En un artículo reciente hecho por The Hollywood Reporter, se analizaba el éxito de películas independientes que han batido récords de taquilla en Estados Unidos, como Backrooms u Obsession. En esa especie de encuesta, se preguntaba a jóvenes pertenecientes a la Gen Z por qué preferían estas ficciones a los blockbusters.
La respuesta era clara: las nuevas generaciones están cansadas de ver siempre repetidas las mismas fórmulas, de sentirse estafadas con las ficciones y quieren algo nuevo y fresco con lo que sentirse identificadas.
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Por esa razón, esa vía de mezclar productos que han sido rentables y lo suficientemente explotados para hacer copias miméticas casi generadas por IA y en las que no hay una pizca de riesgo ni de personalidad debería de terminarse definitivamente ya.
Ya no sirven los malos cócteles
Y es que ya no sirve combinar en una coctelera Élite y The White Lotus (y a ver qué sale), porque se ven tan a la legua las intenciones que no va a funcionar confeccionar una producción tramposa prefabricada, sin alma, sin entidad, sin ganas, hecha con retazos de saldos de un bazar en decadencia.
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Así es Oasis, la nueva apuesta de Netflix para el ‘veranito’ ambientada en un resort de lujo en el que un grupo de adolescentes se enfrentará a la desaparición de una compañera en circunstancias misteriosas que ellos, por sus propios medios, y dada la incompetencia de los adultos, intentarán resolver. Un whodunit teen absolutamente inenarrable pero, eso sí, con muchas dosis de ‘postureo’.

La ficción consta de ocho episodios y sitúa el centro del relato en Celia (Victoria Kantch), trabajadora del complejo e hija de su director (Unax Ugalde), cuya desaparición activa el cierre policial del establecimiento. A partir de ahí, la búsqueda recaerá sobre Helena (Ana Garcés), su mejor amiga, y Dani (Tomy Aguilera), un huésped que había iniciado un vínculo sentimental con ella menos de 48 horas antes. Todo muy rápido y muy intenso.
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Hay muchos protagonistas, un reparto muy coral, una mezcla entre novatos y veteranos (con Mercedes Sampietro, Paco Tous o Alicia Borrachero), pero todos están descritos a través de pinceladas tan breves como ‘reduccionistas’, de modo que cada una de las presencias no para de dar vueltas sobre sí misma a lo largo de toda la serie, aunque siempre el guion se reserve un ‘girito’ final para expiar sus supuestos pecados a base de ‘moralina’.
Un batiburrillo indigesto y ‘viejuno’
El vacío que contiene Oasis es cósmico y sideral: las tramas son una absoluta tontería, incapaces de sostener una trama mínimamente coherente, los registros están forzados hasta parecer una comedia burda, las voces en off de cada uno de los capítulos parecen sacadas de un libro de autoyuda desfasado y solo queda en el aire un puñado de ‘niñatos’ ricos y tontos viviendo experiencias ridículas imposibles de defender.
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Hay tríos amorosos de ‘chichinabo’, profesores de golf cazafortunas, romances ‘intergeneracionales’, trapicheos con drogas, todo dándole una importancia que en realidad no tiene. Y, sobre todo, atención a esos dos jóvenes que nunca sabremos por qué están dispuestos a sacrificar su vida por una empresa (buscar a la chica desaparecida) que no les corresponde.
En realidad, da un poco igual de lo que vaya Oasis, es todo tan superfluo que no merece la pena escarbar más en la miseria de la propia serie, porque ni siquiera tiene la capacidad de ser un poco ‘autoconsciente’ y apostar por lo directamente ‘camp’, por el cachondeo banal y punto, porque todas las tramas, por muy cazurras que sean, bien que se lo toman en serio.
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Quedan, eso sí, los cuerpos perfectos de todos los muchachos, las marcas de ropa de lujo, las sonrisas delineadas, las copas margaritas a todas horas y un estilo de vida de lo más nocivo sacado de las influencer de Instagram, porque la crítica social que propone entre ricos y trabajadores es una cuestión a olvidar, porque no existe.
En definitiva, otra serie hecha para ocupar un espacio en la ‘cartelera’ de Netflix veraniega, hecha por gente mayor para los jóvenes, personas que utilizan algoritmos para empaquetar un producto y que sin duda no tienen ni idea ya de cuáles son los gustos o preferencias de las personas a las que se dirigen, demostrando que se encuentran en una fase que roza lo carcamal.
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