
Un estudio reciente ha identificado cuatro grandes puntos de inflexión en la conectividad cerebral humana, que delimitan cinco fases distintas en el desarrollo y envejecimiento del cerebro, desde el nacimiento hasta los 90 años. Este hallazgo, publicado por New Scientist, ofrece una mirada renovada sobre la variación del aprendizaje, el rendimiento cognitivo y el riesgo de enfermedades mentales o neurodegenerativas a lo largo de la vida.
El equipo liderado por Alexa Mousley de la Universidad de Cambridge analizó resonancias magnéticas de unas 3.800 personas en Reino Unido y en los Estados Unidos, cubriendo edades que van desde el nacimiento hasta los 90 años. La mayoría de los participantes eran personas sin enfermedades neurodegenerativas ni trastornos mentales, según detalla New Scientist. El objetivo era caracterizar por primera vez las fases del cableado cerebral a lo largo de la vida humana, combinando diferentes métricas de conectividad, un método que Mousley calificó como inédito.
La investigación permitió identificar cinco etapas principales, separadas por cuatro puntos de inflexión en la conectividad, situados alrededor de los nueve, los 32, los 66 y los 83 años.
En declaraciones a la BBC, la doctora Mousley explicó: “El cerebro se reconecta a lo largo de la vida. Siempre está fortaleciendo y debilitando conexiones y no sigue un patrón constante: hay fluctuaciones y fases de reconexión cerebral”.
También aclaró que no todas las personas seguirán el patrón cronológico exacto, pero que llamó la atención de su equipo el hecho de que estas edades se reiteraban claramente en los datos recogidos.

En la primera fase, la infancia el cerebro aumenta rápidamente de tamaño, pero también debe ir reduciendo las conexiones (sinapsis) entre las células cerebrales que al comienzo de la vida son muy abundantes. Puede decirse que es menos “eficiente” porque deambula de un lado a otro, en vez de enfocarse.
Mousley explicó que esto puede ser consecuencia de la abundancia de conexiones en la infancia, las cuales después se eliminan en favor de aquellas realmente útiles para el aprendizaje, aunque ello implique menor eficiencia.
Entre los nueve y 32 años -“adolescencia”-, la eficiencia de las conexiones cerebrales aumenta, los trayectos se acortan y la información fluye con mayor rapidez. Mousley asoció este cambio a la pubertad y a las transformaciones hormonales que impactan en el desarrollo cerebral. Esta etapa favorece la adquisición de habilidades como la planificación y la toma de decisiones, así como mejoras en la memoria de trabajo y funciones cognitivas.

Desde los 32 y hasta los 66 años estamos en la adultez. El cerebro atraviesa su fase más prolongada. En este período, los cambios persisten pero a un ritmo mucho más lento: las conexiones interregionales pierden eficiencia gradualmente. Mousley reconoció que las causas de este descenso no se comprenden plenamente, aunque los años 30 suelen coincidir con transformaciones vitales —como la formación de una familia o la estabilización personal—. Katya Rubia, del King’s College London, sugirió que el envejecimiento general del organismo también podría influir.
Entre los 66 y los 83 años, los investigadores definen un primer envejecimiento o envejecimiento temprano. Observaron que en esta etapa las conexiones entre neuronas de una misma zona cerebral permanecen más estables que aquellas que enlazan distintas regiones. El declive no es abrupto. Mousley remarcó que, aunque las personas analizadas en el estudio eran eprsonas sanas, este tramo coincide con un aumento del riesgo de demencia y otros problemas de salud.
Finalmente, en el intervalo de los 83 a los 90 años, o envejecimiento tardío, las conexiones regionales se debilitan y existe mayor dependencia de nodos centrales que enlazan múltiples áreas, lo que indica una disminución de recursos para mantener la conectividad y una dependencia creciente de ciertas regiones clave. Para esta etapa, recabaron menor cantidad de datos, porque hay menos abundancia de cerebros sanos para escanear. De todos modos, la conclusión es que los cambios cerebrales son en general similares a los de la etapa anterior, pero más pronunciados.
Las implicancias de estos descubrimientos son amplias. Mousley indicó que comprender estos cambios podría explicar la aparición de trastornos mentales antes de los 25 años y el elevado riesgo de demencia en mayores de 65 años. El reconocimiento de estos puntos de inflexión permitiría orientar futuras estrategias de detección y tratamiento, al proporcionar indicios claros sobre la desviación de los patrones normales de conectividad cerebral.
Rubia insistió en la importancia de estos resultados para la neurociencia y la salud pública. “Saber dónde se encuentran los puntos de inflexión normales en la estructura cerebral permite investigar qué sucede en casos de enfermedades mentales o neurodegenerativas”, señaló. Tras identificar las desviaciones, se podrían buscar factores ambientales o químicos responsables y desarrollar intervenciones terapéuticas, políticas o farmacológicas.
El estudio, sin embargo, posee limitaciones. La muestra analizada incluye mayoritariamente personas blancas y excluye casos con enfermedades neurodegenerativas o mentales, lo que podría restringir la aplicabilidad a otras poblaciones. Rubia alertó: serán necesarios nuevos estudios en grupos más diversos para confirmar y ampliar estos hallazgos.
Reconocer los momentos clave de la conectividad cerebral es esencial para avanzar en la detección y tratamiento de alteraciones vinculadas a trastornos mentales y enfermedades neurodegenerativas, y podría allanar el camino hacia intervenciones más precisas y personalizadas.
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