla y sobre todo, tener esperanza de que uno, tan sólo uno de los grafiteros que alguna vez pidieron la muerte de un chilango, se arrepienta de su solicitud.

Porque sí, somos ventajistas y salvajes, pero esas mismas características llevaron a la población citadina a organizarse espontáneamente después del sismo de 2017, que es el ejemplo de generosidad más flagrante y reciente que puedo nombrar. Tenemos protocolos pre sismo, pero no hay ningún manual que nos enseñe cómo actuar minutos después de la tragedia.

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Nuestra caradura y ventajismo sirvieron para lanzarnos a escarbar entre los detritos sin más herramientas que las propias manos; a desmontar carteles publicitarios para armar estructuras que protegieran del sol o de la lluvia a damnificados y rescatistas; a apropiarse de las calles y reestructurar las vías conforme se necesitaban los flujos de gente y automóviles. Estos mismos chilangos que no se callan jamás, alzaron el puño para pedir silencio sepulcral cuando algún rescatista creía percibir un ruido de vida salido de los escombros.

No tenemos nombre y quizá en ello esté nuestra efímera gloria: somos tan momentáneos como el gentilicio que elegimos.

Al poco tiempo volvimos a ser la turba egoísta que mete el cuerpo con tal de avanzar dos pasos más que el resto, pero que también arriesga la integridad física por rescatar una mochila atrapada entre las puertas de un elevador. Hace no mucho, en el Metro, le armé bronca a un trajeado que se había subido en uno de los vagones designados para mujeres. Más adelante lo volví a ver, pero ayudando a cargar la silla de ruedas de una mujer que, sin su ayuda y la de otro chico, no habría podido subir la docena de escalones que la separaban de la puerta. Los demás les abrimos paso: ahí iba el golpe.
Somos y no somos, buscamos. Miramos al abismo y hacemos caminos donde antes no los había. No tenemos nombre y quizá en ello esté nuestra efímera gloria: somos tan momentáneos como el gentilicio que elegimos. Nos protegemos los unos a los otros de caer, por más que haya sido el de atrás quien nos haya empujado.

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Ya no vivimos en el Defectuoso pero seguimos siendo ciudadanos imperfectos en busca de un nombre. Mientras aparece, somos chilangos, somos algo que no nació de la oficialidad sino de la imaginación, y eso nos impide tener raíces demasiado profundas, pero también nos otorga la libertad de soñar que un buen día encontraremos lo que andamos buscando. No es casual que la Ciudad de México se haya fundado alrededor de un lago que no tardamos en agotar para convertirlo en abismo; pero sobre todo, optamos por crearnos a nosotros mismos alrededor de una metáfora, la del águila devorando una serpiente. Con una leyenda fundacional de tal envergadura, sólo nos queda seguir andando y viviendo de la imaginación, de la mentira, pero una que esté tan bien contada, que podamos hacerla pasar por meritita verdad.

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*Ana Romero es una destacada escritora mexicana

**Fotos de Shutterstock y de la cuenta @bandita_chilanga de Instagram

 

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