El catamarqueño Néstor Vildoza se dedica a la escultura desde sus años universitarios cuando dejó la carrera de Agronomía en La Plata para seguir su vocación artística.
En todo su recorrido profesional, que abarca la docencia, las exposiciones, los simposios y los certámenes escultóricos, asegura que el fenómeno cultural que cada dos años tiene lugar en Resistencia, Chaco, es único en el mundo por el grado de participación popular.
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Durante una semana, diez escultores consagrados de distintos países esculpen sus obras a cielo abierto en un predio ubicado a orillas del Río Negro en Resistencia, sede de la Fundación Urunday que organiza la Bienal del Chaco.
Cada día, durante ocho horas, los escultores están en el predio e interactúan con el público que sigue el desarrollo del trabajo y que es numerosísimo, ya que la escultura es un arte popular en el Chaco: Resistencia es llamada Capital de las Estatuas en razón del rico patrimonio escultórico que adorna sus calles y plazas.
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Vildoza reside actualmente en La Rioja, donde desarrolló el grueso de su trayectoria como escultor. Es licenciado en Escultura por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.

En esta edición de la Bienal realizó una obra titulada Pino quebrado, para la cual eligió el acero como material.
En su larga trayectoria ha participado de simposios y concursos en diferentes países del mundo, como lo contó en esta charla con Infobae, durante un alto del trabajo en el predio de la Bienal, en Resistencia.
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Obras suyas se encuentran en colecciones públicas y privadas de Argentina, Uruguay, Brasil, Honduras, Perú, México, Francia, Italia, Luxemburgo y Suiza. Y en las calles de la Capital chaqueña. Ha sido varias veces premiado en Argentina y en el exterior.
Concluida la Bienal de Resistencia, los escultores participantes se desplazaron hacia el interior de la provincia, a la localidad de Juan José Castelli, a 270 kilómetros de la capital chaqueña, puerta del Impenetrable, donde se está desarrollando una segunda Bienal que concluirá el próximo 2 de agosto.
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— ¿Cómo es su historia con la Bienal? Porque esta no es la primera vez que viene…
—No, no. La primera vez que vine fue en el año 88, con los escultores nacionales. Éramos todos muy jóvenes.
—Cuando se hacía en la plaza central de Resistencia.
—En la plaza. Y ahí hicimos madera. El famoso urunday, árbol que no conocía.
—¿Cómo es esa madera?
—Es una madera semidura, un poquito menos que el quebracho. Pero tiene una nobleza… porque si está bien cortada y si es preservada, no se raja. Además tiene un buen pulido y el que quiera texturar también lo puede hacer con mucha facilidad. El resultado, al tener ese color, también es bastante contenedor de las formas.
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—Es oscura, pero más bien anaranjada.
—Sí, parecido al algarrobo, un poco más coloradito. Muy linda madera. En la zona nuestra no tenemos urunday. También se puede combinar con otras maderas, trabajar mezclando técnicas.
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—¿Tiene algún material preferido?
—No. Tener un material determinado condiciona y otras veces al revés. Buscás el tema y decís este tema puede ir en madera o en chapa o en bronce. Es una cosa medio dual. A veces quedan muy feas algunas cosas que son para madera hechas en metal, por ejemplo. Y a lo mejor el boceto era muy interesante, pero al trasladarlo a un material que no es compatible visualmente, la cosa chilla y se pone molesta.
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—¿Por qué dejaron de usar madera en las bienales? Ahora siempre es mármol o metal.
—Porque empezaron a sacar las esculturas a la calle y a la intemperie se preservan mejor el mármol y el metal. Pueden ser eternos si uno los cuida bien. En cambio, la madera tiene su proceso de degradación natural, lógico. Dura, no sé, diez años, por más que se las cuide. Ahora, si está al interior de un edificio, sí se preserva. Pero la gente pedía a veces: pónganla para que la veamos todos…
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— ¿Cómo y dónde se formó?
—Cuando estudiaba el secundario iba a escuelas de arte, pero abandonaba muy prontamente. Y después, fui a estudiar Agronomía a La Plata. Y estando ahí, un día voy al comedor y encuentro a otro catamarqueño y le digo ¿qué hacés vos? Yo hago escultura, me constesta. Uy, digo, eso me interesa. Me ofreció mostrame el taller donde estaba. Así que nos fuimos a la Facultad de Bellas Artes, en ese momento era Escuela Superior de Bellas Artes, pero dependía de la universidad. Y cuando me abrió la puerta, pensé: este es mi mundo, no me sacan más de acá. Hablé con mis viejos, que me bancaban...
—Ah, tuvo suerte....
—Y tenía buenas notas en Agronomía. Empecé entonces la carrera de Escultura en el año 73.
—¿Cuántos años?
—Cinco años. Hice el profesorado y la licenciatura en escultura. La parte pedagógica la hice en Humanidades y eso me sirvió también para trabajar como docente. Mi idea inicial era no ser docente e irme a Europa. Pero la cosa se dio diferente por múltiples razones. Me quedé y fui docente en escuelas superiores.
—¿Volvió a su provincia entonces?
—Por un tiempo, luego estuve en Salta y en Colombia. Después, estando en Catamarca, conocí a un profesor de Buenos Aires que se afincó en La Rioja y creó el primer Instituto Superior de Arte. Le dije que yo era profesor de Escultura. “Ah, bueno, le tomo los datos —dice— y seguramente lo vamos a convocar”. Efectivamente, estando en Colombia me avisa mi viejo: “Mirá, vino un señor que había hablado con vos…”, etc. “¿Qué vas a hacer?”. “Me parece que me vuelvo”. Empecé a trabajar en La Rioja, allí conocí a mi esposa y me quedé.
—¿Se mantiene con la docencia? ¿Es complicado vivir del arte?
—Sí, es complicado. Lo que pasa es que salí mucho y tuve algunos pedidos de afuera, entonces podía trabajar, no tanto como me hubiera gustado, pero…
—¿De dónde venían esos pedidos, de particulares o de instituciones?
—Por ahí alguien que tiene un country, o que tiene una empresa. O alguien que quiere homenajear a un personaje equis. Y después, exposiciones. Pude mandar trabajos afuera también. Ahora ya no lo hago tanto porque me cansé. Además, tenía la posibilidad de salir mucho a simposios. O sea, tuve esa libertad de moverme mucho. La gente que dirigía el instituto era muy permeable, porque sabía que eso también redundaba en aprendizaje para mí, que luego se trasladaba a los estudiantes. Y así fuimos formando mucha gente. Y ahora algunos de ellos vinieron acá, al Premio Desafío [N.de la R: Concurso para estudiantes de Arte de todo el país].
—¿Hay mucho interés en la escultura? No es el arte más popular tal vez: no es el más masivo.
—Eso es lo que sorprende del Chaco, que todo el mundo prefiere la escultura a la hora de comprar obra. Cosa que no pasa en ningún otro lugar.

—Es insólito lo del Chaco.
—Sí. Entonces, meter la escultura en lugares donde siempre ha sido el dibujo, la pintura, el color o la fotografía es muy complicado. Pero bueno, hay que hacerlo.
— ¿Hay experiencias parecidas a la bienal del Chaco en otras partes del mundo?
—Con la fuerza que esto tiene, no. De los sitios por los que yo anduve, no. Porque además la gente casi no participa, son solamente los curiosos o los muy allegados al tema. Acá es todo un pueblo. La gente acá tiene la gimnasia de ver esto desde que nace. No es extraño para ellos. Vienen, opinan, miran, dan algunas devoluciones, a veces muy interesantes.
—Cuando usted está en el predio trabajando y la gente viene y pregunta, ¿le molesta?, ¿lo distrae mucho?
—No, no. Uno sabe qué fibra toca. Yo me pongo en el papel de los chicos que preguntan, si uno les contesta mal, no es bueno. Por ahí vienen tres chicos con la misma pregunta. Yo trato de responderles lo mismo pero con diferentes palabras a cada uno. Porque los miro y sé si es un pedido del docente o si tienen un interés genuino, espontáneo. Si veo eso, me esfuerzo mucho en abrirles la cabeza dentro de lo posible y alentarlos a que continúen.
—¿Viene más gente joven, o más bien grande?
—De todo. Y gente que viene varias veces. O sea, viene al comienzo y vive todo el proceso. En la época que se hacía en la plaza, una vez vino un chico que se sentaba como a tres metros y miraba, y miraba. Al otro día de nuevo, venía, miraba, miraba. Yo no le decía nada. Y el último día me entró a preguntar por qué hice tal cosa, por qué esto, por qué lo otro, y me daba sus ideas. Entonces yo le empecé a preguntar también. Eran tan bien pensadas sus preguntas, tan de adentro, yo no hubiera sido capaz a esa edad de preguntar eso. No sé qué habrá sido de su vida, pero...

—Es que las personas que se criaron acá tienen desde chicos la referencia de las esculturas, la estatua de tal esquina, la del banco, la del edificio de… Son parte de la cotidianeidad, y un orgullo.
—Y el tremendo respeto a las cosas.
—No hay vandalismo.
—Eso decía. Una vez venía una manifestación, volteando todo, golpeando vidrieras. Y en el recorrido que hacían había seis o siete esculturas, algunas muy frágiles, algunas cerámicas pequeñas. Pero pasaron al lado, y nada. Rompían otras cosas.
—Las estatuas no.
—Increíble. Eso no se ve en ningún lugar.
—Pero, ¿existen certámenes al aire libre?
—Sí, hay muchos. En Asia hacen muchos. En Japón, China, Singapur. También en Irak, Irán, en Israel han hecho unos muy buenos, en Estados Unidos. Yo fui a uno en México, muy lindo. En Perú, en Brasil, uno en piedra inmensa, de casi cuatro metros. También estuve en Chile, y en Europa en varios, Francia, Italia, Luxemburgo y Suiza.
—El hecho de tener una semana o 10 días nada más para realizar la obra favorece más lo no figurativo, lo abstracto?
—Sí, sí, condiciona un poquito. Pero también me gusta mucho la abstracción. Entonces, trato de que esa abstracción sea fuerte, potente, digna.

—Pero, si no hubiera plazo, ¿preferiría igualmente la abstracción?
—Sí, pero puedo meter figuración también. Si amanezco ese día medio figurativo, hago cosas, no preciosistas, no detallistas, pero sí que la gente se da cuenta y dice: “Eh, son personajes”.
— ¿Qué representa para usted la escultura?
—Yo trato de divertirme mucho con la escultura. Porque si sufriera no haría nada de estas cosas. Entonces, sé que me da placer. Crear me da placer. Yo puedo estar dibujando y van saliendo cosas que buscan el material con que van a ser hechas.
—O sea, usted diseña primero.
—Dibujo. En papel. Después, si hay algo, digo: “Ah, esto podría ser una maderita o una cosa en metal”. Y empiezo a jugar con cartones. Otra cosa que me gusta hacer es buscar elementos ya prehechos por mí, que abandoné en su momento y empezar a jugar con eso y de ahí surgen cosas también. O sea, es muy libre.
—¿Qué diferencias ve entre aquellas primeras bienales y ahora? ¿Le da nostalgia? ¿Prefiere aquello más artesanal o le gusta esto?
—Me gusta todo. Cuando vine la primera vez, en La Rioja éramos tres escultores. Una gran escultora, Marta Cortés Álvarez, y Jorge Cisterna, que había sido alumno mío y ya era profesor. Entonces, con ellos yo podía hablar del tema. Y cuando vine acá me encontré con treinta tipos con los que podía hablar. Entonces para mí fue muy fuerte. Tanto que me fui de acá muy triste, pensando: “Yo a esta gente no la vuelvo a ver más. Ya esta experiencia que he tenido acá es difícil que se me repita”. Pero bueno.

—Ese es un aspecto valiosísimo imagino, encontrarse, interactuar, con colegas.
—De todas las edades, muy conocidos algunos, otros nuevos. Cada uno venía con su técnica, con su concepto. He aprendido mucho de varios de ellos, que eran muy finos. Con mucho oficio, con algo que a uno lo atosiga, porque por más que uno tenga la preparación de la facultad, el abecé. Lo otro te lo da el taller, los viajes, la gente.
—¿Usted ha venido siempre como concursante?
—Vine alguna vez como visitante, una o dos veces.
—¿La escultura es más bien masculina? Lo digo por el esfuerzo que implica el trabajo con ciertos materiales.
—No, no. Yo estoy admiradísimo. Siempre admiré mucho a las escultoras. Recuerdo a una que manejaba una máquina de ocho kilos para cortar el material y con la otra mano fumaba.
—¿Cómo es el nivel de desarrollo de la escultura en Argentina, en general, más allá de la Bienal?
—Siempre la pintura gana a la hora de… pero creo que este tipo de encuentros han ido formando público. Lo veo cuando me toca hablar con algún galerista y te pide cosas, que antes no pedía, tenías que ir a hablarlo, hacer el chamuyito. Ahora es: “Bueno, Néstor, quiero ver. ¿Tenés piedras? Necesito piedras para tal cosa”. “¿No estás haciendo bronce?”. “No, todavía no”. “Bueno, te espero”, cosas así.
—¿Enseñar le gusta?, ¿le gusta transmitir?
—Me gusta transmitir. A gente interesada. Ir a una escuela de niños, no, jamás. Siempre trabajé con gente grande que estaba interesada. Teníamos buen diálogo siempre.
—A Fabriciano Gómez, el creador de la Bienal, lo conoció, por supuesto.
—Sí, me puse muy mal cuando murió [N. de la R: en 2022]. Un tipo muy generoso, noble. Desprendido. Con él fuimos al sur, en el año 2002, a Pico Truncado. A Santa Cruz. Había un boliviano, un paraguayo, un chileno y 7 u 8 argentinos. La idea era que ese viento incidiera en la obra que haríamos, por golpeteo o por meterse en algún espacio y generar sonido, un silbido o lo que fuera. Usamos material de rezago de la industria petrolera. Y fuimos con un gran paisajista, Pradial Gutiérrez, que se encargó de mover todas esas bardas que había, porque usamos máquinas inmensas. Y al final Fabriciano charlaba con cada uno de nosotros: ”¿Qué te parece? ¿Dónde puede ir tu escultura? A mí me parece tal cosa. Decime qué te parece a vos”. Se congeniaba. Acá vamos a necesitar un volumen de tres metros, así que a la noche andaba él con los motoristas moviendo todo eso. Había unos lagos de petróleo cerquita de distintos colores y todo eso conjugaba para una buena escenificación. La luna también hacía su trabajo. Sólo que esos días que estuvimos nosotros no hubo viento. Entonces, no pudimos probar los efectos. Pero después los amigos de ahí nos dijeron: “Hoy tuvimos un viento de 100 kilómetros y todo funciona muy bien”. Y eran obras grandes, la mía era de cinco metros.
—¿Sigue emplazado ahí?
— No, ya no existe más. Hubo un cambio de gobierno y el intendente que vino dijo: “Esto no me gusta”, y sacó todo y lo arrumbó en un depósito. Creería que sigue ahí.

—¿Con el tiempo se vuelve más difícil la parte pesada del trabajo?
—Sí, pero trato de mantenerme. Por ejemplo, sabiendo que venía acá, hace seis meses empecé a hacer gimnasia de fuerza con un instructor.
—Musculación.
—Claro. Porque son casi veinte días entre este encuentro y el otro que es en Castelli, en el Impenetrable.
—Es mucha inversión física...
—Sí, y además que estar al sol, con la lluvia, con los cambios de clima. Ayer me sentí mal. Pero ya me tomé algo y además, me mentalizo de que tengo que estar bien para cuando vaya al Impenetrable.
—Claro, porque tienen que hacer lo mismo allá.
—Pero es de otro material, de chapadur. Más chico. Pero igual es otra vez una semana.

—También al aire libre.
—Al aire libre. En Castelli.
—¿Allí también participa mucho la gente?
—Sí. Paralelamente llevan espectáculos. Es más chico, obviamente, pero es muy lindo. Uno se siente muy bien, muy contenido y quiere dejar buena obra. Han ido escultores muy buenos. Creo que de los diez que estamos acá vamos todos. Así que cuando quieran ir a Castelli se van a encontrar con muy buena obra.
— ¿También van emplazando las esculturas en espacios públicos?
— Recién comenzaban a hacerlo.
—En Resistencia, ¿hay obra suya emplazada?
—Sí, seis o siete. He tenido cinco premios de escultores. Los escultores me han votado en cinco oportunidades.
—Ustedes cuentan con asistentes, ¿quiénes son?, ¿escultores o técnicos?
—En mi caso eran chicos de una metalúrgica muy fuerte que hay acá. En el de los mármoles sí son escultores, profesores de escultura algunos, estudiantes otros.
—Le ponen un asistente a cada uno.
—A veces son tres trabajando en una obra, porque por la complejidad no llegan y entonces todo el mundo se mete a ayudar. Está muy bien eso. No pasa mucho eso en otro lado.
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