Luciana Peker (Salvador Batalla)
Luciana Peker (Salvador Batalla)

Con más de dos décadas de experiencia en los medios —su primera nota fue en 1998 en la revista Luna, cuando entrevistó a una serie de mujeres a las que no les permitían ligarse las trompas—, Luciana Peker es una de las referentes más importantes del periodismo en temáticas de género.

Sólida en conceptos y gentil en el trato, tiene la capacidad tanto de entrevistar con calidez y cuidado a una actriz que denuncia el abuso de un compañero, como de escribir con la urgencia de una marcha en la calle, poner en crisis las diferentes posturas del debate por la ley de interrupción voluntaria del embarazo, presentar datos duros sobre violencia intrafamiliar y desigualdad económica. Sus artículos nunca pasan desapercibidos. Sus columnas de opinión tampoco.

Es autora de varios libros, entre los que se destacan La revolución de las mujeres no era solo una píldora (Eduvim) y Mujeres pariendo historia: cómo se gestó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres. Todos sus títulos tienen en común esa palabra: "mujeres". Todos, menos el último, donde la literalidad del tema le dio paso a la rebelión: Putita golosa, se llama, y tiene por subtítulo "Por un feminismo del goce".

Peker habla rápido y tiene una risa contagiosa. Se mueve con soltura entre las categorías y conceptos del feminismo. Esta semana visitó el estudio de Grandes Libros [ver la entrevista completa] para hablar de su libro, pero también para desgranar los desafíos y amenazas que comparten mujeres y hombres en la búsqueda de una igualdad de géneros, la consolidación de una sociedad más justa, la batalla contra el machismo.

No hay una sola de sus frases que suene a lección memorizada. Al contrario: cada respuesta parece ser el resultado de un análisis profundo que viene pensando desde aquella nota en la revista Luna.

“Putita golosa. Por un feminismo del goce”, de Luciana Peker (Galerna)
“Putita golosa. Por un feminismo del goce”, de Luciana Peker (Galerna)

¿Por qué el machismo afecta a los varones?

—Es una pregunta muy importante. Es fundamental tomar conciencia de que el machismo perjudica a los varones. En la Argentina hubo 255 femicidios el año pasado, pero existen los femicidios vinculados, que son los homicidios a varones y a niños —fueron más de 60—, donde, con el objeto de dañar a la mujer, matan al hijo o a su pareja. Hay muchísimos varones que perdieron a sus madres por femicidios. Hay situaciones en las que hijos y hermanos tienen que salvar a la mamá cuando el padre o su nueva pareja le pone un cuchillo en la garganta. Además, el machismo los lleva a ser más violentos y a exponerse, y hasta cargarse la mochila de ser el gran proveedor en momentos de crisis económica como esta en que, más que un mandato reconfortante, es una súper presión.

En el libro decís que la mujer no tiene permitido el goce, pero creo que los varones –por lo menos los de mi generación— tampoco lo tenemos muy permitido.

—Yo creo que todos estamos atravesados por mandatos. Pero las mujeres hemos luchado tanto por nuestro goce y luchamos contra tantas diferencias culturales —la idea de cómo se tiene sexo es masculina, la idea de cómo se come es masculina, la idea de cómo se hace deporte es masculina— que estamos con un deseo muy alto. Los varones, en muchos sentidos, están con un deseo más bajo. Y hay una enorme limitación del deseo con mujeres muy deseantes. Ahí se produce un choque, donde los varones no tienen permiso para no tener deseo o para subirse al tren de un nuevo deseo femenino.

Es fundamental tomar conciencia de que el machismo perjudica a los varones

Hace poco leí una frase en Twitter, ya no sé quién la dijo, que decía: "Los hombres creen que les gusta el sexo hasta que conocen a una mujer a la que realmente le gusta el sexo".

—¡Es genial! La hubiera puesto en Putita golosa. Yo creo que hay una bronca de los varones hacia mujeres más deseantes. Su deseo estaba puesto en ser cazadores, en ser los que querían el sexo. Aunque después no gozaran con su esposa, el mandato de ser el que quiere tener sexo estaba puesto en ellos. Y el mandato de ser la que no tiene que quererlo estaba puesto en las mujeres. ¿Cómo damos vuelta eso? ¿Cómo puede un varón disfrutar de una mujer que quiere realmente tener sexo? Ese es el gran desafío. No es fácil para los varones, porque parte de su goce era una conquista —con todo el sentido de la palabra— que incluía la resistencia. Cuando hablamos de revolución, lo que hablamos es de dar las cartas de nuevo. Por lo menos en mi caso, es una invitación a los varones a gozar desde otro lugar.

La violencia machista entró definitivamente en la agenda de los medios con la primera marcha de Niunamenos. En el libro hay una estadísitca escalofriante: cada 29 horas se asesina a una mujer en la Argentina. ¿Cómo se hace para contar una situación de esta gravedad sin hacer apología o habilitar la violencia?

—Por supuesto que con Niunamenos explota; no hay ninguna duda de la trascendencia que tuvo. Pero hay enormes pioneras en la Argentina: Liliana Hendel, Mariana Carbajal, Marta Dillon. Cada fenómeno nuevo no nace de un repollo, sino de toda una historia de feminismo. Yo trabajo en "Las 12" de Página/12 y rescato mucho esa trayectoria. Yendo a la pregunta: a veces puede haber cierto riesgo de contagio, pero lo es cuando es más arengado que condenado, cuando se toma como represalia social hacia las mujeres víctimas. Hay que tener perspectiva de género cuando se comunica. Yo soy periodista y creo firmemente en el poder transformador de la palabra. Nunca haría que nos callásemos, sino que defiendo el derecho a la libertad, a la vida y a la integridad de las mujeres y las trans.

Luciana Peker junto a Patricio Zunini en el auditorio de Grandes Libros
Luciana Peker junto a Patricio Zunini en el auditorio de Grandes Libros

Los medios, igualmente, están en un momento particular: ya no hay una recepción ingenua de quien los lee.

—Sí, hay una gran condena en redes sociales cuando se escribe de forma machista. Pero no hay más periodistas feministas incorporadas con dignidad laboral a los medios. Se necesita que haya transformaciones reales para que haya un mejor periodismo. Que seamos realmente más y que no sea sólo declamativo de buenas intenciones.

¿Qué acciones tendríamos que hacer los varones para acompañar la igualdad de género, la equidad, la promoción de la mujer?

—Yo soy absolutamente inclusiva de los varones y pienso que lo que estamos haciendo ahora es un enorme ejemplo: escuchar y leer. Aunque parezcan cosas muy simples, es algo que los varones no han hecho en los últimos 20 años. Los varones no me leyeron. Pero en el último año sí los veo leyéndome. Si hacía una charla, venían 90 mujeres y tres varones —mi hijo, un amigo y un padre que había caído de casualidad—; hoy vienen. No en la misma proporción, claro, pero hay varones interesados. Yo tengo la postura de invitarlos, de que escuchen, de que los invitemos a transformar, de no linchar a todos los varones. Hay que comprender que es una victoria del feminismo el que hoy estén interesados. Así como tenemos que hacernos cargo de nuestras derrotas, tenemos que hacernos cargo de nuestra victoria. Conversar con los varones es una victoria que hay que potenciar.

Entre las norteamericanas que dicen #MeToo y las francesas que dicen que el #MeToo es moralista, estamos las latinoamericanas que peleamos por un feminismo del goce

¿Catherine Millet y las intelectuales francesas que se oponen al #MeToo, no podrían avalar el machismo?

—Es un tema complejo. No me interesa analizarlo como una guerra discursiva; es interesante siempre la interpelación. Ella dice que el #MeToo es un movimiento moralista que viene a terminar con el deseo. Entre las norteamericanas que dicen #MeToo y las francesas que dicen que el #MeToo es moralista, estamos las latinoamericanas que peleamos por un feminismo del goce. Hay que leerlo en términos políticos: es una alternativa a una mirada eurocentrista. El feminismo del goce reinvindica el deseo y viene a decir que hay que cambiar las reglas del deseo. Ir en contra de la violencia implica la transformación del deseo. De todas maneras, hay una interperlación a un feminismo no moralista y a un feminismo que no sea linchador de los varones, que también me interesa.

En el libro decís que, en una marcha, la mujer con el pelo rapado tiene un extra, pero que cuando va a buscar trabajo no lo consigue. La semana pasada en redes hubo una movida para amenazar a quien fuera a buscar trabajo con un pañuelo verde: decían que no se lo iban a dar.

—Es muy impactante lo que pasa con el pañuelo verde como simbología. En la medida en que el feminismo creció y el pañuelo verde, a partir de la lucha por el aborto legal, se volvió un emblema identitario, hay un sector antiderechos muy organizado. No sólo en contra del derecho al aborto; llegó a algo que nunca había ocurrido en la Argentina como lo que pasó en Jujuy. Hay una derecha que se organiza a partir de lo que fue su victoria y nuestra derrota en el Senado. Y tenemos un enorme problema: ellos son un ejército autoritario y organizado, y el feminismo es caótico. Y ahora ese ejército organizado toma revancha sobre las mujeres a las que les pueden llegar a quitar los trabajos. Habría que generar una red de ofertas laborales "pañuelo-verde-friendly" para enfrentar ese tipo de censuras ideológicas.

Durante el último año, las manifestaciones callejeras con el pañuelo verde se multiplicaron en Argentina
Durante el último año, las manifestaciones callejeras con el pañuelo verde se multiplicaron en Argentina

Decís que el feminismo es caótico y me pregunto cuántos feminismos hay.

—Hay muchos. ¡Por suerte! Porque cuando sos democrática, sos democrática en serio. La libertad tiene caos y a ese caos libertario lo elijo mil veces antes que a un ejército organizado. El feminismo necesita seguir siendo plural.

¿Cuál es el próximo objetivo de la revolución feminista?

—Más allá de, por supuesto, conseguir la ley de aborto legal, seguro y gratuito, hay que entender la dimensión política que hoy tiene el feminismo. Estamos en un año electoral y pasa un verano casi como si no existiera la política. Hoy, el actor político más importante de la Argentina y América latina es el feminismo. El mayor desafío es entender que es un actor político —una actora política— más allá de su propia agenda y tiene que estar a la altura de esa actuación. Por supuesto, vamos a llegar al 8 de marzo con un paro internacional y una marcha internacional de mujeres, muy fogoneada desde la Argentina. Y hay que entender la revolución de las hijas, que es de lo que estoy escribiendo: cómo hacer que esa marea adolescente pueda realmente volverse transformadora.

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