
Un lluvioso viernes 27 de junio de 1806 los ingleses, con escasos 1635 hombres, se apoderaron de la ciudad de Buenos Aires, que contaba con aproximadamente cuarenta mil almas. Al mando de las tropas estaba William Carr Beresford, un general con un ojo de vidrio, a causa de una herida de guerra, considerado un excelente militar. Este oficial inglés era tan consciente del exiguo número de soldados que comandaba que los hizo ingresar a la ciudad en fila india, para que parecieran más de lo que realmente eran. Y, desde el primer día, exigió provisiones para alimentar a un número mayor de soldados que con los que verdaderamente contaba.
Beresford gobernaría Buenos Aires los próximos 49 días, y fue una persona práctica. Hizo reunir a todas las instituciones virreinales, como el Cabildo, la Real Audiencia, el Consulado, el Tribunal de Cuentas, además de la Iglesia y confirmó a todos en sus puestos. Solo les dio entonces una indicación: lo que antes lo trataban con el virrey, ahora deberían hacerlo con él. La Iglesia fue la más rápida en reaccionar y le entregaron un documento laudatorio y de adhesión firmado por todos los principales curas de la ciudad, menos uno, fray Nicolás de San Miguel. Y comisionó una partida militar a que diera alcance al virrey para recuperar los caudales.
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El 7 de julio, el general inglés emitió un bando en el que llamaba a los vecinos a jurar fidelidad al rey Jorge III. Convocaba a civiles, militares y religiosos a testimoniar "juramento de obediencia y lealtad a Su Majestad Británica".
La Real Audiencia y el Tribual de Cuentas se negaron a someterse y sus miembros optaron por renunciar e ir al encuentro del depuesto virrey Sobremonte. Los miembros del Consulado, del que formaba parte Manuel Belgrano, si bien habían acordado oponerse, a último momento accedieron y el futuro creador de la bandera quedó solo y abandonó la ciudad para evitar someterse a ese oprobioso juramento. Pero hubo otros con menos escrúpulos.
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El libro comprometedor
Algunos comerciantes, que veían con buenos ojos la apertura comercial que proponían los ingleses, juraron su lealtad al monarca inglés. ¿Cómo se realizaba dicho trámite? Los ingleses habían habilitado la oficina del comisario de prisioneros, sobre la actual calle Balcarce, a metros del fuerte, que estaba a cargo del capitán Alejandro Gillespie, quien dejó una rica pintura sobre estas tierras en su libro Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807.
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Dicha oficina estaba abierta todos los días, menos los sábados, de 10 a 15 horas. Y los que juraban lealtad, sus nombres eran anotados en el mismo libro en el que estaban asentados los nombres de los oficiales españoles prisioneros que con sus firmas se habían comprometido a no tomar las armas contra los ingleses.
El hecho de ser nombrado comisario de prisioneros de guerra le dio a Gillespie la posibilidad de conocer más en profundidad a los pobladores de la ciudad. En un momento, escribe: "Parece que teníamos en la ciudad algunos amigos ocultos, pues casi todas las tardes, después de oscurecer, uno o más ciudadanos criollos acudían a mi casa para hacer el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico y agregar su nombre a un libro, en el que se había redactado una obligación. El número llegó finalmente a cincuenta y ocho y la mayor parte coincidían en decir que muchos otros estaban dispuestos a seguir su ejemplo; pero se contenían por desconfianza del futuro y no por ningún escrúpulo político, o falta de apego a nosotros". Hubo porteños que iban a firmar, pero al anochecer, para evitar ser vistos.
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¿Hubo personalidades de renombre citadas en dicho libro? Hay pistas y suposiciones. Por ejemplo, según dejó asentado Cornelio Saavedra en su correspondencia que rescata el historiador Lozier Almazán en su biografía sobre Beresford: "Eran afectísimos a la dominación inglesa" Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña, Antonio Luis Berutti, Hipólito Vieytes y Juan Larrea, entre otros. La razón de esta simpatía había que buscarla en que ellos estaban esperanzados con contar con el apoyo inglés para obtener la independencia.
Durante la ocupación británica, el mismo libro cita que entre los que se transformaron en obsecuentes colaboradores de los usurpadores estaban Francisco Antonio Cabello y Mesa, Pedro Menéndez Argüelles, Francisco González, Juan Gallardo, Isidro Naranjo, Manuel Collantes y el capitán Vicente Capello, entre otros.
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También escandalizó a la ciudad el nombre de Manuel de Sarratea, quien ofreció una cena en su casa a los ingleses, en agradecimiento por la devolución de embarcaciones. Y no faltaron las damas, como Marcó del Pont, Escalada y otras quienes caminaban del brazo de oficiales británicos por el paseo de La Alameda, hoy avenida Leandro N. Alem. Familias como los Rubio recibieron elogiosos comentarios de los británicos: "Aquí no me consideran como un enemigo, las amabilidades de que soy objeto en todas partes". Hasta una joven, Mariquita Sánchez de Thompson, se maravillaba del porte y la elegancia del soldado inglés.
El propio Gillespie, aludiendo a sus camaradas heridos durante la reconquista, agradeció la forma en que fueron atendidos en casas de familia. "Los nombres de Gálvez, Vidal, Romero, Terrada y Barreda deben reconocerse en consecuencia con gratitud por su protección y generosa bondad para nosotros, y muchos más si fuera útil enumerarlos".
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Cuando el capitán Gillespie se encontraba prisionero en Calamuchita, debió desembarazarse de una comisión militar enviada por Santiago de Liniers que tenía la misión de recuperar dicho libro. Buscaban los nombres de los oficiales españoles que allí figuraban y que, en su momento, se habían rendido al invasor. Gillespie convenció al jefe de la partida y no se lo entregó. Cuando los soldados partieron, el libro fue enterrado cerca de un arroyo. Antes de regresar definitivamente a Inglaterra, lo desenterraron y dicho capitán se lo llevó consigo.
¿Qué nombres figuran en dicho libro? No lo sabemos a ciencia cierta, porque aseguran que se perdió en la maraña burocrática inglesa. Y que, gracias a ello, algunos que figuran en los libros de historia habrán respirado aliviados.
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