Juan Domingo envió una carta que anunciaba su enfrentamiento con Augusto Vandor “En política no se puede herir, hay que matar”
Juan Domingo envió una carta que anunciaba su enfrentamiento con Augusto Vandor “En política no se puede herir, hay que matar”

"Al señor José Alonso.
Mi querido amigo:
Acabo de recibir sus cartas del 21 y 26 de enero que me traen la mayor tranquilidad y me alegro que usted haya decidido empeñar batalla. Junto con esta le escribo a Isabelita diciéndole lo mismo y felicitándola por la decisión de suspender las giras y trasladarse a Buenos Aires para poder atender lo necesario a esta lucha, pensando que al enemigo principal hay que atenderlo con los medios y las preocupaciones principales, dejando sólo los medios secundarios para atender a los enemigos secundarios. Este es el principio estratégico de la conducción que nunca debe olvidarse. En esta lucha, como bien lo ha apreciado usted, el enemigo principal es Vandor y su trenza, pues a ellos hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política no se puede herir, hay que matar (…)".

Juan Domingo Perón estaba solo en Madrid cuando escribió esa carta. Fue el 27 de enero de 1966. Isabel, con la que compartía su vida desde hacía ya diez años, había viajado a la Argentina. Era su enviada, la última chance que le quedaba para disciplinar al Movimiento. Había decidido lanzarla al territorio aciago y disperso del peronismo. No tenía experiencia política, pero sería leal. Y acaso su misión obtendría mayor fortuna que la del resto de sus colaboradores a los que había recibido en su escritorio de Puerta de Hierro, a los que había guiado con cartas y grabaciones. Pero todos ellos, a lo largo de la década del '60, habían fracasado, se habían ido, estaban presos, clandestinos, o habían sido cooptados por el enemigo.

El recuento era fácil de hacer.

Su ex delegado personal John William Cooke se había volcado al comunismo. Era hombre de Cuba.

Los "neoperonistas" –grupos provinciales que participaban en las elecciones con otras denominaciones para esquivar la proscripción- ya no respondían a sus órdenes. Y con ese ardid, podían participar en las elecciones, y no les iba mal.

El "sindicalismo combativo", que se lanzó con el "Programa de Huerta Grande" –nacionalización de bancos, control estatal del comercio exterior, nacionalización de sectores clave de la economía-empresas- y al que apoyó como una opción de "giro a la izquierda", no hacía pie en las conducciones de los gremios.

Y además, todos los cambios en los cuerpos orgánicos que ordenaba desde Madrid para mantener el control del Movimiento, no tenían representatividad en el mundo real del peronismo.

Augusto Timoteo Vandor era, en enero de 1966, al momento en que Perón escribió la carta en que pidió destruirlo, el poder real del peronismo
Augusto Timoteo Vandor era, en enero de 1966, al momento en que Perón escribió la carta en que pidió destruirlo, el poder real del peronismo

El peronismo en la Argentina tenía un jefe que provenía de filas obreras: Augusto Timoteo Vandor. Incluso más: era un jefe político.

El metalúrgico dominaba el aparato político del Partido. Para las elecciones legislativas del 14 de marzo de 1965, con el partido "Unión Popular", Vandor armó, bendijo y financió una lista de diputados peronistas en los principales distritos que obtuvo más votos que la suma del oficialismo radical (UCRP) y la UCRI.

Algo había quedado en claro después de la contienda: sin Perón, el peronismo podía participar de la vida institucional y quizá retornar al poder en las elecciones presidenciales previstas para 1967.

Vandor no tenía carisma. Tampoco tenía un discurso doctrinario ni una ideología precisa. Pero controlaba los sindicatos, el aparato mejor organizado del peronismo desde la caída de Perón en 1955. La única estructura que había sobrevivido a la Revolución Libertadora, a la cárcel y a la persecución a los que fueron sometidos miles de dirigentes obreros y políticos.

Su creciente capital político se había consolidado en la negociación con empresarios y el gobierno radical. Vandor era, en enero de 1966, al momento en que Perón escribió la carta en que pidió destruirlo, el poder real del peronismo.

Podía ordenar la ocupación de fábricas y parar el país cuando lo decidiera. Golpear y negociar. Era su arte. Tenía el control de las obras sociales y una fuerza de choque que intimidaba el accionar de cualquier oposición gremial.

Vandor tenía un proyecto autónomo al de Perón. Aunque respetaba sus banderas y su recuerdo, la posibilidad de un "peronismo sin Perón" se proyectaba como algo más que una ilusión política.

El poder de la Argentina fluía hacia él.

Perón delegó la misión de enfrentar a Vandor a la persona que tenía a su lado: Isabel
Perón delegó la misión de enfrentar a Vandor a la persona que tenía a su lado: Isabel

Desde hacía varios años que Perón hurgaba, testeaba e intentaba formar dirigentes leales que asumieran la misión de enfrentarlo, que midieran su poder y lo erosionaran. Todos habían fracasado. Entonces, delegó la misión a la persona que tenía a su lado: Isabel.

Su carta a José Alonso continuaba así:

" (…) Porque un tipo con la pata rota hay que ver el daño que puede hacer. Ahora, según las circunstancias, hay que elegir las formas de ejecución que mejor convengan a la situación y ejecutarlas de una vez y para siempre. Usted contará para ello con todo mi apoyo y si es preciso que yo expulse a Vandor por una resolución del Comando Superior lo haré sin titubear, pero es siempre mejor que, tratándose de un dirigente sindical, sean los organismos los que lo ejecuten. Si fuera un dirigente político, no tenga la menor duda que yo ya lo habría liquidado (…)".

La Enviada

Isabel llegó a la Argentina el 10 octubre de 1965. Se hospedó en el Hotel Alvear Palace. La única fuerza que sostenía su figura era el mito de su marido. Su presencia era una carga explosiva para la Argentina. Mientras a la suite 511 llegaban bouquets de rosas y tarjetas de dirigentes que solicitaban ser recibidos por la señora, militantes de la derecha católica, con base en el bar La Biela, conformaron comandos civiles para repudiarla. Le declararon la guerra.

En sus "marcha por la libertad" provocaron destrozos y lanzaron bombas molotov en las inmediaciones del hotel. Hubo choques, escaramuzas, vidrios rotos, corridas callejeras. Isabel ni siquiera podía ir a rezar tranquila a la Iglesia del Pilar.

Militantes de la derecha católica, con base en el bar La Biela, conformaron comandos civiles para repudiar a Isabel que había llegado a la Argentina. Le declararon la guerra
Militantes de la derecha católica, con base en el bar La Biela, conformaron comandos civiles para repudiar a Isabel que había llegado a la Argentina. Le declararon la guerra

Algunos dirigentes juveniles, que pocos años después ingresarían a Montoneros o conformarían agrupaciones ortodoxas del peronismo, cubrieron su seguridad en los pasillos del hotel con guardias rotativas armadas.

El gobierno radical intentó deportarla pero no encontraba resquicios legales. Perón tenía prohibida la entrada al país ¿Pero qué cargos podrían pesar sobre su esposa Isabel?

Finalmente, las autoridades del Alvear Palace la echaron del hotel por las quejas de los pasajeros. Isabel peregrinó por distintas casas del conurbano y la ciudad, de manera clandestina. La hospedaron en Caseros, San Telmo, Vicente López. Las "marchas por la libertad" de los comandos civiles la perseguían apenas descubrían su paradero.

Estaba previsto que Isabel presidiría el acto del 17 de octubre en Parque Patricios, luego de dos décadas de que Perón estableciera su vínculo con los trabajadores en la Plaza de Mayo. Sería la primera aparición pública de Isabel en la escena peronista.

El gobierno de Arturo Illia desalentó la movilización. La Guardia de Infantería cercó los accesos. El 16 por la noche unos 300 policías rodearon con perros y camiones la manzana donde sea alojaba Isabel para controlar cada paso.

Para protegerla, en una maniobra de distracción, la custodia juvenil le puso una peluca, la hicieron saltar paredes, y la refugiaron en un hotel alojamiento, simulando ser la pareja de un joven. Isabel tenía siempre una pistola en la cartera, lista para usar.

El acto fue frustrado por la policía, que dispersó a los manifestantes con gases.

Juan domingo Perón, Isabel Martínez y José López Rega. Ella lo conoció en la casa de un ex edecán de Perón: ambos pertenecían a la logia Anael
Juan domingo Perón, Isabel Martínez y José López Rega. Ella lo conoció en la casa de un ex edecán de Perón: ambos pertenecían a la logia Anael

De manera provisoria, Isabel fue alojada en la casa del mayor Bernardo Alberte, ex edecán de Perón, que participaba en la logia Anael, junto a otros suboficiales peronistas.

Esa semana, en un encuentro en su casa de Yerbal 81, Isabel conoció a José López Rega. Era un empleado de la imprenta Suministros Gráficos, que recién llegaba a la logia. Acababa de editarle al juez Julio César Urien su libro "El Tercer Mundo en acción", en el que predecía que la moral de la humanidad evolucionaría en la medida en que se desarrollaran los tres vértices magnéticos en Asia, África y América, el triángulo de la Triple A.

Luego de los avatares en torno al 17 de octubre, Isabel fue resguardada por los anaelistas, que le dieron hospedaje y asistencia. Los grupos juveniles la acompañarían en actos públicos como custodia.

El primero de ellos fue en Córdoba. Isabel visitó delegaciones gremiales, bautizó niños, saludó a obispos, pidió minutos de silencio a la memoria de Evita y habló en actos callejeros. Llevaba siempre en la cartera una libreta que servía de ayuda memoria y en cada discurso citaba alguna frase clásica del General con la que se aseguraba el cariño de las masas.

Vandor había recibido a Isabel con actitud contemplativa.

La acompañó en alguna que otra provincia, y se tomaba fotos con ella, pero en cada viaje de Isabel se producía un disturbio, un contratiempo o un disparo, que la custodia juvenil atribuía a la mano del líder metalúrgico.

En Rosario, por ejemplo, un supuesto malentendido en la organización de un acto dejó a Isabel sin guardia, movilidad ni recursos, librada a su propia suerte.

La paz forzada entre Isabel y Vandor duró hasta enero de 1966. Desde que llegó al país, Isabel había estudiado la capacidad de acción del líder gremial y remitió informes a Madrid sobre los caudillos provinciales con los que contaba.

Vandor e Isabel Perón: ella había estudiado la capacidad de acción del líder gremial y remitió informes a Madrid sobre los caudillos provinciales con los que contaba.
Vandor e Isabel Perón: ella había estudiado la capacidad de acción del líder gremial y remitió informes a Madrid sobre los caudillos provinciales con los que contaba.

Perón entendía que un enfrentamiento con Vandor era una decisión delicada. Si bien había llegado a la cima política y gremial del peronismo invocando su nombre, también era cierto que las organizaciones sindicales traccionaban votos y dinero, respetaban su liderazgo en el exilio y mantenían su figura omnipresente en la política argentina.

Pero la decisión estaba tomada. Perón lanzó la ofensiva.

La carta a José Alonso, fechada el 27 de enero de 1966, continuaba así:

"(…) Me alegra mucho que Usted se haya conectado definitivamente con Isabelita, porque así pueden los dos actuar coordinadamente en la rama sindical por su parte y en la rama política por la de ella. Todo depende de cómo se resuelvan las cosas allí. Existen otras trenzas pero ellas por ahora no deben interesar: hay que destruir la de Vandor y cuando esto se haya logrado, habrá llegado la hora de las otras que, por ahora son favorables a lo que nosotros mismos estamos elaborando. Hay que utilizar a todos en la batalla principal, sin que ello quiera decir que se apañan roscas o trenzas que, con el tiempo, pueden darnos los mismos dolores de cabeza que la de Vandor (…)".

En los primeros días enero de 1966, Isabel tuvo a Vandor varias horas en el hall del Hotel D'Ambra a la espera de una reunión. No lo recibió. El día 6, Perón descabezó la Junta Coordinadora Nacional, el máximo organismo del Movimiento, que respondía a Vandor y lo sustituyó por un "Comando Delegado" que eligió a su voluntad.

Luego atacó sobre el flanco gremial. Gestó la rebelión interna.

El Secretario de la CGT y titular del sindicato del Vestido, José Alonso, acusó públicamente de alzarse en contra de las directivas de Perón, agrupó a una cantidad de gremios y dirigentes de la "línea dura" y constituyó las "62 Organizaciones de pie junto a Perón".

Vandor organizó un plenario en la sede sindical y echó a Alonso de la CGT, pero en ningún momento se despegó de Perón. Le juró lealtad en solicitadas públicas.

Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro, Madrid
Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro, Madrid

Desde Madrid, Perón había puesto al sindicalismo en estado de crisis. Y Vandor no tenía paz siquiera en los momentos de ocio.

Comenzó a ser perseguido por Guillermo Patricio Kelly y su banda de fieles nacional-peronistas. Primero provocó un escándalo cuando desparramó las fichas del líder gremial en la ruleta del casino de Mar del Plata y lo denunció como jugador. Después le puso una bomba molotov cerca de la tribuna, mientras Vandor disfrutaba de una carrera en el hipódromo de San Isidro.

Lo hizo para que el pueblo supiera las "inconductas" en las que incurría el dirigente obrero, según argumentó Kelly.

A fines de enero de 1966, Perón arrojó su arma más letal, la que se había reservado hasta el momento: la carta.

La había dirigido a José Alonso para que la difundiera. Continuaba así:

"(…)Yo sé que Usted es de cabeza fría y eso es lo que se necesita por ahora. Hay que planificar rápidamente y ejecutar lentamente conduciendo las cosas como mejor convenga, teniendo en cuenta que, en política, no siempre la línea recta es el camino más corto, porque este no es asunto de la geometría. La verdadera obra de arte no está en el planeamiento de la acción sino en la ejecución de la misma. Es allí donde no debe faltar la voluntad inquebrantable de alcanzar los objetivos, porque en esta lucha de voluntades contrapuestas, suele vencer la voluntad más fuerte y el carácter más perseverante.

"Isabelita, como buena principiante, puede tener sus altibajos, sus amarguras momentáneas, sus arranques de abandono y sus desfallecimientos naturales en una lucha enconada y difícil como ésta. Por eso le pido que le levante el ánimo y la persuada de la necesidad de no aflojar, aunque venga degollando, y que de nada vale desesperarse o enojarse. Lo difícil de la lucha política es siempre dominarse a uno mismo y saberse tragar el sapo todos los días. Aguantar hasta que se esté en condiciones de romper y luego sí romper todo de un solo golpe. Pero todo es cuestión de minuciosa preparación, de tener buenos nervios y saber esperar, elegir el momento de la decisión y allí jugar el todo por el todo.

"Las grandes victorias se alcanzan en las más comprometidas situaciones. Las situaciones fáciles culminan con victorias a lo Pirro, generalmente. Usted puede tener la más absoluta seguridad que lo que hagan ustedes allí contará con el apoyo más decidido de mi parte y puede transmitir a los compañeros que se juegan en este partido con nosotros que no deben dudar que lo que ustedes hagan allí será lo definitivo y que no habrá de mi parte marcha atrás aunque se deba romper con todo y mandar todo al diablo. Esta batalla ha de ser definitiva y para que quede un ejemplo que desanime a los que quieran imitar las trenzas del tipo Vandor.

"Yo sé que, pese a mi función de Padre Eterno, hay momentos en que hay que proceder con firmeza, como a veces hace el propio Padre Eterno cuando están en juego los principios y los objetivos. Esta vez no habrá lástima, ni habrá audiencias, ni habrá viajes a Madrid, ni nada parecido. Deberá haber solución y definitiva, sin consultas, como Ustedes lo resuelvan allí. Esa es mi palabra y Usted sabe que "Perón cumple (…)".
Saludos a María Luisa y a los pibes".
Firmado: Juan Perón.

López Rega era quien hacía la “apoyatura cósmica” en las entrevistas y discursos de Isabelita
López Rega era quien hacía la “apoyatura cósmica” en las entrevistas y discursos de Isabelita

Después de que la carta tomara conocimiento público, Perón fue más cauto. Nunca se sentía cómodo en el combate directo. Prefería actuar de árbitro.

Los conflictos institucionales continuaron. Isabel intentó reorganizar la cúpula del peronismo pero las 62 Organizaciones de Vandor ofrecieron infinitos reparos a sus propuestas y se negaron a integrar al "Comando Delegado" con gestos de insubordinación.

El gobierno radical de Arturo Illia aprovechó la brecha abierta en el peronismo y lanzó un decreto que promovía la democracia interna en los gremios y fragmentaba el poder financiero de las obras sociales.

En marzo de 1966, Perón dio otro golpe sorpresivo.

Desafió a los dirigentes a definirse con claridad y apoyó la candidatura de Enrique Corvalán Nanclares para la gobernación de Mendoza, luego de que Vandor proclamara su adhesión a su contrincante, Alberto Serú García.
Isabel intimó a las 62 Organizaciones a acatar la orden de Madrid, pero Vandor la desoyó.

Entonces Isabel, cumpliendo la orden estricta de Perón, se puso al frente de la campaña electoral: viajó a Mendoza para atraer dirigentes de base y realizar actos públicos a favor de Corvalán Nanclares. El sindicalista Alonso la acompañó en toda la gira por la provincia. El enfrentamiento con Vandor ahora tomaba un sesgo político-electoral.

Para entonces ya era usual ver a Isabel en las entrevistas con una libreta de anotaciones en la mano, que la ayudaban a reforzar aspectos doctrinarios del justicialismo y salir del paso en preguntas complicadas. A poca distancia, aparecía un hombre bajo, de ojos de hielo, que movía los labios en forma sigilosa y permanente.

Los periodistas que vieron la escena en el hotel Ariosto de Mendoza pensaron que era el apuntador de Isabel. Era López Rega, que realizaba la "apoyatura cósmica" en las entrevistas.

Esto se percibió con mayor claridad cuando, por la noche, Isabel realizó su discurso en público. López se preocupó por saber qué planeta estaba rigiendo a Isabel en ese momento, lo asoció con la nota musical que correspondía y empezó a pronunciarla en forma constante, intentando recoger la energía del Universo, y cuidándose de no romper esa armonía. Le hizo una apoyatura astral al discurso de Isabel, canalizando las vibraciones de los planetas desde los planos superiores de este mundo.

Fue el primer discurso de Isabel con respaldo divino.

Perón, en cambio, siguió utilizando los medios tradicionales para la campaña electoral. Envío una cinta grabada en la que llamó a los peronistas a acompañarlo. El mensaje que se transmitió una y otra vez por radio y televisión en toda la provincia, a pesar de las restricciones que impedían su participación.

Finalmente, aunque no alcanzó la gobernación, el candidato de Perón superó al elegido por Vandor.

Para el metalúrgico la derrota fue aleccionadora: archivó la idea de formar un partido de masas sin el líder exiliado y se arrepintió de haber desobedecido sus órdenes.

Mucho tiempo después, en su entorno, se guardaría la idea de que ese enfrentamiento lo llevaría a la muerte.

Vandor murió asesinado en la sede de la UOM: un grupo comando lo fusiló en su despacho y dejó encendida una bomba para que estallara
Vandor murió asesinado en la sede de la UOM: un grupo comando lo fusiló en su despacho y dejó encendida una bomba para que estallara

El 30 de junio de 1969, durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía y un mes después del Cordobazo, Vandor murió asesinado en la sede de la UOM en una extrañamente sencilla incursión de un grupo comando que a cara descubierta subió hasta el primer piso, lo fusiló en su despacho y dejó encendida una bomba para que estallara.

Tres meses antes, Vandor había mantenido una reunión secreta con Perón, en Irún, España, y otra pública, en Puerta de Hierro.

El jefe sindical, luego de años de distanciamiento, había aceptado colocarse otra vez a las órdenes de su conducción. 

Sin embargo, Perón consideraba que ya estaba perdido.

En un reportaje de 1971 para el diario Mayoría, que luego publicó El Descamisado en 1974, afirmó:

"En Irún, yo le dije: 'A usted lo matan: se ha metido en un lío. Lo matan unos o lo matan otros', porque él había aceptado dinero de la embajada norteamericana y creía que se los iba a fumar a los de la CIA. '¡Hágame el favor…! Ahora usted está entre la espada y la pared. Si usted le falla al Movimiento, el Movimiento lo mata; y si usted le falla a los norteamericanos, la CIA lo mata…'. Me acuerdo que lloró", dijo Perón.

* Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro publicado es "López Rega, el peronismo y la Triple A". Editorial Sudamericana @mlarraquy