
Se opuso al rosismo y también a la separación de la provincia de Buenos Aires y a la guerra con el Paraguay (en su ensayo "Crímenes de la Guerra", publicado en 1872), pero sus "Bases" le dieron cimientos a la constitución nacional. "Lo peor del despotismo no es su dureza, sino su inconsecuencia, y solo la Constitución es inmutable".
En 1875, sorpresivamente, volvió al país donde había sido designado diputado por Tucumán, siendo presidente su comprovinciano Nicolás Avellaneda. Sin embargo Sarmiento, con quien había mantenido un notable enfrentamiento epistolar en las célebres Cartas Quillotanas –escritas desde su quinta de Quillota, Chile–, y Mitre, por su resistencia al conflicto con el Paraguay, se prestaron a crear una campaña contra este pensador que había concebido al país desde la perspectiva que da la distancia.
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Alberdi sostenía que era "simple el camino donde el extremo amor a la patria puede alejar de la libertad al hombre y conducir al despotismo patrio del Estado".
El enfrentamiento por vanidades y diferencias minúsculas que terminaban con argumentos ad hominem (tan propios de la prosa sarmientina) alteraban el espíritu melancólico de Alberdi.
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En apenas dos años de permanencia en el país, su salud se había resentido; una úlcera gástrica le ocasionó vómitos de sangre. Cansado de enfrentamientos estériles, renunció a su banca y decidió volver a Europa. Entonces dijo: "La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende… la democracia, tal como se ha ejercido hasta ahora, solo nos llevó a este triste destino".
En la nave que lo transportaba de vuelta a Francia sufrió un accidente cerebro vascular isquémico que le impidió movilizar brazo y pierna. En París se instaló cerca de la Place de L'Europe, donde era asistido por Angelina, su leal ama de llaves. Volvió a caminar arrastrando su pierna.
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En 1881 tuvo un vómito de sangre. La terapia de moda en esos años, a falta de mejor alternativa, eran los baños termales y el clima más templado del Mediodía francés. A pesar de los cuidados de Angelina, la salud de Alberdi desmejoró notablemente.
Sus amigos lo instaron a volver a Argentina, idea que no terminaba de aceptar. En 1883 dictó testamento en el que beneficiaba a su ama de llaves en desmedro de su hijo y sus sobrinas.
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A los problemas motrices se agregó una paulatina pérdida de lucidez, propia del reblandecimiento cerebral isquémico, y de su natural inclinación a la depresión.
Sin embargo, el golpe de gracia, la estocada final, se la dieron los médicos que le prohibieron escribir, la única forma que tenía de conectarse con el medio. Al deterioro se agregó una pertinaz paranoia.
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Si bien el gobierno de Roca le concedió una pensión, Alberdi no llegó a enterarse ya que fue internado en un asilo de Neuilly-sur-Seine, donde sólo lo visitaba Angelina.

El 19 de junio, Juan Bautista Alberdi dejó de existir en un cuartito donde apenas cabía una cama. "Todo era miseria y suciedad", fue la descripción que hizo uno de los pocos amigos que lo visitó.
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Sus restos fueron velados en una Iglesia de Neuilly y fue sepultado en el cementerio local, donde permaneció algunos meses, hasta ser trasladado a la parcela en Père Lachaise que él mismo había adquirido.
Sin embargo, y aunque no existiese deseo escrito, su cuerpo fue repatriado en 1889. Eran los últimos meses de gobierno de Juárez Celman. Los restos del notable tucumano volvieron a un país convulsionado. Fue sepultado en el Cementerio de la Recoleta, casi vecino a la bóveda donde años después morarían los restos de Juan Manuel de Rosas.
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Una escultura de Camilo Romairone inmortalizó su rostro.

En 1991 su ataúd fue abierto, su cadáver se había momificado y aún se reconocían sus rasgos. Sus restos fueron llevados a Tucumán la provincia que lo vio nacer, pero en la que solo moró unos pocos años de su adolescencia. "La patria no es el suelo… la patria es la libertad, el orden, la riqueza y la civilización". La patria de Alberdi era el mundo de los hombres de buena voluntad.
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El 29 de agosto de cada año se celebra el día del abogado en honor al natalicio de este gran ausente, que cada día está más presente con sus pensamientos y conceptos fundacionales de nuestra argentinidad extraviada.
El autor es director de Olmo Ediciones y autor de Historia Hoy
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