La noche que Robert Piest salió de la farmacia donde trabajaba para explorar una oferta laboral aparentemente inocente, estaba dando el paso final hacia un destino brutal que conmocionaría a Estados Unidos.
Ese encuentro, en un suburbio frío de Chicago, no solo acabaría con la vida de un adolescente ejemplar, sino que pondría fin a la impunidad de uno de los asesinos seriales más prolíficos del país, desvelando un entramado de abuso y muerte oculto tras la sonrisa de un payaso comunitario, llamado John Wayne Gacy.
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La tarde del 11 de diciembre de 1978, Robert Piest tenía una plan sencillo: cumplir con su turno como empleado en una farmacia y volver junto a su familia para celebrar el cumpleaños de su madre.
Según narra People, Robert, de 15 años, era un estudiante aplicado de Maine West High School y apreciado por sus compañeros y superiores.
Mientras terminaba su jornada, escuchó sobre un posible trabajo de verano, ofrecido casualmente por un contratista que visitaba la farmacia para presupuestar una remodelación. Motivado por la promesa de un sueldo considerablemente mayor al que ganaba, Robert decidió consultar con su madre antes de hablar con el contratista, identificado como John Wayne Gacy.
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Gacy era visto en el barrio como un empresario exitoso, dueño de una empresa constructora y frecuente animador de eventos locales vestido como payaso.
Detrás de esa fachada apacible, ocultaba una cadena de crímenes que la comunidad ignoraba por completo: desde 1972, había violado y asesinado a más de treinta jóvenes y adolescentes, casi siempre mediante engaños laborales o promesas de ayuda.

El encuentro entre ambos tuvo lugar minutos antes de las nueve de la noche.
Según Chicago Tribune, Robert le indicó a su madre que aguardara en el auto porque iba a conversar brevemente con “ese contratista” acerca de una oportunidad de trabajo.
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Tras pasar el tiempo y al notar la ausencia de su hijo, Elizabeth Piest, alarmada, organizó una primera búsqueda junto a familiares y la compañera de Robert, Kim Byers, rastreando los alrededores de la farmacia en la nieve.

Las huellas y marcas de neumáticos en el hielo fueron las únicas pistas, y tras constatar que Robert seguía sin aparecer, la familia inmediatamente denunció su desaparición ante la policía local.
Según detalla All That’s Interesting, lo que la familia ignoraba era que, para cuando dieron aviso, Robert ya había sido asesinado. Gacy, que acostumbraba manipular y someter a sus víctimas bajo el truco de las esposas y luego estrangularlas con una cuerda, llevó a Robert a su casa en las afueras de Chicago, donde perpetró el crimen.
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El propio asesino describiría ante la justicia, tiempo después y con frialdad, cómo ejecutaba ese procedimiento para garantizar el control total sobre sus víctimas, combinando abuso sexual y asfixia progresiva.

El caso tuvo un giro crucial gracias al compromiso del teniente Joe Kozenczak, policía de Des Plaines con vínculo personal al entorno escolar de Piest.
De acuerdo a Chicago Tribune, Kozenczak insistió desde el primer momento en tratar la desaparición como potencial delito grave, contradiciendo la percepción extendida, como señala Oxygen, de que la mayoría de estos casos eran “fugas juveniles”.
La investigación policial, al día siguiente, centró la atención en Gacy, quien primero admitió haber visitado la farmacia, pero negó cualquier contacto con la víctima.
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Su coartada comenzó a resquebrajarse con el hallazgo de un comprobante de revelado fotográfico que una compañera había colocado en el abrigo de Robert: ese recibo, hallado en la casa de Gacy, fue la primera evidencia material que lo vinculó directamente con el muchacho desaparecido.
Oxygen describe cómo la policía, siguiendo nuevos indicios y al percibir un olor fétido procedente del subsuelo al encender la calefacción, obtuvo nuevas órdenes de allanamiento.
Finalmente, los agentes hallaron restos humanos en el espacio de rastreo bajo la casa, desenterrando lo que quedaban de 29 cuerpos, mientras que Gacy confesó haber arrojado otros cuatro, entre ellos a Robert Piest, en ríos cercanos.
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El caso de Robert Piest fue central para los fiscales y la opinión pública porque mostró que ninguna familia, por más ejemplar que fuera, estaba a salvo mientras Gacy anduviera libre.
Gacy fue condenado en 1980 por el asesinato de 33 jóvenes y adolescentes, fue sentenciado a muerte por 12 de esos crímenes y pasó 14 años en el corredor de la muerte.
El 10 de mayo de 1994, en la prisión Stateville Correctional Center de Illinois, su vida terminó por inyección letal, después de haber atraído sobre sí atención mediática hasta el último minuto.
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