
El cuidado en la adultez es una acción amplia y necesaria dada la fragilidad que vamos experimentando con el paso del tiempo. Es una acción de ida y vuelta, solidaria, con múltiples actores, subjetiva e intersubjetiva, y su fin es cuidar el cuerpo, el espíritu, la mente y el entorno donde deviene el ser humano.
El comportamiento virtuoso hace al cuidado y, en lo que respecta a las virtudes cardinales, es de importancia filosófica, pues nos permite analizar el comportamiento ético individual y colectivo moral en un periodo de nuestra vida. Las virtudes que comparto con quienes participan de este intercambio se consideran cardinales o fundamentales, pues otras virtudes dependen de ellas y son las principales que hacen a la ética del comportamiento humano en lo individual y en lo social.
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Relacionado con el término ético, Emilio Komar señala: “La palabra ética viene de ‘ethos’. ‘Ethos’ con e corta significa costumbre, uso. En cambio, ‘ethos’ con e larga significa carácter y ‘ética’ es decir, lo relativo al ‘ethos’, al carácter, a la personalidad”. (2006, p.12). El término ética se vincula a un aspecto individual de la persona y también al comportamiento moral social donde deviene la existencia colectiva de los seres humanos. “El término ética se vincula a un aspecto individual de la persona y también al comportamiento moral social.” Veamos cada una de ellas y el fundamento de su necesaria participación en el cuidado del adulto mayor
Prudencia
En el libro II Capítulo I de Ética Nicomaquea, Aristóteles se refiere a la prudencia y la define como: “hábito práctico verdadero, acompañado de razón, referente a las cosas buenas y malas para el hombre” (2015, 1140b).
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Vemos que la prudencia es un hábito práctico (que requiere tiempo y experiencia en su adquisición), que se da con la verdad pues es verdadero y es acompañado por la razón que es quien elabora las decisiones que permite diferenciar las cosas buenas y malas para el hombre.
En oposición a la prudencia que hace a la necesidad de que el ser sea poseedor de la verdad, surge el concepto platónico de amathia que menciona Emilio Komar en su texto “La verdad como vigencia y dinamismo” donde nos dice: “Cuando se conoce el bien y no se lo hace se vuelve necesaria una racionalización que en el lenguaje de Platón tiene un nombre muy interesante: ‘amathía’, que se traduce por indocilidad o ignorancia.”(2006, p.21). Es una ignorancia buscada pues se conoce el bien y al no querer aceptarlo se intenta enturbiar la realidad en pos de este fin. Es ignorancia fingida, “no darse cuenta” que justifica el accionar opuesto al prudente que ve las cosas como son y decide con su razón práctica fruto de la experiencia adquirida.
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Justicia
Esta virtud va tras el efectivo accionar del bien e intenta vivir la verdad con el otro teniendo como base la objetividad de los hechos y las cosas. La injusticia se manifiesta ante la falta de esta objetividad. Requiere la plenitud de nuestro ser donde lo mejor de cada uno se manifiesta en el acto de lo justo y como es requerida en lo externo y en nuestro interior.

Tomando la definición que nos da Aranguren y como la distingue de la prudencia:
“La justicia consiste en la ejecución de algo objetivo, el derecho. La prudencia, como percepción concreta de la realidad y la justicia, como realización concreta del bien en esa misma realidad, son las dos grandes virtudes objetivas, y por eso mismo una y otra preceden a la fortaleza y la templanza, que inmediatamente se ordenan al sujeto y no a la realidad exterior”. (1997, p.312).
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Vemos en esta definición que es requisito no solo percibir la realidad. Y hacer lo bueno se debe complementar con obrar bien porque en nuestra interioridad la virtud prevalece y cuida nuestro accionar.
Fortaleza
¿Qué ejemplos concretos podemos recordar relacionado con esta virtud y cómo la definimos? Veamos la definición que nos da Pieper: “El mal tiene poder en ‘este’ mundo, este hecho se pone de relieve en la necesidad de la fortaleza, que en realidad, no es otra cosa que la disposición para realizar el bien aun a costa de cualquier sacrificio.” (2017, p.14).
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Concretamente, en la experiencia COVID-19 que vivimos en Argentina durante la vida en cuarentena, los ciudadanos teníamos que usar nuestra fortaleza para resistir y no dejarnos abatir por la tristeza ni caer en la debilidad como opuesto a la fortaleza que era requerida en esas circunstancias y acompañar con la paciencia que nos daba la posibilidad de permanecer y sostenernos en nuestra capacidad de lucha.
Paciencia ante los eventos trágicos. La pérdida de amigos, familiares, colegas, vecinos que iban cayendo ante la agresividad del virus que azotaba la humanidad.
La fortaleza fue necesaria para soportar y sufrir el ataque, presentir el peligro y continuar en el esfuerzo y también esta virtud nos dio espacio para emprender y sentirnos con fuerza para pasar a la acción con valentía y vencer el miedo que paralizaba.
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Templanza
En esta virtud, su fundamento es el gozo de la vida y va tras la moderación de nuestros apetitos y de la desmesura material. En su texto Ética, José Aranguren describe los dos conceptos históricos vinculados a la templanza. Los griegos antiguos usaban la palabra sophrosyne como idea de perfección y armonía entre el alma y el cuerpo y el término latino temperantia refiere a la virtud cristiana que modera pasiones y se opone a la insensibilitas y a la intemperancia (1997, p.325).

Es una virtud muy personal, del sujeto consigo mismo que encuentra su opuesto en el descontrol que se genera por el predominio de los placeres donde se pierde la proporcionalidad y el término medio, tan necesario en el adulto mayor.
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Tomando textualmente la definición de la filósofa Marisa Mosto: “La templanza es entonces la conquista de un equilibrio afectivo interior provocado por un saber que ha sido encarnado y nos dispone a la fecundidad de la vida. ¿En qué sentido? Esa matriz fundamental genera en el alma una cualidad que tiene un nombre específico, algo que es indispensable para el gozo y la alegría de vivir, algo tan deseado como inasible: la paz. Una profunda paz interior nos permite relacionarnos bien, armoniosamente con los otros y gozar de ellos.” (2019, p.165).
El valor de las virtudes en el cuidado
Sintetizando las cuatro virtudes cardinales. La prudencia se relaciona con la verdad y ve la verdad en lo cotidiano y su opuesto es la amathia.
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Lo justo va hacia lo bueno con afecto y efecto y su opuesto es la malicia, lo fuerte lucha y cuida lo que ama y su oposición es la debilidad y la templanza goza la vida como un don, percibe lo bello y su opuesto es la intemperancia. Virtudes cardinales que hacen al cuidado del adulto mayor.
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