
Ernesto Sábato dedicó buena parte de su vida a pensar el tiempo y la memoria como territorios donde se juega el sentido de la existencia. Desde su casa de Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires, el escritor fue construyendo una mirada existencial que atravesó su obra literaria, sus memorias y también sus últimas entrevistas.
En ese recorrido, el paso de los años no aparece como un dato biográfico sino como una experiencia que transforma la percepción del mundo, del dolor y de los afectos.
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Una de las frases más citadas de Sábato sobre ese aprendizaje tardío de la vida no pertenece al registro de una entrevista, sino a su obra literaria. “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”, dijo el escritor. La frase condensa una idea que atravesará toda su producción posterior: la conciencia de que el tiempo nunca alcanza para comprender del todo la experiencia humana.
Esa percepción también aparece, de otro modo, en los recuerdos que otros conservan de él. En una crónica publicada por Mendoza Post, la periodista Ana Montes de Oca reconstruyó un encuentro ocurrido cuando ella tenía 17 años y Sábato ya había cumplido 80. No se trata de una entrevista formal, sino del relato de una conversación breve, marcada por la curiosidad del escritor frente a la juventud.
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“Él tenía ya 80 años y yo 17. Estaba sorprendido y curioso. No habló conmigo como un maestro educando, me hizo más preguntas de las que pude hacerle yo”, escribió Montes de Oca.
En ese intercambio, Sábato no se colocó en el lugar del sabio que enseña, sino en el de alguien que observa el tiempo desde su propio desgaste. La autora recuerda que el escritor le dijo que aquella aparición juvenil se le había presentado “como el cuervo de Poe, pero alegre”, una imagen que refuerza la idea de un hombre consciente del final, atento a lo que todavía late en los otros.
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En sus últimos años, Sábato habló con mayor claridad sobre la vejez y la duración de la vida. En entrevistas periodísticas concedidas a comienzos de los años 2000, expresó: “Pienso que voy a vivir hasta los 100; tengo buena salud, pero cumplir años más allá de los 100 no tiene mucho sentido”.
La memoria, en ese trayecto, no aparece como refugio nostálgico sino como una carga persistente. En Antes del fin, el libro publicado en 1998 y concebido como un testamento espiritual, Sábato escribió: “Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan”. Allí, el paso del tiempo no atenúa el dolor, sino que lo fija con mayor precisión.
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En el mismo libro, el autor amplía esa reflexión hacia una dimensión colectiva. Al revisar la historia del siglo XX y las catástrofes que marcaron su vida, sostuvo: “Cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad”. La memoria, entonces, no es solo un archivo personal, sino un espacio de responsabilidad y de compromiso con los otros.
Sábato resumió su relación con el tiempo desde una clave íntima y existencial al afirmar en Antes del fin: “El dolor rompe el tiempo”. La frase, breve y contundente, señala cómo ciertas experiencias suspenden la cronología y dejan marcas que no responden al paso de los años.
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Nacido en Rojas en 1911, Ernesto Sábato fue el décimo hijo de una familia de inmigrantes italianos. Se formó como físico en la Universidad Nacional de La Plata y desarrolló una temprana carrera científica, que abandonó tras una profunda crisis existencial. Esa ruptura lo condujo a la literatura, donde encontró un lenguaje más apto —según él mismo— para abordar el desorden moral y espiritual del siglo XX.
Su vida personal estuvo marcada por vínculos profundos. Aunque se casó por civil con Matilde Kusminsky Richter en 1936, recién en 1990, cuando ambos ya eran ancianos, celebraron el matrimonio religioso en su casa de Santos Lugares. Matilde fue una figura central en su vida y en su obra: lo acompañó en los años de mayor reconocimiento y también en los momentos de mayor oscuridad. Su muerte, en 1998, dejó una huella decisiva en Antes del fin.
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El golpe más duro llegó en 1995, con la muerte de su hijo Jorge Federico en un accidente automovilístico. Ese dolor atraviesa de manera explícita sus últimos libros y entrevistas, donde el tiempo aparece definitivamente asociado a la pérdida y a la persistencia del recuerdo. Sábato no buscó atenuar esa herida: la incorporó como parte constitutiva de su reflexión final.

En la entrevista que Ernesto Sábato concedió en 1977 al programa A fondo, de Televisión Española, el escritor habló en primera persona sobre el recorrido que lo llevó de la ciencia a la literatura. “Yo viví la ciencia hasta la frontera misma”, afirmó, al recordar sus estudios en París, su regreso a la Argentina y su trabajo como investigador y docente en física.
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“Hice trabajos de radiaciones atómicas y enseñé la teoría de Einstein en cursos de doctorado”, precisó, antes de marcar el punto de quiebre: “Y me aterró”. Para Sábato, ese temor no fue abstracto. “Yo estaba en París cuando se descubre el átomo de uranio… de ahí salió la bomba atómica”, dijo, situando su experiencia personal en el centro de un acontecimiento que, a su entender, partió en dos la historia de la humanidad.
Desde ese lugar, el escritor formuló un diagnóstico que atraviesa toda su obra. “Empecé a comprender que la física iba a dominar el mundo y que la tecnología iba a arrasar con el hombre”, sostuvo, y vinculó ese proceso con una crisis más profunda.
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“La ciencia positiva y la técnica permitieron al hombre conquistar el mundo de las cosas, pero a un precio trágico”, explicó. Ese precio, según Sábato, fue la cosificación del propio ser humano: “El hombre conquistó el mundo, pero terminó por transformarse en cosa”. Frente a ese escenario, defendió el papel del arte como respuesta posible.
“El arte es quizá la única actividad del espíritu humano que permite la expresión total de esta crisis del hombre del siglo veinte”, afirmó, y concluyó: “En la novela están las ideas, pero también los símbolos, las pasiones, los mitos. El hombre está entero”. En esa integridad, dijo, se juega no solo la comprensión del tiempo vivido, sino también una tentativa de salvación.

Sábato sostuvo también que toda la vida es útil, incluso en su tramos más difíciles. En ese diálogo, habló de la necesidad de tener ‘piedad por las propias criaturas’, especialmente en el caso de los escritores, y de no exigirle a la vejez la productividad que se le reclama a la juventud. Para él, el valor de los últimos años no estaba en la obra futura, sino en la comprensión alcanzada.
Esa idea cierra de manera coherente su pensamiento: el tiempo no se mide solo por lo que se produce, sino por lo que se comprende, se recuerda y se transmite. En ese territorio, Sábato encontró —hasta el final— una forma de sentido.
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