
El avance de los algoritmos en la vida cotidiana consolidó un nuevo orden silencioso. Plataformas que median la información, el entretenimiento y las relaciones personales operan bajo lógicas de personalización que reducen el margen de elección y uniforman las experiencias. En ese escenario, el informático y editor español Ángel Fernández plantea que la discusión ya no es técnica sino cultural: se trata de comprender cómo estas herramientas condicionan la atención, la memoria y la manera de decidir.
Formado en Sevilla a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, Fernández pertenece a la generación que vivió la expansión inicial de internet como promesa de apertura, horizontalidad y acceso libre al conocimiento. Para quienes integran esa cohorte —hoy identificada como Generación X— la tecnología aparecía como una herramienta democratizadora, capaz de romper jerarquías tradicionales, ampliar la circulación de ideas y construir una memoria digital colectiva.
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Ese horizonte inicial, atravesado por el entusiasmo y la experimentación, contrasta con el presente que describe el autor: un ecosistema dominado por plataformas que concentran poder, gestionan la visibilidad de los contenidos y transforman la participación en una experiencia mediada por intereses comerciales y sistemas de recomendación.

Su libro Contralgoritmia condensa esa preocupación en forma de ensayo y manifiesto. Publicado por Jot Down Books, el texto describe el modo en que los sistemas automatizados intervienen en la visibilidad de los contenidos y en la formación del criterio. Fernández propone una posición entre la fascinación tecnológica y el rechazo absoluto, una zona incómoda donde pensar requiere deliberación consciente y tiempo, dos recursos que el entorno digital tiende a erosionar.
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La iniciativa se articula además como proyecto cultural y espacio de debate público. Desde ese lugar, el autor advierte que la distopía contemporánea se acerca más al universo de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que al de 1984, de George Orwell: una sociedad satisfecha, atravesada por la gratificación inmediata, donde la vigilancia se ejerce con consentimiento y la manipulación se integra a la experiencia cotidiana sin resistencia visible.
—Pensaba en esta dicotomía entre apocalípticos e integrados, pero también en la tensión entre el universo de 1984 y el de Un mundo feliz. ¿Por qué nos parecemos más a ese mundo perfecto?
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—Porque durante mucho tiempo pensamos que la distopía iba a ser la de Orwell: un mundo en el que nos vigilaban sin nuestro permiso y donde el castigo nos obligaba a entrar por las vías de lo que quería el poder. Sin embargo, lo que encontramos es otra forma de dominación, más cercana a la idea del soma de Huxley. Hoy estamos felices de dejar nuestra huella digital en todas las tecnológicas, y esas mismas plataformas utilizan esa información para manipularla.

En lo único que coinciden Orwell y Huxley es en que en ambos la lectura está mal vista, porque la lectura hace que la gente piense y se rebele. Pero la distopía que vivimos ahora es la de Huxley: somos felices con nuestras redes sociales, con una sociedad narcisista, y no somos conscientes de cómo los algoritmos nos están manipulando.
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—En el libro aparece una revalorización del papel, como soporte, como dispositivo. ¿Por qué hay que seguir sosteniéndolo?
—Hay dos razones fundamentales. La primera es que, desde hace cuatro o cinco años, los resultados de Google ya no muestran cosas antiguas. Los periodistas que queremos hacer investigación estamos volviendo a las bibliotecas de microfilmes y a las hemerotecas porque ya no podemos encontrar esa información en internet. Y además, la información que aparece puede estar modificada: hoy cualquiera puede pedir que se borre un contenido o que se cambie un nombre.
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Existen también técnicas como el SEO —por ejemplo, las que utilizó Jeffrey Epstein— para enterrar resultados negativos. Es decir, lo que encontramos en la red ya no es necesariamente lo más relevante, sino aquello que alguien con recursos quiere que leamos.

La segunda razón es que los medios de comunicación trabajan cada vez más para obtener tráfico. Como hay pocas suscripciones, se escribe para plataformas como Google Discover y no para los lectores. Eso genera una homogeneización de contenidos y de enfoques: todos los medios titulan y producen en función de las reglas de visibilidad de las plataformas. El papel queda fuera de esa lógica. Permite escribir con mayor libertad, incluso con títulos menos evidentes o más poéticos, sin depender de esos algoritmos. En ese sentido, el soporte físico se convierte en un refugio para el autor que quiere mantener su independencia.
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—Venís del mundo informático y de una internet que prometía horizontalidad y memoria. ¿Ese modelo desapareció?
—Eso ha desaparecido totalmente y ya es inencontrable. Hoy intentas buscar información concreta de los blogs de los años 2000 y no encuentras nada: no hay ese repositorio. Incluso la Wayback Machine fue atacada muchas veces para borrar contenidos, y aun así lo que conserva es mínimo. Ese reservorio, tal como lo pensábamos, está prácticamente desaparecido. Pero además hay un cambio más profundo. Cuando empezó internet, la gente escribía para dar su opinión, para organizarse, para crear. Era una web horizontal, donde cada uno aportaba su grano de arena en conversaciones, muchas veces de forma anónima. Hoy todo es transaccional: la gente escribe para vender algo, su imagen, su empresa o su libro.
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En redes como Instagram, el objetivo es conseguir seguidores. Eso cambió también el mundo editorial: ya no se busca a los autores por su calidad literaria, sino por la cantidad de followers que tienen. Entonces el escritor tiene que construir una identidad pública para ser visible y para que una editorial le preste atención. En ese proceso, se corrompe la meritocracia intelectual.
Cuando el margen es el centro
Desde Sevilla, el autor del libro, creó una de las revistas culturales de habla hispana más reconocidas: Jot Down. Con la publicación impulsó a comienzos de la década de 2010 un proyecto editorial que combinó, desde su origen, una comunidad digital activa con una posterior edición en papel de largo aliento, centrada en entrevistas, ensayos y crónicas culturales de profundidad.
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El surgimiento de la revista coincidió con un momento crítico para los medios impresos y una profunda transformación en la industria cultural. En ese contexto, un grupo radicado en el sur de España desarrolló un modelo que priorizaba la gestión propia de la tecnología —desde la web hasta la infraestructura— y la construcción de audiencia antes de dar el salto a la edición impresa.
Esta transición fue diseñada como respuesta tanto a la crisis del papel vivida entre 2010 y 2011 como a las restricciones económicas del periodismo cultural, donde el “control de gastos es central”.
Ángel dice que es de Sevilla y enseguida aparece una escena de los primeros años del proyecto: una identidad desplazada. Durante un tiempo, el equipo alquiló una oficina en Barcelona y se presentó como una iniciativa nacida allí. La decisión no respondía a una cuestión logística sino simbólica: de Barcelona se esperaba que surgiera algo “cool”, mientras que Sevilla quedaba, en ese imaginario, fuera del circuito cultural dominante.

Durante cinco años, el público creyó que Jot Down era una revista catalana. Ese desvío inicial funcionó como una plataforma de posicionamiento. Con el tiempo, la procedencia real se hizo explícita: un proyecto distribuido, con base material en Sevilla, donde siguen estando las oficinas y el almacén.
El rol del informático con mirada social
El autor de Contralgoritmia se formó como informático, desarrolló páginas web y asumió desde el inicio un rol empresarial. No depender de terceros para sostener la infraestructura técnica permitió que el proyecto creciera sin aumentar sus costos estructurales. La escala fue un punto de inflexión: pasar de mil a quinientos mil usuarios no implicó un gasto adicional.
En quince años atravesaron tres crisis, la última en 2024, marcada por las dificultades para sostener colaboradores, infraestructura y producción periodística en condiciones.

En ese recorrido, la figura del informático aparece como un actor particular dentro del ecosistema social: alguien que no proviene, en general, de las estructuras tradicionales de poder —familias de abogados, jueces o militares— y que por eso puede operar con mayor independencia. Ángel menciona ejemplos como Edward Snowden o WikiLeaks para ilustrar cómo el acceso a los datos y a los sistemas puede tensionar jerarquías establecidas. Casi una autodefinición de un espíritu hacker en su propia formación. En una empresa, dice, el informático es quien puede ver las nóminas, los movimientos, las capas invisibles del funcionamiento interno. Un lugar muchas veces subestimado, pero con capacidad disruptiva.
Su formación académica también se reparte entre dos ciudades. Estudió informática en Sevilla y más tarde cursó psicología a distancia en la UOC, en Cataluña. Ese cruce entre técnica, empresa y comprensión de los comportamientos atraviesa su mirada sobre el presente y, en buena medida, explica el modo en que pensó y sostuvo el proyecto editorial.
—¿Cómo se engaña al algoritmo?
—Hay muchísimas maneras. Te pongo un ejemplo: en Europa se utiliza mucho Filmin, una plataforma de cine independiente. Cuando pedís una recomendación, se basa en tu historial, que es lo esperable. En cambio, plataformas como Netflix trabajan con tu huella digital completa.
Si detectan que atravesaste una ruptura emocional, te sugieren contenidos acordes a ese estado; si registran que hubo un conflicto familiar, te recomiendan materiales vinculados a esa situación. Todo está mediado por tu huella digital. Eso implica que la manipulación no es solo comercial, también puede ser ideológica: los sistemas conocen tus miedos y pueden amplificarlos. En una campaña política, por ejemplo, es posible reiterar esos temores en tu timeline de Facebook, Twitter o cualquier otra red, para orientar tu decisión. Los algoritmos median nuestro conocimiento y además lo reducen.

Por eso, en Contralgoritmia no planteo eliminarlos, sino exigir transparencia: que cada usuario pueda decidir si quiere estar mediado por un algoritmo y, en caso de aceptarlo, saber cómo funciona.
—En el libro hablás de las comunidades. ¿Cuál es la importancia de revalorizar los foros y los espacios de conversación semiabiertos o semicerrados?
—La clave está en recuperar la diversidad de perspectivas. Si te informas a través de Google Discover, ese sistema ya sabe lo que te interesa y te muestra más de lo mismo. Si en un momento estás investigando sobre energía solar, vas a ver solo contenidos sobre ese tema y perdés el resto del panorama.
En cambio, en un foro o en un agregador como Menéame, son los usuarios quienes determinan qué es relevante. Cuando entras, te encuentras con noticias que coinciden con tus ideas y otras que las contradicen, y también con distintas formas de argumentar. Esos espacios permiten recuperar la exposición a lo diverso y sostener una conversación pública más amplia, algo que los entornos algorítmicos tienden a restringir.
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