Nos encontramos ante un año que podría servir como punto de inflexión no solo para el cine de terror, sino para la industria cinematográfica en general. Y es que dos películas de jóvenes talentos surgidos del ámbito de YouTube han conseguido revolucionar el panorama con sus propuestas de bajo presupuesto y repletas de ideas, frescura y creatividad.
Y es que las nuevas generaciones están hartas de productos prefabricados, de la enésima nueva parte de una franquicia infinita cuyas fórmulas están agotadas, y buscan algo diferente que conecte con sus necesidades audiovisuales y, por qué no, con sus ansiedades cotidianas.
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En ese sentido, Kane Parsons con Backrooms y Curry Barker con Obession han venido a abrir una nueva vía que ya estaba presente en directores como Jordan Peele o los hermanos Philippou. Adiós al terror elevado, hola a los miedos que surgen de nuestra propia sociedad y que reflexionan sobre nuestro tiempo a golpe de ironía y muchas dosis de mala leche.
Obsession se erige como la joya de la corona del año: una película que parte de esquemas clásicos para modernizarlos y darles la vuelta desde una perspectiva absolutamente actual e iconoclasta.

Una trama repleta de capas
La trama sigue a Bear (Michael Johnston), un empleado de una tienda de música obsesionado con su compañera Nikki (Inde Navarrette). Su frustración es tan grande que toda su vida gira en torno a la imposibilidad de conquistar a la joven. Y aquí entrará el elemento sobrenatural que la entronca con la tradición del género: el talismán al que pedir deseos que puede convertirlos en una realidad que se transforma en pesadilla, castigo y condena.
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Y es que, a partir del momento en el que se active el hechizo, Nikki, efectivamente, solo tendrá una prioridad en su vida: Bear. Pero no se trata de la verdadera Nikki, sino de una versión sometida y violentada.

Así, el deseo amoroso insatisfecho, que casa a la perfección con las doctrinas ‘incel’, se convertirá en una espiral de opresión a través de un conjuro que tiene que ver con las fantasías masculinas más perversas. O, lo que es lo mismo, tener a una mujer esclavizada a su entera voluntad, manejada como un títere que responde a un control insano.
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A través de ese planteamiento, Curry Barker compone una intriga absorbente y tan juguetona como escalofriante alrededor de las relaciones tóxicas, la violencia sexual, la pérdida de identidad a través del engaño y el amor invasivo que generará un apego asfixiante y turbador a modo de maldición demoníaca.
Mínimos recursos para sacar el máximo partido
Que la película haya costado tan solo 750.000 dólares no es un hecho baladí. Barker sabe exprimir los mínimos recursos con los que dispone a través de soluciones visuales básicas pero eficaces, como ocultar a la protagonista en la oscuridad del encuadre, trabajar con el brillo de los ojos, alterar elementos del decorado para intensificar la inquietud o el uso de plano cerrado o la evolución del vestuario y la voz de la protagonista, que va en paralelo con el progresivo deterioro de su salud mental.
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La cuestión es que, a lo largo de su metraje, la película no da tregua a la hora de seguir aportando capas que van redefiniéndola de manera constante: de la comedia romántica ‘creepy’ al terror insano, pasando por el humor más negro y la incomodidad constante que culmina con un último acto en el que aflora el gore y la asfixia tanto atmosférica como moral.

Obsession tiene todos los elementos para convertirse en una película de culto inmediata, no solo por el consenso y la conversación que ha generado entre el público, sino porque es al mismo tiempo inteligente y gamberra, contiene muchas dosis de atrevimiento y también mucha pasión por el género. Pero, sobre todo, porque no se limita a copiar, sino que apuesta por hacer algo diferente y desquiciado dentro de un universo audiovisual predecible y en estado comatoso.
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