Ariel Magnus
Ariel Magnus

En su extensa y brillante carrera literaria, Ariel Magnus suele abordar desde un sector marginal los temas cruciales que en la sociedad se están debatiendo. Como si tuviera una antena capaz de captar el signo de la época, pero con un cierto desfase que le hiciera decodificar la realidad desde lo excéntrico —en el sentido de estar fuera del centro— y, por eso, paradójicamente, de una manera más nítida, más contundente y notablemente más incómoda. Con más de una decena de libros publicados, su estilo se reconoce en las marcas del humor, el absurdo, la polisemia, las contradicciones lógicas.

Así, Un chino en bicicleta —novela con la que obtuvo el premio La otra orilla— pone en primer plano una supuesta antinomia entre la inmigración judía y la china en la ciudad de Buenos Aires y, mientras el lector sigue una historia por momentos hilarante, no queda claro si es uno el que se ríe o si es el chiste el que se ríe de uno. En Muñecas (Emecé) el protagonista vive como un ermitaño rodeado de mujeres de plástico: una soledad de silicona. En La cuadratura del círculo (Interzona) analiza las letras de los Redondos con una lógica desviada que recuerda a Pálido fuego, de Nabokov, como tratando de demostrar que los críticos pueden subinterpretar o sobreinterpretar, pero nunca se equivocan cuando plantean una lectura novedosa.

Magnus ha jugado también con el camino "inverso" de llevar una historia del cine al libro con El hombre sentado (Eterna Cadencia). En esta novela reproduce escena por escena la película "Canciones del segundo piso", de Roy Andersson. Y, en otro registro cercano readymade, transcribió el relato de Víctor Hugo Morales del partido Argentina 2 vs. Inglaterra 1 del Mundial 86.

“El aborto”, de Ariel Magnus (Tren en movimiento)
“El aborto”, de Ariel Magnus (Tren en movimiento)

La ola verde

Si La 31 era "una novela precaria" que tematizaba la vida en la villa miseria y A Luján era "una novela peregrina", su nuevo libro, El aborto, es "una novela ilegal". Publicada este año por el sello independiente Tren en Movimiento, Ariel Magnus la había terminado, sin embargo, en 2016.

Los protagonistas son Lara y Tom —en los libros de Magnus los nombres no son azarosos: aquí ella bien podría hacer referencia a la diosa del hogar y él a Santo Tomás—, que conforman una "familia de a dos": un matrimonio que ha decidido no tener hijos. Se aman, viven plenamente su sexualidad, son una pareja sólida y estable, sueñan el futuro juntos, pero no quieren hijos. A ese tipo de pareja, tan frecuente hoy en día, se la suele llamar "dink": double income, no kids. Pero es entonces, aparentemente por un descuido con las pastillas anticonceptivas, que ella queda embarazada.

Que Lara sea de familia judía y Tom alemán no hace más que sumar una capa más al juego de opuestos y el humor negro. Pero, a la vez, la extranjería de Tom le permite a Magnus desarmar los juegos de palabras y frases hechas: una pastilla anticonceptiva es un "remiedo", hay que cuidarse de aquello que puede pasar "por h o por b" o por "HIV", cuando el Eva-test te da positivo "perdés el Paraíso".

Como Pedro Mairal con La uruguaya, Ariel Magnus identifica a Montevideo como una tierra de libertades. Entonces, Lara y Tom, para escapar de las condiciones de inseguridad y clandestinidad en las que se aborta en la Argentina, organizan "una escapada" y viajan a Uruguay, donde el aborto se realiza de manera legal desde 2012.

Manifestantes a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazon en la movilización del 8 de agosto (Julieta Ferrario)
Manifestantes a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazon en la movilización del 8 de agosto (Julieta Ferrario)

La historia cuenta el viaje en ferry y la evolución de los miedos, fantasías, imperativos y mandatos de Lara y Tom. Magnus es un escritor inteligente y no comete ninguna torpeza, no baja línea; y se ríe, sí, pero nunca de quienes piensan distinto. El aborto es un tour de force en el que se plantean afirmaciones, objeciones e impugnaciones en apenas 107 páginas. Alguna vez, Albert Camus dijo sobre el suicidio que era el único problema filosófico verdaderamente serio. Sin intentar matizar la frase, habría que poner en el mismo nivel al aborto.

Es esta una novela para leer ahora, con el rechazo del Senado al proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo todavía a flor de piel. Quienes piensen el debate en términos de blanco y negro y consideren que se puede ganar con un tuit o una chicana, no van a sentirse interpelados por este libro. Aquellos que, en cambio, puedan desarrollar una empatía con el otro y entiendan a la incertidumbre como una oportunidad para fortalecerse, seguramente lo sentirán más como una experiencia que como una lectura. Y si en las últimas páginas salta en primer plano la destreza del escritor, en las cien páginas anteriores aparece la duda cartesiana y las tensiones con la filosofía y la religión.

El aborto es una novela que, como decíamos al principio, se planta en el lugar más apartado de la discusión. Pero cuando llegue la ley, porque inexorablemente llegará, va a servir como el último gran testimonio literario de una época que no quería pensar el futuro.

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