
Edhasa acaba de reeditar El sueño del señor juez, la segunda novela de Carlos Gamerro (Las islas, La aventura de los bustos de Eva). Publicada originalmente en el año 2000, cuando la sociedad argentina comenzaba a sentirse incómoda con el sueño que al año siguiente terminaría en pesadilla, la novela no habla de la crisis —está situada en un rancherío de la pampa santafesina en 1877—, pero, como sucede con los buenos libros, puede leerse en tensión con el espíritu de su época. Esta nueva edición es relevante porque, como sucede con los buenos libros, también puede leerse en tensión con el espíritu actual. Aunque esto, tal vez, no sea un logro de Gamerro sino un mal del país: El sueño del señor juez reactualiza el conflicto insoluble entre civilización y barbarie.
Una mañana, Urbano Pedernera, Juez de Paz de Malihuel —otrora un fuerte de avanzada contra el indio, hoy un pueblo que pena en el olvido—, se despierta sobresaltado: había soñado que un vecino, un tal Rosendo Villalba, "le meaba las paredes recién terminadas del edificio del juzgado". Inmediatamente lo hace traer por la fuerza pública: "¿Cómo te creés que puedo pasar por alto una cosa así?", le dice, "¿Te creés que no me voy a dar cuenta? ¿Que iba a olvidármelo al despertar?" Pese a la tímida oposición de Villalba, el castigo es una multa y trabajo forzado. Desde entonces, cada sueño del juez se convierte en una prueba —mejor: en la confirmación— de un delito. Robos de ganado, inmoralidades, infidelidades: "El juez no era justo pero tampoco mentiroso, si decía que lo había soñado, así debió ser". Con el pueblo en estado de alerta, la situación llega al paroxismo cuando el juez debe viajar de urgencia y son los lugareños quienes comienzan a soñar.

En el ensayo Ficciones barrocas (Eterna Cadencia, 2010), Gamerro señalaba que el barroco del Siglo de Oro español se da en dos modos: aquel que se manifiesta a nivel de la frase con una escritura desmesurada y frondosa, y el que se da a nivel de las estructuras narrativas, que provocan un pliegue entre un plano de la realidad y otro de la ficción. El hombre barroco no sabe en qué plano se mueve. No sabe si vive o sueña, si ve o imagina, si ejecuta o representa.
El hombre barroco de El sueño del señor juez es, claramente, Urbano Pedernera. Por otra parte, el género gauchesco de la novela refuerza la teatralidad, que es otra característica del barroco. Términos como "usté", "verdá", "pior", "disgraciarse", escenarios como la pulpería o las fincas, no hacen sino plantear un ambiente de simulacro. Como si la gauchesca, ya entrado el siglo XXI, solo fuera accesible desde la representación. Pero, además, Urbano, que debería ser el agente civilizador, que sueña con convertir al rancherío en una pequeña ciudad —y qué mayor ícono del progreso que lo urbano—, que ahora representa a la Justicia pero antes había participado en la Conquista del Desierto, es, sin embargo, quien cae en el atropello, el desvarío, la subjetividad: la barbarie.
Si alguien cree que El sueño del señor juez remite también a Facundo o Martín Fierro no se equivoca. Gamerro ha dicho en algunas entrevistas que su forma de pensar los problemas literarios es primero desde la ficción y luego desde el ensayo. Con la amenaza omnipresente del malón, si los sucesos de Malihuel se hubieran resuelto con la aparición de los indios, Gamerro habría caído del otro lado del maniqueísmo sarmientino. La clave, entonces, pasa por dar una respuesta que desborde los términos. Es entonces una cautiva española aindiada quien lleva a la trama, como no podía ser de otra manera, a una síntesis… barroca.
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