A comienzos de la década del 70, Jorge Luis Borges, con esa ironía tan propia de él, decía que, si la Argentina hubiera tomado como texto fundacional el Facundo y no el Martín Fierro, otra habría sido la historia. Eran tiempos en que la vuelta del peronismo parecía inexorable y, como todas las ideas de Borges, esa también fue productiva para pensar la realidad del país, pero, curiosamente, no dejaba de estar en el universo de dicotomías y antagonismos que de alguna manera fundó Sarmiento: civilización y barbarie, unitarios y federales, Facundo y Martín Fierro, peronismo y antiperonismo.
Cincuenta años a la distancia, parecería que la literatura se ha encargado de darle una respuesta a Borges: el Martín Fierro es inevitable. No sólo él mismo ha escrito reversiones con cuentos como “El fin” o “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, sino que el poema de José Hernández fue intervenido por muchísimos autores: los Lamborghini, Martín Kohan, Oscar Fariña y, más recientemente, Gabriela Cabezón Cámara.
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Todos ellos le agregan una nueva capa de sentido al poema. Y Gabriela Cabezón Cámara —autora de La virgen cabeza, El romance de la negra rubia y Le viste la cara a Dios— le da un giro distinto: con su novela Las aventuras de la China Iron retoma una figura que hasta este momento estaba invisibilizada y es la mujer de Fierro. La novela, entonces, comienza cuando esta china se “libera” del yugo cuando el gaucho es llevado a la frontera con el indio.
“Los dos son expulsados de sus vidas”, dice ahora Gabriela Cabezón Cámara en una entrevista en el marco de Experiencia Leamos. “La China es desertora: prefiere no hacerlo y no lo hace. Yo escribo desertoras. Otra gente le dice desobediencia, pero yo digo algo más grande, algo más organizado. ¡Desertemos!”.
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Experiencia Leamos es un ciclo de entrevistas a escritores, músicos, artistas, personalidades relevantes de la cultura, la política, la filosofía, las ciencias. Es un beneficio exclusivo para los suscriptores de la plataforma de Leamos.com. Publicamos aquí algunos fragmentos de la entrevista a Gabriela Cabezón Cámara. La entrevista completa puede verse en el sitio de Experiencia Leamos.

—¿Por qué el Martín Fierro es tan plausible de ser continuado y reformulado?
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—Hernández, a través del Martín Fierro, alcanzó la mayor gloria que puede alcanzar una obra, que es la de hacerse parte del lenguaje. Martín Fierro es parte de la lengua de los argentinos. Una persona podría no haberlo leído, podría saber poco y nada, pero seguramente va a saber unos versos. O “los hermanos sean unidos” o “Hacete amigo del juez”. Hay algo de eso que ha sido muy pregnante. Eso sucedió un poco por la operación de Lugones, pero muchísimo por la potencia del texto. Es un texto hermoso, una novela escrita en verso.
—En una estrofa, Fierro dice “que padre y marido ha sido / empeñoso y diligente”. Y en la película que protagoniza Alfredo Alcón, es la mujer quien lo dice. ¿Qué diría la China de ese marido empeñoso y diligente?
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—Que hubiera sido mejor que se relajara un poco. Si era menos empeñoso y menos diligente tal vez la pasaban mejor.
—En tu novela, la voz que narra es la de la China, pero no tiene términos propios de la gauchesca. ¿Por qué?
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—Los había usado en otros libros; en Le viste la cara a Dios. Quería que la China, que tiene un comienzo tan difícil y lleno de carencias —valga la contradicción— fuera una narradora sofisticada. Quería elegir otro registro de lengua para ella. El castellano se va rompiendo con el inglés, que es la lengua del imperio, y también se agujerea con el mapudungun y el guaraní. Me interesaba que la lengua se fuera mezclando con las otras lenguas más que por la gauchesca, que, por otro lado, venía tan servida que era mejor salir.

Ser y estar en el mundo
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“No siempre la literatura tuvo problemas con ser social o no serlo”, dice Cabezón Cámara, “no siempre tuvo problemas con tener un mensaje, con dar cuenta de su propia politicidad y dar cuenta de su propio ser parte del mundo”.
Por estos días, la autora se encargó de la edición y el prólogo de un libro digital que lleva por título Un sobresalto en el corazón, una punzada en la boca. El e-book es de la editorial Patronus y lo recaudado está dirigido a diferentes comedores escolares de la provincia de Buenos Aires. Participan once autores muy destacados: Mariana Enriquez, Claudia Piñeiro, Selva Almada, Vera Giaconi, Carlos Ríos, Victoria Baigorrí, Sergio Olguín, Alejandra Zina, Sylvia Iparraguirre, Federico Falco, Francisco Bitar.
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“Cuando una parte de la sociedad se cae a pedazos”, dice, “hay algo que se te rompe a vos también. Hay que dar un abrazo para estar con otros, para juntarte, por el bien de todos, pero también por el tuyo. Tenemos que estar lo más juntos que podamos. Esto no es una solidaridad en donde vas tirando monedas como si estuvieras arriba del mundo como un rey. Estás en el mundo y necesitás juntarte con los otros”.

La década feminista ganada
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Las novelas de Gabriela Cabezón Cámara se inscriben en un momento particular de la literatura argentina. Si bien sus protagonistas no levantan ninguna bandera, no se pueden leer sino en el contexto y en estos diez años, desde que publicó La virgen cabeza hasta el recorrido que viene llevando con Las aventuras de la China Iron, no sólo se ampliaron derechos con, por ejemplo, la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, sino que los diferentes colectivos de mujeres se impusieron como un actor presente y activo en el debate político.
Ante eso, se hizo indudable que las escritoras obtuvieron otra presencia. Hace poco circuló por redes sociales una foto de 15 escritores jóvenes en la década de los 90. Sólo había una mujer: Esther Cross. Hoy, eso sería, no solo impensable, sino además una equivocación enorme. Las escritoras hoy tienen un lugar ganado por derecho propio y también por un cambio de mentalidad. En una lista rápida se puede mencionar a Samanta Schweblin, Vera Giaconi, Paula Puebla, Pola Oloixarac, tantas y tantas más.
—¿Qué cambió?
—Lo que cambió —dice Cabezón Cámara—, y fue gracias al movimiento feminista sin ninguna duda, es el acceso a la publicación y la sensación de que tenés derecho a hacerlo. En la cultura de hace 60, 70, 80 años te hacía sentir culpable: eras una ridícula, eras una puta si te dedicabas a algo en lo que te salías de la norma. Ahora las mujeres y también otras minorías sentimos que tenemos derecho a escribir, que podemos hacerlo. Las mujeres publicamos notablemente menos que los varones, pero publicamos.
—Alguna vez, creo que fue Sonia Budassi, me dijo que las mujeres que estaban obligadas a ser excelentes para llegar a la publicación. “Y nosotras también tenemos derecho a hacer libros malos”, me dijo.
—Pienso lo mismo. Pero siempre que pertenecés a un grupo de personas que sufre algún grado de discriminación o que sencillamente no está considerada como parte de la figura hegemónica de autor, tenés que esforzarte un poco más. Igual que cuando trabajás en una empresa.

El reconocimiento
Los libros de Cabezón Cámara raramente pasan inadvertidos. En 2011 publicó la novela Le viste la cara a Dios. El libro salió en formato digital por la editorial Sigue Leyendo y contaba la historia de una chica que era secuestrada al salir de su casa por una red de prostitución. Algunos años después, publicó una segunda versión, ahora en formato de novela gráfica, con la coautoría de Iñaki Echeverría. El libro salió por la editorial Eterna Cadencia y recibió un reconocimiento de la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. “Las cosas siempre pasan muy rápido y es difícil tener reflejos para reaccionar”, dice Cabezón Cámara. “Pero si hoy me quisieran dar un reconocimiento gracias, pero por qué mejor no se encargan. En ese momento no me di cuenta”.
—Hay otro reconocimiento distinto, que es el del Booker Prize. Las aventuras de la China Iron quedó en la “short list” y, gane o no, su inclusión le da una importancia que va a ayudar a que circule en el resto del mundo. ¿Qué esperás de la salida en un mercado de otra lengua?
—No sé. Espero seguir escribiendo y que alguien me lea. Por lo pronto, con la cuarentena me trabé un montón con la escritura, así que lo único que espero es escribir. Estoy leyendo. Investigando, por así decirlo, para la próxima novela. Si no se puede hacer una cosa se hace la otra. Al fin y al cabo, siempre se escribe, ¿no? Leer es muy hermoso. Supongo que podría dejar de escribir, pero no de leer.
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