Por Mariana Carbajal.

Mariana Carbajal
Mariana Carbajal

"Después de que nació mi segunda hija, en 2002, engoré mucho, muchísimo. Ahora que lo pienso, creo que fue en defensa. Mi mente, mi cuerpo, reaccionaron de alguna forma para que no me miraran más los hombres. Era muy linda yo. Ahora tengo treinta kilos de más", me contó Ana, 46 años, docente, ya hacia el final de la entrevista, en la que me había confiado los detalles del acoso sexual que sufrió desde adolescente y fundamentalmente, cuando trabajó en la curtiembre de una familia poderosa de La Rioja, en Chilecito, donde vive.

La acosó uno de sus dueños. Durante nuestra charla, íntima, Ana se dio cuenta de que su cuerpo había hablado de esa forma lo que ella hasta ese momento no había podido poner en palabras: engordando. Yo la escuchaba y se me caían las lágrimas. Como a ella. La de Ana, es una de las tantas voces, en primera persona, con las que busqué armar una cartografía del machismo en la Argentina en mi nuevo libro. El título, Yo te creo hermana, se lo debo a mi colega y gran amiga Luciana Peker, autora de Putita Golosa, entre otros libros, y a quien admiro profundamente.

La idea me la propuso a mediados de 2018 Ana Laura Pérez, editora de Penguin Random House, con quien veníamos peloteando temas que me entusiasmaran para escribir. Hacía tiempo que venía buscando un hilo que me motivara. De esas charlas, surgió Yo te creo hermana.

“Yo te creo hermana”, de Mariana Carbajal (Aguilar)
“Yo te creo hermana”, de Mariana Carbajal (Aguilar)

A lo largo de varios meses entrevisté a decenas de mujeres para registrar sus relatos de violencias –las más crudas—y también otras, menos nombradas, más naturalizadas, historias de discriminaciones por encarnar una identidad femenina, y micromachismos en los ámbitos más diversos. Busqué armar un mosaico con testimonios de procedencias y edades variadas, de geografías distintas, que no provinieran solo del ámbito metropolitano, y entonces, en cada viaje que encaraba a otras provincias, para dar una charla o un taller, me encargaba antes de rastrear alguna historia que me pudiera conmover, para incluir en el libro. Así entrevisté a dos enfermeras de un pueblito pequeño del norte de Santa Fe, que sufrieron acoso y abuso sexual de parte del director del hospital público, donde trabajan.

-Yo ya no hablaba del tema hacía años, me hace mal. Pero acepté contarlo porque pensé: "A lo mejor sirve".

-Yo tampoco quería hablar. Pero anoche me tiró el auto encima, por eso vine.

Me dijeron ellas, Mónica, de 58 años, y Alicia, de 41. Por denunciarlo, en el pueblo las señalan como "las locas", "las quilomberas". Durante largos tramos de la charla que tuvimos en un hotel de esos bien de pueblo, las dos lloraron acongojadas.

Para algunas de las mujeres con las que hablé, fue sanador que alguien las escuchara. Otras, ya me han escrito, agradecidas por incluirlas en el libro. Les resulta una forma de reparación, que haya registro de lo que les pasó, porque encontraron impunidad en la Justicia o nunca antes se habían animado a contarlo.

“El patriarcado nos jode a todxs”
“El patriarcado nos jode a todxs”

Pero no me limité a dar cuenta de esas violencias –sexual, doméstica, callejera—silenciadas o no escuchadas. También quise reflejar otras situaciones que atraviesan nuestras vidas por ser mujeres, sobre las cuales los varones no tienen ni idea.

Hay voces de políticas como la ex senadora Marina Riofrío, la ex diputada nacional y ahora del Parlasur, Cecilia "Checha" Merchán, la diputada nacional radical, del espacio de Martín Lousteau, Teresita Villavicencio y una joven que fue concejal en una localidad cordobesa por una agrupación nueva de izquierdas, entre otras. Ellas dan cuenta del machismo en el ámbito legislativo, en las campañas, en la discusión política. Hay voces del sindicalismo, que reflejan las dificultades para ellas en los espacios gremiales, voces de periodistas, que advierten, con anécdotas concretas, sobre el sexismo en redacciones, radios y programas de televisión.

Señorita Bimbo cuenta sobre los cometarios lacerantes que recibió por no cumplir con el modelo de delgadez que nos imponen las tapas de las revistas. Hay voces anónimas y desconocidas. Hay voces de famosas. A Thelma Fardin la entrevisté dos meses antes de que hiciera pública su denuncia: Luciana Peker, que la estaba acompañando hizo de puente. Hay voces de otras actrices. Hay voces de adolescentes y de mujeres que orillan los 90 años. Hay voces del campo y de la ciudad. De abogadas que hablan del machismo en los tribunales, en la universidad, de expertas en Sistemas que muestran la discriminación que todavía sufren por ser mujeres en ese ámbito laboral tan machito… una tarefera cuenta lo que significa ser mujer en el trabajo rural, en la cosecha de la yerba mate.

Hay otras voces que revelan la desigualdad de género y los micromachismos en diferentes trabajos, profesionales, oficios, empresas. La periodista Miriam Lewin habla de las diferencias de género al interior de las organizaciones armadas en los '70, una ex monja cuenta el sometimiento a la servidumbre en una congregación donde las mujeres les tenían que lavar hasta los calzones a los religiosos y al cura.

(Nicolás Stulberg)
(Nicolás Stulberg)

El libro, claro, podría ser infinito. Porque las violencias, física, sexual, doméstica, obstétrica, simbólica, lo son. Pero tuve que terminarlo.

Una de las primeras lectoras, me escribió y me dijo: "Es como el Nunca Más pero del machismo…". No creo que pueda compararse con esa obra que registró parte del horror de los años más oscuros del país. Pero de alguna forma, es un catálogo de lo que el Patriarcado hace con nosotras.

Escribir el libro me permitió tomar dimensión, en perspectiva, de todo lo que tuvimos que batallar y todavía lo que nos falta para gozar de la igualdad de oportunidades. Ojalá sirva de espejo, para que muchas puedan sacarse la culpa y la vergüenza, por aquello que les pasó, que sepan que no fue culpa suya, como nos hicieron creer. Y que los varones se atrevan a leerlo, para reflexionar sobre sus conductas y cambiarlas, para que puedan entender, de una vez, porque estamos tan enojadas, a veces, cuando salimos a las calles.

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