
Al principio me resistía. Como les sucede a casi todos los que superamos largamente los sesenta, me parecía una ofensa que me cedieran el paso o que me ofrecieran el asiento después de darme una rápida y juiciosa mirada. Comentarios como “qué le servimos, madre” me ponían de los pelos, directamente. Ahora, empiezo a disfrutar sin segundos pensamientos de ciertas prerrogativas que me da el cabello gris.
Vivo desde hace unos años en una provincia andina argentina. Acá todavía los jóvenes vienen con una educación de cuna que les enseña cierto respeto por la abuelidad. Levantarse para ceder el asiento en el ómnibus, dejar pasar adelante en la fila a mujeres y hombres añosos, ofrecer ayuda cuando consideran que alguna tarea resulta difícil.
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Hace poco, por ejemplo, aunque me manejo bastante bien con la informática, recibí por parte de la empleada de atención al público de una clínica la oferta de darme una mano, en realidad, de hacerlo por mí, cuando necesitaba actualizar la aplicación de la obra social de las personas jubiladas. Como tenía que hacerlo rápido para dar lugar a los que estaban detrás de mí, puse sin vacilaciones mi teléfono celular en sus manos, agradeciéndole el gesto, sin complejos.
Algunas expresiones hasta merecen una propina generosa: “¿Qué van a pedir, chicos?”, cuando estamos en un grupo de mayorcitos. O ¿“le traigo la cuenta, señorita”? No sé si para esto entrenan a los meseros, pero que es una buena estrategia de márketing, puedo asegurar que lo es. Voy a volver a este café para que me digan chica o señorita otra vez.
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Al vivir ahora rodeada de cerros y montañas, pude muy pronto integrar algún grupo de trekking. Desde las primeras salidas confirmé esta tendencia a preocuparse por los “veteranos”.

El guía estaba muy atento a mi forma de caminar en los senderos, y ofrecía la mano o el brazo cuando el terreno se ponía difícil. Al principio, no me gustaba sentirme en el lugar de “la señora que tenía problemitas”, pero pronto empecé a interpretarlo como “merecés especial atención y sos parte de este grupo que está a mi cargo”. Es más, en la primera incursión por el lecho de un río, donde sin saberlo yo era de lejos la más mayorcita, tuve el privilegio de que algún joven amable me hiciera prácticamente “upa” para subir a una roca muy alta… ¿Ofenderme? ¿Por qué? Empecé pronto a entender que esto significaba que no renegaban de mi presencia en el conjunto.
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Por supuesto, todo tiene su límite. Como dije antes, un “madre” o un “doñita” no pueden ofender. Acá en el interior no se trata a las mujeres de “abuela”, menos mal. Pero en una ocasión, un joven que no era de los habituales en mi grupo me esperó al final del camino con un “y, ¿qué tal, viejita?” Y ahí se las tuvo que ver con una señora indignada: ese es mi límite, le dije, mientras el pobre, rojo como un tomate, balbuceaba que me lo había dicho cariñosamente.
Pero las ventajas de lucir canas y arrugas (a estas últimas las disimulo todo lo que puedo) no se terminan acá. Hace un tiempo fuimos solas con una amiga a hacer un sendero muy pintoresco que queda cerca de una villa turística en la precordillera. Resulta que el ómnibus nos dejaba bastante lejos del comienzo, y con gran resolución decidimos caminar todo el trecho de carretera que nos faltaba. Estábamos llegando a la parte más alta de la ruta, donde además teníamos que superar una curva pronunciada, cuando un vehículo flamante se detuvo. El chofer, un joven muy amable, que viajaba con su pareja, bajó la ventanilla y nos ofreció llevarnos hasta donde fuéramos. Aceptamos gustosas, porque ya los pulmones y las piernas no nos daban para más.
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Al regreso de nuestro trekking, y cuando con toda valentía nos largamos a hacer el camino de retorno a la parada de ómnibus, se detuvo otro vehículo con dos jóvenes a bordo. Nuevamente el ofrecimiento de acercarnos a donde fuéramos. Eran bonaerenses que hacían un alto en el trabajo que habían venido a hacer en la provincia vecina. Con mi amiga, comentábamos luego “capaz que si hacíamos dedo no nos levantaba nadie, ahora debemos estar dando lástima…”.
Pero no. Hace muy poco, sin ir más lejos, volví a comprobar que las canas rinden su fruto. Fui a la montaña con una amiga británico-alemana que vino a visitarme y que me supera ampliamente en edad (y en energía, por qué no decirlo). Resulta que al regreso de la incursión estábamos a pleno sol en la ruta esperando un micro que iba a tardar por lo menos un par de horas, y se me ocurrió esta vez sí pedir auto stop. En apenas cinco minutos, una camioneta doble cabina con patente de Chile pegó la frenada y aceptó llevarnos, no solo hasta donde íbamos sino hasta una localidad cercana a mi domicilio. Dispuesta a entablar conversación con el amable trasandino, tuve la agradable sorpresa de enterarme de que se trataba de uno de los numerosos argentinos que residen y trabajan allende la Cordillera. Fue la ocasión de mantener una charla encantadora con este joven profesional de la medicina, que me resultó muy esclarecedora acerca de la situación en el vecino país y de las razones por las cuales muchos compatriotas se radican allá. ¿Habría detenido el vehículo si no nos hubiera visto la cabellera? La pregunta me va a seguir rondando, pero no deja de confirmarme que la edad no es necesariamente un impedimento para emprender nuevas aventuras. Allá vamos, entonces.
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