Fikry El Azzouzi visitó Buenos Aires para participar en el Filba Internacional
Fikry El Azzouzi visitó Buenos Aires para participar en el Filba Internacional

Fikry El Azzouzi tiene 40 años aunque parece mucho más joven. También parece árabe, pero es belga. Si la primera impresión la da una ventaja relativa; la segunda, indudablemente, no. Hijo de marroquíes bereberes, no es, ni para la sociedad ni para el Estado, un ciudadano de derecho pleno. Existe para él y para otros en su misma condición una palabra especial: alóctono. El alóctono es el hijo, nieto, bisnieto de inmigrantes "marrones". El hijo o nieto de un alemán no es alóctono, pero el de un marroquí, el de un camerunés —incluso el de un argentino— sí.

Azzouzi es autor de una de las novelas más interesantes que se publicaron este año: Nosotros en la noche cuenta la historia de cuatro amigos —tres alóctonos y un cuarto que es blanco pero que se mimetiza con ellos por convivir en esa marginalidad— que viven en el pueblo de Wasdoorp, vagabundean por las noches y son rechazados tanto por la comunidad musulmana como por el mundo belga tradicional. Los cuatro forman una pequeña jauría nihilista que se mueve a la deriva entre drogas, prostitución y pequeños actos vandálicos.

Los "darries" —hijos de marroquíes— recuerdan un poco a los "drugos" de La Naranja Mecánica. Son personajes que se construyen a partir del miedo, lo que les da poder: la gente los mira y les teme.

Hasta que la tragedia parte la historia en dos y se vuelven permeables para el yihadismo. Encuentran un sentido. Se dejan convencer de que el universo los está esperando: "En este lugar, sos el más importante y vas a ser el héroe y todos van a cantar sobre vos".

Fikry El Azzouzi junto a su editor argentino, Esteban Castromán
Fikry El Azzouzi junto a su editor argentino, Esteban Castromán

La novela se convirtió en bestseller en Bélgica y llega a la Argentina a través de la editorial Clase Turista, que dirigen Esteban Castromán, Lorena Iglesias e Iván Moiseeff. En una apuesta enorme de los editores, la traducción de Micaela van Muylem está hecha al porteño —no al rioplatense: al porteño—, lo que hace que los personajes hablen de vos, hagan "bardo", y mezclen expresiones árabes como halal, haram, zemmer con otras del lunfardo como yuta y trolo. La sorpresa dura pocas páginas y luego se lee con una sensación de proximidad que hace pensar, de cierta forma, en la realidad del conurbano bonaerense.

Fikry El Azzouzi visitó Buenos Aires, invitado a participar en el festival internacional de literatura Filba y habló con Grandes Libros de Nosotros en la noche.

¿Qué representa el yihadismo en el libro? ¿Por qué ese destino?

—Escribí desde mi propia experiencia. Uno de mis buenos amigos fue captado, viajó a Pakistán y nunca más supimos de él. Todos los jóvenes quieren ser alguien, tener una razón, una identidad. De alguna manera, esto es muy propio del conflicto de la adolescencia: son chicos de origen marroquí pero de nacidos en Bélgica. Entonces aparecen personas que te captan y te dicen "No te preocupes: no sos ni belga ni marroquí, sos un buen musulmán". Y, además de aceptación y compresión, les dan una línea muy clara sobre qué hacer para ser un buen musulmán. Son chicos sin dirección que, de repente, saben cómo comportarse y saben qué es lo bueno y qué no.

¿Cómo es el comportamiento de las comunidades de inmigrantes? ¿Se mantienen aisladas o se fusionan con la sociedad?

—Los grupos se mantienen un poco aparte y eso cada vez se pone más extremo. Tiene que ver con una cuestión política: a los inmigrantes se los recibió con la expectativa de que se fueran. Se da algo muy extraña, pero a una persona de tercera o cuarta generación de origen marroquí, la sociedad y el Gobierno la consideran marroquí. Un caso que te muestra cómo el Estado los piensa como belgas de segunda clase es la situación en Siria. Hay ciudadanos belgas que van a pelear a Siria; algunos van con sus hijos. Entonces en los campos de refugiados internacionales hay unos 200 chicos de nacionalidad belga, que, como son de origen marroquí, no se los quiere repatriar. Eso nunca pasaría con un chico de una familia blanca.

“Nosotros en la noche”, de Fikry El Azzouzi
“Nosotros en la noche”, de Fikry El Azzouzi

¿Vos te considerás belga?

—Yo me considero belga. Bélgica es un país multicultural en la que conviven más de 150 nacionalidades; Bruselas tiene más de 180. Desde las ciudades se está empezando a cambiar la idea de la pureza étnica. Yo me considero belga, pero hay problemas de funcionamiento. O, mejor dicho, que otros te dejen ser belga. Ya hablamos de la palabra alóctono.

¿Es una carga tener un apellido como el tuyo?

—Si querés alquilar una casa con un apellido árabe es casi imposible. Lo mismo si querés ir a un club a bailar o cuando vas a buscar trabajo. Es una desventaja.

¿Cómo se da en el fútbol, donde las selecciones —pienso en la francesa campeona del mundo— están compuestas por hijos de inmigrantes?

—El fútbol es puro capitalismo y ahí lo que importa es tener al mejor para ganar. Ahí quedan aparte todas las discriminaciones. La selección de Bélgica, que quedó tercera en el mundial, es un gran statement político. Para nosotros, todos ellos son belgas.

¿Y en la literatura? ¿Qué provocó tu libro en Bélgica?

—Por un lado, hubo gente a la que le dio mucha curiosidad la historia de la marginalidad. Por otro lado, hubo un rechazo lógico hacia este tipo de literatura y a mí como escritor. Las dos posiciones, quizá por lo controversial y la incertidumbre, ayudaron a que el libro se volviera un éxito gigante. Algo muy shockeante es que en la novela hablo de esa gente que capta hombres para llevarlos a pelear a Siria y otros lugares. Son figuras muy bien integradas, que captan chicos perdidos entre los dos mundos, que hablan flamenco y se mueven como estrellas, y fascinan a estos chicos que no tenían nada. Eso sucede desde hace más de 20 años y recién ahora hay quienes lo "descubren".

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