
El 12 de mayo, la empresa de empleo global G-P publicó su tercer reporte anual AI at Work. La cifra que se llevó los titulares fue una sola: el 82% de los ejecutivos encuestados admite que la inteligencia artificial bajó el valor que le asigna a sus empleados humanos. El relevamiento cubre a 2.850 líderes de nivel vicepresidente o superior en Estados Unidos, Alemania, Singapur, Australia y Francia.
La lectura fácil es la de siempre. La máquina avanza, el humano sobra, el jefe lo nota. Una consecuencia natural del progreso.
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Pero el mismo reporte trae otro número que desarma esa lectura. El 73% de esos ejecutivos dice que la IA no cumplió sus expectativas. El 69% pasa cada vez más tiempo simplemente vigilando lo que la IA produce, una tarea que el reporte llama hidden tax: el impuesto oculto de la adopción. El uso “agresivo” de IA para innovar cayó del 60% al 42% en un año. Y el 44% espera que la burbuja de la IA estalle antes de fin de año.
Entonces la pregunta cambia. Si la herramienta defraudó, ¿por qué el que perdió valor fue el empleado?
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El que cambió de actitud no es el trabajador, es quien firma su sueldo
Durante tres años, el relato dominante puso el problema del lado de abajo. El empleado que se resiste, que usa la IA “de manera performativa”, que no se adapta. El reporte de G-P recoge esa sospecha: el 88% de los ejecutivos cree que su gente simula usar la IA sin aportar valor real.
Pero los números invierten la escena. El que compró una tecnología cara, el que prometió retorno a su directorio, el que ahora vigila outputs en lugar de delegar, es el ejecutivo. La inversión no cumplió. Y ahí, a mi lectura, está el desplazamiento: la conclusión que sacó buena parte de ese management no fue “fallé al implementarla”, fue “el humano que tengo al lado vale menos”.
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La frustración con una apuesta propia se transformó en una reevaluación del activo ajeno.

La devaluación llegó antes que el reemplazo
Conviene ser preciso con lo que el reporte dice y lo que no dice. G-P no midió despidos. No midió productividad real. Midió percepción: le preguntó a ejecutivos cómo ven a su gente, y el 82% contestó que la ve con menos valor que antes.
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Eso no es un dato sobre el mercado laboral. Es un dato sobre la cabeza del management.
Y ahí está, a mi lectura, lo que importa. El reemplazo masivo que se anuncia desde 2023 todavía no ocurrió. Los estudios serios sobre empleo y salarios siguen mostrando efectos agregados chicos o nulos. Pero la devaluación simbólica ya pasó. El empleado todavía está en su silla, todavía cobra, todavía produce. Lo que cambió es que quien decide su futuro ya lo mira distinto, y lo mira distinto por una herramienta que ni siquiera funcionó como prometía.
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El daño no necesitó que la IA fuera buena. Le alcanzó con que fuera cara.
Un detalle sobre quién cuenta esta historia
G-P es una empresa de employer of record: ayuda a compañías a contratar trabajadores en otros países sin abrir una filial. Vende, entre otras cosas, su propio agente de recursos humanos con IA. El reporte es, en parte, una pieza de marketing.
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Eso no anula los datos, pero sí obliga a leerlos con cuidado. Una empresa que vive de colocar talento humano a través de fronteras tiene un interés concreto en mostrar que ese talento sigue siendo necesario. Y aun así, su propio relevamiento dejó salir el 82%. Cuando el número incómodo aparece incluso en el reporte de quien tendría motivos para suavizarlo, conviene tomarlo en serio.

Lo que el lector debería registrar
La pregunta que casi todos se hacen es si la IA los va a reemplazar. El reporte de G-P sugiere que esa es la pregunta equivocada, o por lo menos la prematura.
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La pregunta de hoy es otra. Es si el jefe que aprobó un presupuesto de IA que no rindió va a procesar ese fracaso como un error de gestión propio o como una prueba de que la gente a su cargo pesa menos. El 82% ya contestó. Y esa respuesta no depende de que la tecnología mejore. Depende de cómo el management elija explicar su propia decepción.
La IA no devaluó al empleado. Lo devaluó el ejecutivo que la compró, no obtuvo lo que esperaba, y necesitaba que el costo de esa cuenta lo cargara alguien que no fuera él.
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