
En América Latina, envejecer no depende solo de la edad. Un estudio publicado en The Journal of Economic Inequality muestra que la educación, el acceso a servicios básicos y las condiciones socioeconómicas determinan el nivel real de bienestar en la vejez, en una región donde la población de 60 años o más pasará del 13% en 2020 al 25% en 2050.
La investigación analizó a personas mayores de 18 países y detectó brechas profundas tanto entre naciones como dentro de cada una. Uruguay y Argentina aparecen como los países con mejores niveles de envejecimiento activo, mientras que Guatemala registra los valores más bajos. Bolivia, en tanto, ocupa el último lugar cuando se incorpora la desigualdad en la distribución del bienestar.
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El dato central del trabajo es que no alcanza con medir cuánto vive una población. Lo determinante es en qué condiciones llega a la vejez: con salud, autonomía, ingresos, vínculos sociales y capacidad de participación.
Uruguay y Argentina encabezan una región con brechas muy marcadas
El estudio de Javier Olivera usó datos del Latinobarómetro 2020 para estimar un índice individual de envejecimiento activo en una muestra de 4.856 personas de 55 años o más. El análisis cubrió 18 países y adaptó a la realidad latinoamericana el llamado Índice de Envejecimiento Activo, una herramienta desarrollada originalmente en Europa.
En esa medición, Uruguay obtuvo 0,466 y Argentina 0,453, los valores más altos del conjunto. Detrás quedaron República Dominicana con 0,447, Chile con 0,419, Paraguay con 0,385 y Costa Rica con 0,383.
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En el extremo opuesto, Guatemala registró 0,306, Nicaragua 0,307, Honduras 0,310 y Bolivia 0,320. La distancia entre los países líderes y los rezagados no es marginal: el valor promedio de Uruguay es 50% más alto que el de Guatemala.
La desigualdad interna también altera el mapa regional. Cuando el autor incorpora criterios de equidad en la distribución del bienestar durante la vejez, Bolivia cae hasta el último puesto por combinar un nivel bajo con la mayor desigualdad del grupo, mientras Guatemala mejora posiciones porque, aunque su promedio es malo, la dispersión es menor.
Según la publicación, esa diferencia puede verse con otra comparación: el 40% de la población de Guatemala tiene resultados de envejecimiento activo inferiores a los del decil más bajo de Uruguay.
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La educación y el acceso a agua y saneamiento reducen la desigualdad en la vejez
El trabajo identifica factores asociados a una distribución menos desigual del envejecimiento activo. Una mayor proporción de personas con educación secundaria o terciaria se relaciona con una caída de 0,082 puntos porcentuales en la desigualdad del índice por cada aumento de un punto porcentual en ese grupo.

También aparece el acceso a infraestructura básica. Un incremento de un punto porcentual en la proporción de personas mayores con acceso a agua y saneamiento se asocia con una reducción de 0,088 puntos porcentuales en la desigualdad del índice.
Vivir en la capital del país también se vincula con una menor desigualdad, en este caso por la concentración de transporte, atención médica e infraestructura urbana. En cambio, una mayor proporción de hombres y de personas de 65 años o más tiende a aumentar la desigualdad en el envejecimiento activo.
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El estudio no encontró una relación estadísticamente significativa, en el conjunto regional, entre pertenecer a un grupo indígena o recibir asistencia estatal antes de la pandemia y una mayor desigualdad en el índice. Aun así, el autor advierte que esas asociaciones pueden variar entre países.
El índice excluyó el empleo para no confundir trabajo con bienestar
Una de las decisiones metodológicas más claves fue dejar fuera la dimensión empleo. Olivera sostiene que, en América Latina, seguir trabajando en la vejez no siempre refleja autonomía o integración, sino la necesidad de sobrevivir ante la baja cobertura previsional y la alta informalidad laboral.
Citado por The Journal of Economic Inequality, el estudio señala que incluir esa variable habría favorecido a países con sistemas previsionales débiles y habría perjudicado a otros con esquemas más desarrollados, como Argentina y Uruguay. De hecho, el autor indica que, si se hubiese mantenido esa dimensión, Bolivia habría aparecido en el primer lugar del ranking.
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La medición final se construyó entonces sobre tres áreas: participación en la sociedad, vida independiente y segura, y capacidades y entorno favorable para envejecer. En ese esquema, la participación social pesa 53,8%, la vida independiente 15,4% y las capacidades y el entorno 30,8%.
Entre los indicadores considerados figuran el voluntariado, el interés en la política, la percepción de seguridad frente a la violencia, la suficiencia alimentaria, la capacidad de cubrir necesidades básicas, la esperanza de vida, la salud mental, el uso de redes sociales en internet, la conexión con familiares y amigos y el nivel educativo.
El gasto en salud, las pensiones y la pobreza explican parte de las diferencias entre países
El trabajo también examinó variables nacionales para entender por qué algunos países ofrecen mejores condiciones para envejecer. Encontró que el envejecimiento activo es mayor donde los sistemas de pensiones son más maduros, el gasto público en salud es más alto y el acceso a la atención sanitaria es mejor.
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La tasa de pobreza entre los mayores de 65 años muestra una relación negativa clara con el índice. Cada aumento de un punto porcentual en esa tasa se asocia con una baja de 0,11 puntos en el nivel de envejecimiento activo.
El gasto social también importa. Un aumento de un punto del producto interno bruto en gasto social se vincula con una suba de 0,642 puntos en el índice, mientras que el mayor gasto público en pensiones y salud se relaciona con mejores resultados.
La calidad del sistema sanitario mostró otro efecto relevante. Un incremento de un punto en el índice de acceso y calidad de la atención médica se asocia con un alza de 0,144 puntos en el envejecimiento activo. En esa comparación, Chile, Costa Rica, Perú y Panamá figuran entre los países con mejor desempeño sanitario para las personas mayores, mientras Honduras y Bolivia quedan entre los más rezagados.
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El estudio subraya que América Latina sigue siendo una región relativamente joven, pero esa situación cambiará rápido. Para 2100, la proporción de personas de 60 años o más alcanzaría 38%, de acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe citados en la investigación.
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