
Caminar puede parecer un dato menor en un control médico, pero un estudio realizado en Nueva Zelanda mostró que la velocidad de marcha a los 45 años se vincula con la salud del cerebro, el envejecimiento del cuerpo y el rendimiento cognitivo.
El hallazgo puso en primer plano una pregunta que gana espacio en la agenda sanitaria: cuánto puede anticipar una prueba simple sobre la salud futura de una persona antes de la vejez. La inquietud cobra sentido en un contexto de mayor interés por detectar de forma temprana el deterioro físico y mental.
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En las personas mayores, caminar más lento ya se usa como una señal de fragilidad y de mayor riesgo de pérdida de autonomía. Lo que seguía sin respuesta era si esa misma medición también podía aportar información en la mediana edad, cuando todavía no hay problemas evidentes.

Esa fue la pregunta que abordó un estudio publicado en JAMA Network Open. Según el trabajo, quienes caminaban más despacio también presentaban peores indicadores generales de salud, diferencias en la estructura cerebral y resultados más bajos en pruebas cognitivas.
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Qué mostró el estudio en Nueva Zelanda
El Dunedin Multidisciplinary Health and Development Study sigue desde hace décadas a una cohorte original de 1037 personas, 535 varones y 502 mujeres, nacidas entre el 1 de abril de 1972 y el 31 de marzo de 1973 en la ciudad de Dunedin, en Nueva Zelanda. Para este análisis sobre la marcha a los 45 años, el artículo científico trabajó con 904 participantes.
Según se detalla en el estudio, el objetivo fue establecer si caminar más lento a los 45 años se asociaba con un envejecimiento biológico más acelerado y con peor desempeño cognitivo.
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De acuerdo con el comunicado de Duke University, quienes caminaban más despacio mostraban un mayor deterioro en distintos sistemas del cuerpo, como la función pulmonar, la salud dental y el sistema inmunitario.
El vínculo también apareció en el cerebro. Según el comunicado, los participantes con marcha más lenta solían tener menor volumen cerebral total, una corteza más delgada y más lesiones en la sustancia blanca, cambios vinculados con alteraciones en los vasos sanguíneos cerebrales.
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La relación con el rendimiento cognitivo
La asociación no quedó limitada al momento en que se midió la caminata. Según se detalla en el estudio, los participantes con menor cociente intelectual a los 45 años tendían a desplazarse más despacio.
También lo hacían quienes habían mostrado una caída del rendimiento cognitivo entre la niñez y la adultez.

Uno de los datos más relevantes surgió al revisar las evaluaciones tempranas de los mismos participantes. El comunicado de Duke University señaló que las pruebas realizadas a los 3 años ayudaban a anticipar quiénes serían décadas después los caminantes más lentos.
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“Los médicos saben que las personas de 70 u 80 años que caminan más despacio suelen morir antes que otras de su misma edad que caminan más rápido”, afirmó Terrie E. Moffitt, profesora de Psicología en Duke University y profesora de Desarrollo Social en King’s College London, según el comunicado de prensa.
“Pero este estudio siguió a las personas desde el preescolar hasta la mediana edad y encontró que una marcha lenta puede ser una señal de problema mucho antes de la vejez”, agregó la investigadora al explicar por qué el hallazgo amplía el uso tradicional de esta medición.
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En la misma línea, una ficha de prensa del equipo de investigación señaló que había una diferencia promedio de 12 puntos de cociente intelectual en la infancia entre quienes más tarde integrarían el grupo de marcha más lenta y quienes caminarían más rápido a los 45 años.
Ese dato no prueba una relación de causa y efecto, pero sí muestra que las diferencias observadas en la adultez ya tenían antecedentes en etapas muy tempranas de la vida.
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Por qué esta medición gana valor antes de la vejez
La velocidad de marcha ya se usa en medicina de personas mayores para detectar fragilidad y riesgo de deterioro funcional. Según el comunicado institucional, la novedad de este estudio es que esa misma prueba también podría aportar información valiosa en edades más tempranas.
El documento sostuvo que no sería solo una señal del envejecimiento, sino también un indicador de salud cerebral a lo largo de la vida.
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El artículo científico mantuvo un tono prudente al definir el alcance de los resultados.
Según se detalla en el estudio, la velocidad de marcha en la mediana edad puede funcionar como un índice resumido del envejecimiento a lo largo de la vida, con posibles orígenes en alteraciones del sistema nervioso central desde la infancia. En otras palabras, una medición breve podría condensar procesos de salud más amplios.
El sitio oficial del Dunedin Study indica que esta investigación sigue en curso desde hace medio siglo y que en la evaluación de los 45 años participó el 94 por ciento de los miembros vivos del grupo. Esa continuidad permitió comparar durante décadas datos físicos, cognitivos y cerebrales.
Los autores no hablaron de una prueba definitiva ni de una herramienta lista para reemplazar otras evaluaciones clínicas, pero sí de una asociación consistente que ayuda a entender por qué una medición simple puede ganar valor en el seguimiento temprano.
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