Espermatozoides, bolas de ping-pong, supervivientes del Holocausto y viejas estrellas de Hollywood. Mafiosos y perros rabiosos, empresarios vampiros, collares y ojos morados, viajes a Londres, a Japón o al mismísimo infierno. Es difícil combinar tantos elementos sin aparente relación entre ellos, pero Marty Supreme es una coctelera tan extraña como fascinante, en la que todo funciona por empuje, carisma y un increíble talento a la hora de narrar, casi el mismo que derrocha su protagonista sobre la mesa.
Inspirada libremente en la figura de Marty Reisman, uno de los grandes jugadores en la historia del tenis de mesa de EEUU, la película narra el ascenso y caída de Marty Mouser (Timothée Chalamet), un habilidoso jugador de ping-pong con una ambición desmedida. En la Nueva York de los años 60, Marty busca abrirse camino como jugador profesional de tenis de mesa, pero necesita conseguir dinero lo antes posible para realizar el viaje a Japón que le permita disputarle el título a Endo Koto (Koto Kawaguchi), el campeón del mundo. Comienza entonces un largo camino que le lleva a meterse en líos de lo más variopintos, empezar un affaire con una vieja leyenda de Hollywood (Gwyneth Paltrow) mientras que negocia con su marido (Kevin O’Leary) un patrocinio en el mundo del ping-pong y mantener a su madre y a su vecina Rachel (Odessa A’zion), la cual asegura estar embarazada de Marty.
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Para entender el frenetismo en el que se mueve Marty hay que mirar el director del filme, Josh Safdie, y sobre todo las anteriores películas que había firmado junto a su hermano Benny antes de su ruptura. Los personajes anárquicos, escenarios encuadrados en barrios marginales y sobre todo una narración in crescendo que termina con un gran clímax habían sido marca de la casa en títulos como Good Time o Diamantes en bruto, y aquí el ping-pong es una excusa perfecta para imprimir ese dinamismo a la historia y los personajes que la pueblan.

Sueña a lo grande. Filma a lo grande
Un elenco de protagonistas escogidos de una forma nada casual, desde Timothée Chalamet como alguien joven, ambicioso y dispuesto a todo con tal de obtener el éxito, Gwyneth Paltrow como una estrella venida a menos que parece buscar la aprobación del público, Odessa A’zion como una joven que sabe más de lo que aparente o Abel Ferrar como un mafioso tan imponente y perturbador como los que ha filmado siendo director. Cada uno parece escogido a dedo por un propósito concreto, incluso los que no vienen directamente del cine como el rapero Tyler The Creator como el taxista Wally o Luke Manley —un joven que se hizo viral en internet— como el amigo de Marty que le propone monetizar su idea de hacer las bolas naranjas.
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A diferencia de su hermano, quien el año pasado propuso un ritmo más pausado y centrado en el agotamiento antes que en la espectacularización con The Smashing Machine, Safdie sigue leal al estilo de Diamantes en bruto. Si en aquella Howard Ratner era un vendedor de joyas judío capaz de hacerse millonario y endeudarse en cuestión de segundos, en esta Marty pasa de estar jugando al ping-pong en Londres a verse en un hotel de mala muerte siendo perseguido por una banda. La única certeza es que la película busca ser un espejo de su deporte, pero todo lo demás es pura imprevisibilidad.
Al igual que en Diamantes en bruto, Safdie le entrega los mandos de la partitura a Daniel Lopatin, compositor y músico que procede del mundo de la electrónica y que dota a Marty Supreme de una atmósfera anacrónica pero que a la vez casa con la personalidad casa con la personalidad de Marty. La película emplea temas de los ochenta —Tears for Tears, New Order, Alphaville— para una historia ambientada veinte años atrás y, sin embargo, funciona por esa idea de que Marty se siente un joven adelantado a su tiempo, que no puede parar de correr hasta quedarse sin aliento.
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Timothée Chalamet para la eternidad
En esa idealizada huida hacia delante de Marty hay también mucho discurso cultural, especialmente en contraposición a la modestia y sobriedad de Oriente encarnada en el habilidoso Endo. Más que una némesis de Marty, este se representa como un modelo contrapuesto de éxito, el único personaje luminoso y recto en un relato lleno de figuras grises y de dudosa ética. El casting es acertado, desde luego, pero nada de ello sería posible sin el arrojo de Chalamet, quien lleva el peso de una película que podría flaquear en los hombros de casi cualquier otro actor. Más allá de su sobrada preparación para el ping-pong, el actor añade una capa más a su registro al ponerse en la piel de un personaje que ya ni inspira la ternura de los anteriores —Call me by your name, Beautiful Boy— ni posee el título y el poder —Dune, Un completo desconocido— que lo avalen.
Marty es, en definitiva, el vivo retrato del soñador incansable, de un perdedor que podría dedicarse al ping-pong como al boxeo o las finanzas, pues tan solo es una excusa para tener algo que perseguir en esta nueva pesadilla capitalista de Safdie. Quizá aquí exista una ventana más grande a la redención, pero no deja de ser un increíblemente divertido descenso a los infiernos lleno de pelotas naranjas.
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