Claudio Rissi, es un artista consagrado, figura de El marginal, que transita con gran éxito su segunda temporada en la TV Pública.
Claudio Rissi, es un artista consagrado, figura de El marginal, que transita con gran éxito su segunda temporada en la TV Pública.

"Nací en la casa de mis abuelos en Boedo, en el pasaje Angaco, el más angosto del barrio. Vivía en una casa humilde. Rafael, mi viejo, era empleado, pero lo que más le gustaba era el escolazo; Dora, mi vieja, era costurera. Con todo el esfuerzo nos criaron a Susana y a mí; vivimos durante 17 años en el barrio. Ahí fue donde empecé a fantasear con ser actor, mientras me dedicaba a jugar a los autitos por los cordones y los días de lluvia competía en regatas de barquitos de papel por la zanja. También aprovechábamos la caída del sol para jugar a las escondidas con las chicas y, 'sin querer', acariciarles su tersa piel", cuenta Claudio Rissi (62) mientras camina por el mismo pasaje de sus aventuras infantiles.

Hoy es un artista consagrado, figura de El marginal, que transita con gran éxito su segunda temporada en la TV Pública. "Puedo decir que soy feliz, porque vivo de mi profesión. Hace siete meses, después de 45 años de trabajo, volví al barrio, me compré mi primer departamento y es la primera vez que siento que mi casa me cobija. Ahora puedo decidir el color de las paredes, colgar fotos… Antes, no sentía mío ningún espacio, sino más bien lo contrario: que todo me expulsaba. Hoy, aunque sigo siendo un tipo intenso, aprendí a aceptarme con mis trastornos".

–¿Cuáles?

–Muchos. Por ejemplo, siempre viví en medio de la mugre, y desde que tengo mi casa adquirí la obsesión por la limpieza. Además, soy muy perfeccionista y autoexigente. Cuando me levanto, empiezo a verbalizar mis sueños, porque me sirven para componer. Después, a la hora de crear, me convierto en un detective obsesivo, que no para de cuestionarle todo al personaje. La soledad me ayuda a crearlo: al no sentirme observado, puedo componerlo mejor. Aunque no lo parezca, soy muy tímido e intenso. Creo que no nací para la convivencia.

–¿Cuándo y por qué decidiste ser actor?

–De chico siempre me rebelaba contra la autoridad. Decía que quería ser artista, doctor o mecánico. Recién en cuarto grado me dejaron subir al escenario: hice de Laprida, el del Congreso de Tucumán. Mi pasión por la actuación había empezado a los ocho años, cuando fui con mi mamá y mi hermana a ver Goldfinger (1964), la famosa película de James Bond. Ese día, cuando llegué a mi casa, empecé a escribir una adaptación de la película para hacer en la escuela, aunque nunca la llevé a cabo. Antes, ser artista era "cosa de gays y drogadictos". Entonces preferí dejarla encajonada y terminé estudiando para tornero mecánico. Mi viejo no quería que fuese actor y nunca me vino a ver al teatro. Mi vieja sí, y le decía a mi novia que me veía un poco durito. Yo no nací rebelde: me hice rebelde para ser actor y defendí mi profesión de manera caprichosa. Mi formación académica es exigua. Recuerdo que me hice socio de River porque ahí daban clases de teatro. Mi primera maestra fue Adelma Lago. Yo era de San Lorenzo y me terminé haciendo "gallina". En el '76 me recomendaron que fuera al conservatorio, un lugar por el que encima pasaba todos los días cuando iba a trabajar a un taller de tornería. Al final me decidí y entré gracias a un plan que no exigía título secundario. Pero me fui muy pronto, porque la disciplina imperante me agobió. Y conocí a Mónica, uno de mis grandes amores.

–¿Tuviste grandes amores en tu vida?

–Sí, grandes y buenos. Con Mónica estuvimos juntos siete años; los dos sentíamos pasión por el teatro. Una vez, haciendo Doña Rosita, la soltera, perdió un hijo mío arriba del escenario… Al tiempo nos separamos, pero siempre estuvimos conectados, hasta el momento en que murió. Después de ella vinieron otras que me arrancaron algún lagrimón. No tengo miedo de decir que lloré mucho por amor.

La popularidad tiene sus ventajas con las mujeres: hasta se animan a primerear y me tiran los galgos

–Imagino que tu personaje, Marito Borges, despierta muchas pasiones en el público femenino.
–Sí. Ahora, de veterano, me ven más atractivo. Aquellas cosas que anhelé cuando era pibe las disfruto ahora. La popularidad tiene sus ventajas con las mujeres: hasta se animan a primerear y me tiran los galgos. Igual, cuando voy a comprar un inodoro me lo cobran más caro, porque se piensan que soy millonario.

–¿Hiciste alguna locura por amor?

–Soy muy romántico, un negro grasa, un tarro de tuco. Una vez fui al mercado de las flores a las ocho de la mañana. Compré varias docenas de rosas, les arranqué los pétalos y llené la habitación con ellos. Después fui a buscar a la chica que quería y, antes de que entrara, le dije: "¿Vos creés que el mundo es un lecho de rosas?". Entonces la levanté en brazos y la llevé al dormitorio. Tuve la suerte de amar a quien me amó.

–¿Después de que perdiste ese hijo, nunca más quisiste tener uno?

–En ese momento estaba perturbado. Era un dado dentro de un cubilete. No habría tenido la madurez para criar un hijo. Pero te confieso que me hubiese gustado ser padre. A veces me digo que hay tanto niño sin papá que, si encuentro a alguien que me haga la gamba, me gustaría adoptar uno. Estando solo no me puedo hacer cargo ni de un perro, porque cuando me voy de viaje para filmar o de gira no tendría con quien dejarlo.

–¿Te arrepentiste alguna vez de haber elegido ser actor?

–No. Aunque vivir del arte es muy difícil y siempre me costó, nunca di el brazo a torcer. Para llegar a fin de mes me las rebuscaba laburando de sereno, haciendo encuestas y hasta fui cobrador callejero de un cable. Tuve épocas en las que me iba mal y no tenía dónde vivir. Entonces me tomaba el colectivo 60, sacaba el boleto y dormía ahí. Después, siempre comía algo en la casa de un amigo o una novia circunstancial. No fui un homeless, pero el frío y el hambre sí los sentí. Y cuando dudaba de seguir con la actuación, me iba a caminar por el pasaje Angaco y sanaba mis demonios y dudas. Ahora lo sigo haciendo, aunque se me complica andar tranquilo, sin que nadie me pida una foto (NdeR: de hecho, en dos cuadras lo pararon siete personas). Antes tenía prejuicios y miedo de hacer televisión, porque después tus compañeros de teatro no te saludaban. Pero aprendí a romper con esa desconfianza.

–¿Qué se viene después de El marginal?

–Con Roly Serrano y Abel Ayala estamos ensayando Búfalo americano, una obra de David Mamet que va a dirigir el Indio Romero; la produce Javier Faroni. Tiene que ver con lo que les pasa a tres personajes con la amistad y la lealtad cuando roban una valiosa moneda, y eso desencadena una historia de desconfianzas que enfrenta a cada uno con sus ambiciones. Es un nuevo reto, y los retos siempre me apasionaron.

Por Pablo Procopio.
Fotos: Matías Campaya.

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