
En la primera página del ejemplar del Quijote que José Sacristán entregó al Instituto Cervantes se lee en letra manuscrita la siguiente nota: “Este libro es propiedad de Venancio Sacristán Segovia. Sala 11, sección 3ª, número 46. Lo adquirió de mano de Ángel Alonso del Valle en Ocaña en el año 1941 en la sala antes mencionada”.
Un emocionado José Sacristán llevó al Instituto Cervantes varios objetos emblemáticos de su carrera actoral y de su vida, entre ellos el libro que heredó de su padre, a quien conoció a los seis años, y que marcó su infancia.
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Sacristán depositaba así parte de su legado en la Caja de las Letras de la institución custodia de la cultura española.
“Aquí conmigo dejo cosas que tienen que ver con el trabajo y con mi vida”, dijo, señalando que en esos objetos estaban también representados su padre, su madre, su abuela, su tío Francisco, su tía Socorro y “todo el mundo de aquella posguerra terrible”. Dejaba en claro de este modo que el reconocimiento no era solamente para él sino para sus padres y para los parientes que lo cobijaron en esos años difíciles y lo impulsaron en la vida.
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Sacristán nació en 1937, un año después del estallido de la Guerra Civil Española, y conoció a su padre, preso político republicano, recién a los seis años.
Entre los objetos que entregó al Cervantes hay recuerdos profesionales y personales: un sombrero de su abuelo, programas de cine, documentos de sus primeros trabajos teatrales, notas de lectura, guiones y el mencionado ejemplar del Quijote.
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Sacristán es uno de los actores más conocidos y prolíficos del cine, del teatro y de la televisión españoles. Empezó a actuar a los 23 años y no se ha detenido desde entonces. Sin embargo, a comienzos de junio, el actor, que en septiembre próximo cumplirá 89 años, anunció que se retira del cine, aunque no dejará por completo la actuación.
Deja atrás una exitosísima carrera, muchos títulos y roles emblemáticos, inolvidables, y una fama que trascendió las fronteras de su país. Ha actuado en más de 100 películas, ha dirigido 3,y ha participado en en decenas de obras de teatro.
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Tuvo una infancia dura, de muchas privaciones, alejado de sus padres y criado por su abuela y su tío. “En mi infancia había una frontera muy clara entre la pobreza y la miseria. Éramos pobres, pero no miserables. Mi abuela y mi madre hacían milagros para que el hambre no nos quitara la alegría de jugar en la calle”, dijo en una entrevista televisiva.
“Mi padre estaba en la cárcel, y mi madre andaba de un sitio para otro llevándole comida, llevándole ropa, tratando de buscar recomendaciones o ayuda para poder sacarle de la cárcel; entonces, la primera noticia de mi madre es la ausencia, y la celebración de cuando llegaba. Me acuerdo de cuando íbamos a buscarla a la estación, que venía en aquel tren de Arganda, que tardaba 5 horas en llegar desde Chinchón a Madrid, y cuando ‘la Nati’ aparecía, ‘la Nati’ era el sitio donde mejor se estaba, porque además por la noche me cantaba flamenco; las canciones de cuna que yo he oído eran los fandanguillos y fandangos que me cantaba mi madre”, recordó Sacristán.
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Con su padre, en cambio, la relación no fue fácil. Era un hombre endurecido por el sufrimiento del que “era extremadamente difícil reclamar cualquier cosa que se pareciese a la ternura porque estaba incapacitado”, dice el actor, que evidentemente con el tiempo ha comprendido a su padre.
“Recuerdo las visitas a la cárcel de Ocaña para ver a mi padre a través de unos locutorios con doble reja. Yo era un niño que no entendía de ideologías, pero entendía perfectamente el dolor de ver a mi padre encerrado por sus ideas. Aquello me dio una medida de la libertad que no he olvidado nunca”, señaló.
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También dio detalles de la trayectoria de su padre, sobre la vida dura de trabajador que tuvo: “Hizo de todo el Venancio, de todo. Trabajó primero 12 horas en una fábrica de recauchutados, y luego en Coromina Industrial. Después iba a hacer de chico de los recados a una tienda de ultramarinos en la calle San Vicente, y luego me llevaba con él a vender en la puerta de la plaza de toros, porque en aquella tienda le regalaban los sacos y los costales”.

Aunque trabajó desde muy joven, siempre supo que quería dedicarse a la actuación. “Ser actor fue mi manera de no aceptar la realidad que me había tocado vivir, de inventarme un mundo donde no hubiera rejas ni cartillas de racionamiento”.
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El libro que Sacristán entregó al Cervantes nos habla de la importancia de los padres en la formación de los hijos y cómo el recomendarles o regalarles un libro a los niños puede ser algo decisivo e inolvidable en sus vidas.
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, publicado en dos partes, en 1605 y 1615, es la obra más reconocida de la literatura española y un clásico de la literatura universal. Alonso Quijano es un hidalgo manchego que, tras leer libros de caballería, decide convertirse en caballero andante con el nombre de Don Quijote. Viaja con su escudero Sancho Panza, quien tiene los pies un poco más sobre la tierra que su caballero soñador.
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Cervantes quiso parodiar las novelas de caballería al uso en su tiempo, pero fue mucho más allá: la suya es una obra sobre la imaginación, el idealismo, la amistad y la libertad que todos tenemos para intentar vivir de acuerdo con una idea aunque el mundo vaya en sentido contrario.
En la carrera de Sacristán, el Quijote tuvo su papel. El actor interpretó a Alonso Quijano en el teatro en más de una ocasión.
En el cine trabajó bajo la dirección de Luis García Berlanga, Fernando Fernán-Gómez, Mario Camus, José Luis Garci, Eloy de la Iglesia, y los hermanos Fernando y David Trueba.
Aunque actuaba desde 1965, su consagración se produjo en la llamada transición española, con títulos como Asignatura pendiente (1977), Un hombre llamado Flor de Otoño, Solos en la madrugada, y El diputado (1978).
En Argentina, actuó bajo las órdenes de Adolfo Aristarain en Un lugar en el mundo (1992), además de hacer varias temporadas teatrales —la última en 2023— y programas de radio.
Ha recibido el Goya de Honor, el Premio Nacional de Cinematografía, el Goya al mejor actor protagonista y la Concha de Plata del Festival de San Sebastián.

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