
Primero: no soy gente de sentarse largas horas en el cine, ni en ningún lado: digamos todo. Cuando supe que la película de Christopher Nolan duraba casi tres horas, tuve la tentación de clavar la amable invitación a verla y quedarme en casa. Total, algún día la iban a pasar en las plataformas y la podría ver de a poco. Por suerte no lo hice.
La vi la primera vez imantada: no me di cuenta de que pasaba el tiempo, no me sentí incómoda en el asiento, no me dolió la cintura, no estaba ni cansada al final. Algo me mantenía quieta y alerta y, a la vez, con esa felicidad que da una frase bien hecha, una imagen bella, una idea que te sorprende.
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Fui de nuevo una semana más tarde, ya había visto todo pero como si no hubiera visto nada. O mejor, como quien va saboreando lo que ya sabe que viene, doble placer. Como preparar la casa para recibir a alguien querido que vive lejos e ir disfrutando su presencia desde antes de que llegue. A mi lado, mi nieto de 14 años, con todo el escepticismo de los 14 años, pasó gran parte de la película sentado en la punta de la butaca, la vista al frente.
Pero... ¿por qué? La pregunta del millón por estos días: ¿qué tiene esta historia de 2.700 años para ponernos la piel de gallina hoy? Lo pensé entre la primera y la segunda vez y alguna punta me dio el periodista y crítico cultural Daniel Molina, que escribió en X que el Odiseo de Nolan ya no era un héroe griego porque sentía culpa. Y la culpa por matarse los unos a los otros no era un sentimiento griego sino algo inventado en otras latitudes, entre los hebreos.
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Toda adaptación, ya se sabe, habla del presente, aunque tome materiales del pasado. Son nuestras las miradas, el punto de vista, la idea de humanidad, el tipo de relaciones entre la gente. Y lo que hay para decir, claro. Sobre todo eso.
En los manuales se lee que Odiseo es astuto y quiere volver a casa. Básicamente eso: la astucia sobre la fuerza. Ahora, con una mano en el corazón: ¿es astuto el Odiseo de Nolan? ¿En qué se ve? ¿Es tan astuto cuando el director nos priva de una de las escenas claves de su astucia, esa en la que el héroe le dice al cíclope que se llama “Nadie” para que cuando el pobre monstruo tenga que pedir ayuda diga que “Nadie” lo atacó? Esa escena -ese ardid de jugador de truco- no está en la película. Ni la astucia ni -como señala Molina- el humor ni el sexo. Más bien vemos a un melancólico y hasta aceptamos el cuestionamiento psicoanalítico que le hace Calipso: en el fondo, no querías volver.
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En cambio, vuelve y vuelve y vuelve a la pantalla -y a la mente- una escena que, creo, es fundamental. Odiseo está tirado en las escalinatas de una Troya que arde -sí, arde Troya- y ve lo que hizo. Ve que esa astucia que sí tuvo al meter a los soldados dentro de un caballo y dar ese caballo como regalo a Atenea, esa astucia terminó en masacre. Traicionamos los vínculos básicos, dirá en algún momento. Los troyanos abrieron la puerta a una ofrenda porque la ofrenda debía ser el final de la batalla y no, no era el final, era el arma letal.

No es gratis traicionar los acuerdos básicos y, además, no es gratis masacrar. Sería cosa de todos los días para el Odiseo de Homero, pero para el nuestro no lo es, por suerte. El Odiseo de Nolan es el vencedor vencido. Tanto que -esto tampoco está en el original- cuando por fin vuelve a casa y “gana”, se autoimpone el exilio. Pelea con los pretendientes, asesina a troche y moche a los invasores, recupera a su mujer y... deja el trono en manos de su hijo y se va, con ella, a otra parte. A cumplir el plan que ella había formulado al principio. Moraleja: si él le hubiera hecho caso en ese momento, se hubiera ahorrado diez años de pelea, ser el autor intelectual de la muerte de cientos de personas, otros diez años de regreso accidentado y la caída de todos sus compañeros, de su tropa. Ni que hablar que se hubiera evitado ese carnaval de sangre que es la pelea con los pretendientes.
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Odiseo entendió mejor que nadie a los enemigos troyanos y usó eso que tenían en común -los mismos dioses- para quebrar la resistencia y, una vez adentro, arrasar con todo. ¿Será por eso, y no por lo del cíclope, que Poseidón está tan enojado con él que no lo deja volver a su casa? ¿O será que sabe que está tan sucio, tan manchado de sangre, que no puede llegar y tomar el trono? Porque el que vuelve, cargado de cadáveres ajenos y propios, no es el mismo que el que se fue. Después de cierta violencia, de ciertos daños, no alcanza con haber ganado: sos ese, el que convirtió una ciudad en escombros.
Quizás los diez años por el mar sean como los 40 de los judíos en el desierto cuando salieron de Egipto y desconfiaron de Dios, 40 años antes de llegar a la Tierra Prometida: un espacio para limpiar culpas. Pero, nos dice Nolan, ni eso alcanza. El que toca las playas de Ítaca ahora es, a la vez, un héroe y un asesino. Abre la puerta de su casa y no tiene opción, vuelve a matar, lo vuelve a hacer.
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No sé por qué veo acá una metáfora política. Debe ser mi imaginación.
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