Feiling publicó tres novelas y un libro de poemas
Feiling publicó tres novelas y un libro de poemas

Charlie Feiling es el autor de una obra única que quedó truncada por su muerte prematura, el 22 de julio de 1997. En cada uno de sus libros ensayó un género distinto —su ambición era recorrerlos todos—, lo que marca claramente la erudición de la que era dueño: El agua electrizada es un policial negro; con Un poeta nacional abordó la novela de aventuras; Amor a Roma es su único libro poemas; El mal menor es una novela de terror. En forma póstuma aparecieron Con toda intención (recopilación de sus artículos periodísticos) y Los cuatro elementos, que es la reedición de sus tres novelas más el capítulo de una que dejó inconclusa, que llevaría el título de La tierra esmeralda e iba a ser del género fantástico.

Con una gran capacidad para el humor y la ironía, solía hacer comentarios como: "¿Por qué, si no tuvimos apogeo, tenemos decadencia?" María Moreno le dedica varios pasajes en su maravilloso Black out. Tenía 36 años cuando murió, víctima de leucemia. Estaba casado con la escritora Gabriela Esquivada.

En este artículo lo recuerdan: Gabriela Saidón (autora de, entre otros títulos, La montonera. Biografía de Norma Arrostito, Qué pasó con todos nosotros y La farsa. Los 48 días previos al Golpe), Marcos Mayer (Artistas y criminales, Partidos al medio, El relato macrista), Marcelo Panozzo (que fue director del Bafici y actualmente es Secretario de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación), Patricia Narváez (Niní está viva), Daniel Guebel (autor de Ella, La carne de Evita, El absoluto, etc.), Sergio Bizzio (Rabia, Borgestein, Realidad, entre otros) y Martín Caparrós, que acaba recibir el premio Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia

Cabe señalar que Guebel y Bizzio escribieron a cuatro manos un bellísimo relato que tenía por protagonista a Feiling y que se llamó, justamente, El día feliz de Charlie Feiling.

Feiling en 1993
Feiling en 1993

"Un rosarino de sangre inglesa", Gabriela Saidón

Charlie Feiling no conocía el rencor. Él cayó desmayado en el piso de parquet de mi casa en Belgrano, al pie de las escaleras de madera. Acaso fue en agosto del 82. Llamaron a una ambulancia. Lo internaron. La caída fue un aviso tremendo. El diagnóstico, fulminante: leucemia. Éramos estudiantes avanzados de Letras pre Puan, cursábamos entonces en la ex Maternidad Sarda, en Marcelo T. y Uriburu. Hubo tristeza, donaciones de sangre y tratamiento. Charlie vivió mucho tiempo más. Escribió y publicó. Se separó, volvió a formar pareja. Es notable cómo las vidas de las personas y la historia de los países se entrelazan. Acaso fue verdad aquello de que a principios de ese año volvió de Londres porque estallaba la guerra de Malvinas y él era clase 61, por lo tanto reserva, y si lo convocaban y no se presentaba, quedaba como desertor. Él, que era un rosarino de sangre inglesa. Acaso haya sido verdad que fue Mr. Feiling, su padre inglés, quien lo bautizó Charles Edward Anthony Keith Feiling, el que haya mencionado el asunto por carta (habrá escrito Falklands War). Eran los 80: no había Internet. El estallido, para Charlie, fue doble. Y a la larga, fatal.

En 1994, gracias a él, hice mi primer viaje a Europa. Destino: Cambridge. Un seminario de literatura dictado por escritores con Ian McEwan, Doris Lessing, Terry Eagleton, Graham Swift, con estudiantes de todo el mundo. Charlie sólo me pidió que le trajera un audiolibro para su padre, que ya no leía: escuchaba. Tengo, en un gran canasto de panadería repleto de novelas policiales que ya no tienen lugar en los estantes de la biblioteca, El agua electrizada (1992), su primer libro publicado. Está arriba de todo, listo para ser releído.

Bizzio y Guebel lo recuerdan en “El día feliz de Charlie Feiling”
Bizzio y Guebel lo recuerdan en “El día feliz de Charlie Feiling”

"Inventor de una lengua de uso propio", Daniel Guebel

Una vez le pregunté a un inglés nativo qué opinaba del inglés —la entonación, el empaque, el estilo— del que hacía gala Charlie Feiling. El inglés me contestó: "No sé en qué maldito idioma habla". Eso, que parecía un ejercicio de estupor o de denigración, me pareció el mayor de los elogios. Charlie había inventado una lengua de uso propio. Como persona, era capaz de sostenerse en la cima del alcohol sin perder un átomo de elegancia, sin que el temblor del exceso derramara una gota de su copa. Como autor, fundó un proyecto unipersonal, inédito en Argentina: ser un escritor profesional, alguien que concebía cada uno de sus libros como un aprendizaje de los géneros que lo llevaría, en una progresión imparable, a la cima de una obra capaz de redituarle ingresos sin obligarlo a las concesiones y agachadas. Charlie pensaba la perfecta imperfección de la obra maestra como un destino no inmediato pero accesible a fuerza de inteligencia y trabajo. Eso confundía a sus contemporáneos más próximos, que pensaban que tal logro debía ser inmediato, estar al alcance de la mano. La aviesa muerte interrumpió ese noble programa, dejando como testigos los tres escalones novelescos de su obstinación, y un libro de poemas que no habría dejado de gustarle a Propercio.

Charlie Feiling murió el 22 de julio de 1997
Charlie Feiling murió el 22 de julio de 1997

"¿Veinte años?", Sergio Bizzio

¿Veinte años? ¿Veinte años ya? No lo puedo creer. Me llevé la misma sorpresa un par de días atrás con Dipi Di Paola. Había abierto al azar su novela Minga! y hablaba con él sobre una frase que encontré subrayada cuando de pronto caí en la solapa: hace diez años ya que Dipi se fue. Esa credulidad, que a algunos les parecerá melancolía pero que a mí me mantiene unido a mis amigos muertos, resultó interrumpida dos veces en pocos días, en aquel momento por una solapa, en este por una nota conmemorativa. ¡Y esas lápidas sí que me dejan hablando solo! ¿Veinte años? ¿Eso quiere decir que Charlie no conoció a mis hijos? ¿Que en estas décadas no leyó nada de lo que leí? ¿Que nunca más fue conmigo a Ramallo? ¿Que nunca más tomamos una copa juntos? No es verdad. Lo que tenga que decir sobre Charlie, se lo voy a decir directamente a él.

“Con toda intención” es el volumen que reúne los artículos periodísticos de Feiling
“Con toda intención” es el volumen que reúne los artículos periodísticos de Feiling

"Un elegante culto de la amistad", Marcos Mayer

Una de las condiciones de ser amigo (y Charlie fue un cultor entre elegante y muy militante de la amistad) de ciertas personas es que uno aprende algunas cosas inesperadas. Por ejemplo, que el gusto propio puede ser un criterio de verdad y que eso depende de la pasión con que se dice lo que uno quiere decir. He vuelto a leer hace poco aquella famosa crítica en la que se cargó a Osvaldo Soriano diciendo que era a la literatura lo que Menem a la política y allí, como en muchos otros textos que escribió, eso se hace absoluta y gozosamente palpable. Y de esa frecuentación, que con el tiempo siento cada vez más como un privilegio que me dio la vida, aprendí que la arbitrariedad tiene sus razones y que es una buena forma de comunicarse con los demás. Mi otro aprendizaje es que no hay mejor atajo al orden que negarse a renunciar al desorden. Charlie era absolutamente meticuloso para trabajar (todas sus novelas fueron escritas en orden de acuerdo con un estricto mapa de ruta) pero no había ceremonia alguna a la hora de sentarse ante la máquina. Salvo un mate muy lavado y la disposición a distraerse con lo que pasara. Cuesta escribir sobre alguien que sigue siendo tan entrañable. Pero quedaron conmigo, aparte del afecto que no cesa, esas enseñanzas inolvidables. Él me hubiera reprochado festivamente esta última línea.

Picantes y especias que Panozzo aprendió a usar con Feiling
Picantes y especias que Panozzo aprendió a usar con Feiling

"Spicy at heart", Marcelo Panozzo

Me acuerdo de Charlie cada día de mi vida. Su elegancia, su amabilidad, ambas cosas aplicadas a una deliciosa maldad, sus dotes de anfitrión, sus libros y el Pantone de géneros que compusieron, sus artículos (iluminación garantizada) y sus otros talentos, que eran muchos, y que podían ir de un uso ninja de la Encyclopedia Britannica a la cocina. Lo recuerdo por muchas cosas, pero sobre todo por la cocina, y en especial su stock permanente de Tabasco y por dos platos que para mí fueron (obeso al fin) mi propio Disneywold privado: el "puchero chino" y el curry sudafricano. Fue mi primera experiencia seria con el que se convertiría en el compañero de aventuras de una vida, aquello a lo que he sido verdaderamente fiel desde entonces, sin renuncias, sin dobleces, procurando superarme a cada bocado: el picante. Aquellas veladas en casa de Charlie y Gaby me cambiaron de un modo que solo puedo agradecer. Y lo de recordarlo "cada día de mi vida" no es exageración de efeméride ni hipérbole de tipo alguno, es la pura verdad. "Cada día de mi vida" abro ese cajoncito de la foto y elijo, como quien elige zapatos, perfume o corbata, mi spice of the day y ni una sola vez dejo de pensar en Charlie y en cómo me gustaría ahora y siempre estar enchilándome con él.

(Tony Valdez)
(Tony Valdez)

"De dar, de compartir, de abrazar", Patricia Narváez

Una de vecinos del barrio donde transcurre El mal menor. A media mañana Charlie cruza la calle de regreso al PH, en la bolsa habitualmente lleva leche, queso, pan para el desayuno con Gaby, en compañía del gato siamés Pablito –retengo la alegría por haber sido Celestina de aquella adopción– y la gata rebautizada Tota, la chismosa. Su porte se adivina a la distancia. Del mismo modo es fácil distinguirlo un fin de semana entre el tumulto del mercado de San Telmo. Resulta suerte doble encontrarse con él pues naturalmente demuestra interés por saber cómo está una o qué ha sido de tal o cual cuestión personal, sus comentarios son ocurrentes, cariñosos siempre. También saca del apuro. Como buen cocinero selecciona lo mejor y apunta data certera. Cualquier amigo invitado a su mesa debe declararse afortunado. Muchacho amoroso, amoroso. De dar, de compartir, de abrazar. En su ensayo corto sobre la música popular, compilado en Con toda intención (Buenos Aires, Sudamericana, 2005), puedo evocar complicidades. Leyéndolo concedo que "la canción más linda del mundo" es La flor de la canela en versión de Ignacio Pancho Villa. Regreso imaginariamente a Guanabacoa, visito el museo homenaje a Bola de Nieve y Rita Montaner, observo el piano en el cual quedó impresa la hermosura del tema interpretado con la velocidad de quien exprime el tiempo finito logrando sintetizar la esencia de su obra vasta. Brindo.

"Un escritor", Martín Caparrós

A menudo, cuando lo recuerdo, pienso en Quevedo. No sólo por sus caras; también porque a los dos nos gustaba tanto, lo recitábamos con voces y ademanes. Charlie fue, para mí, entre tantas otras cosas, uno de los últimos cultores de esa cultura clásica que hemos ido perdiendo. Y era, al mismo tiempo, rabiosamente moderno. Un escritor: alguien que había leído casi todo, que quería escribirlo todo, que había empezado a hacerlo.

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