
Esta semana se estrena Si pudiera, te daría una patada. Se trata de la ópera prima de Mary Bronstein y se centra en una madre que ya no puede más, que está superada por las circunstancias y que está enfadada con el mundo porque está muy sola y nadie es capaz de entenderla.
Poco a poco, el cine ha ido incluyendo en sus narrativas las perspectivas de las madres que se encuentran al borde del colapso, ya sea por la depresión posparto o por los múltiples problemas que se derivan de la precariedad emocional en torno a los cuidados.
En estos últimos tiempos hemos tenido ejemplos significativos que se adentran en ese universo de la maternidad que se aleja de los cánones predeterminados en torno a lo idílico. Podríamos citar Tully, con Charlize Theron, o La hija oscura, adaptación de la novela de Elena Ferrante por parte de Maggie Gyllenhaal y, en casos muy extremos, Tenemos que hablar de Kevin, durísima novela (y película), que nos dejaba absolutamente en shock: ¿y si tu hijo pudiera ser un monstruo?
Madre: ¿víctima o monstruo?
No es casualidad que la directora Lynne Ramsay, responsable de la adaptación de la perturbadora obra de Lionel Shriver, se haya interesado por el texto de Matate, mi amor, de Ariana Harwicz, uno de los relatos más tremebundos jamás escritos en torno a la maternidad. Un texto descarnado, en el que la mujer se pone en el filo de la navaja a la hora de relatar su propia historia como alguien que se encuentra al margen de lo establecido, casi en su esencia más salvaje y totalmente alejada de lo que debería ser una madre perfecta.
Tanto el personaje de Grace (interpretado por Jennifer Lawrence) en Die My Love como el de la protagonista de la película de Mary Bronstein, Linda (una apabullante Rose Byrne), tienen mucho en común: ambas se encuentran sobrepasadas por las circunstancias, desbordadas por la crudeza de la maternidad y por la soledad a la que se enfrentan teniéndose que hacerse cargo de todo.
Linda, tiene una hija con una enfermedad ‘rara’ que tiene que alimentarse por las noches conectada a una máquina. La aparición de un agujero en el techo de su casa, que la inundará por completo, será uno de los detonantes para que la espiral de locura se instale en sus vidas.
Ella y su hija enferma, tendrán que trasladarse a un motel y la vida de Linda entrará en una especie de pesadilla constante, como si se tratara de una distorsión lisérgica de la realidad a la que no puede hacer frente, aunque ella misma sea psicóloga y, en teoría, debería tener las herramientas para cuidar de su salud mental.
La salud mental en debate
Es una de las cuestiones que abordan ambas películas, cómo salir de ese pozo de ansiedad, pánico y aturdimiento dentro de sus circunstancias. De hecho, una de las pacientes de Linda, escapará de sus obligaciones y abandonará a su hijo porque está al límite y nadie es capaz ni de entenderla ni ayudarla.
Tanto Si pudiera, te daría una patada como Die my Love se muestran como dos experiencias desgarradoras, incómodas y de lo más crudas. Las vivencias, traumas y el sufrimiento psicológico de las protagonistas se encuentra en primer término, hasta el punto de que sus respectivos hijos están, en la mayor parte de los casos, fuera de foco. Ambas tienen un agujero en su interior que no son capaces de tapar, pero aquí no se trata de juzgarlas, sino de ponerse en la piel de mujeres aisladas, incomprendidas, permanentemente alerta y siempre condenadas por la sociedad.

Hay también una película reciente que abordaba esta misma temática, pero desde un punto de vista de género fantástico. Se trata de la adaptación de la novela de Rachel Yoder que llevó a cabo otra mujer, Marielle Heller, Canina.
En ella, Eva (encanada por Amy Adams), también tiene que hacer un parón en su vida profesional para ‘maternar’. Sin embargo, su espacio doméstico (descrito como un infierno en cada una de estas películas) se transformará a partir de que comience a sentir una serie de instintos animales que la convertirán, literalmente, en una perra que cuida de su cachorro.
Una transformación física que entronca con algunas propuestas dentro del cine de terror en el que las identidades femeninas se transforman para alcanzar una nueva forma, algo que nos lleva desde propuestas más radicales como Titane o Swallow.
Por último, una de las películas mejor valoradas de la temporada de premios, es otra adaptación, en este caso de una novela de Maggie O’Farrell en la que se pone el foco en la que fuera la mujer de William Shakespeare y en la traumática experiencia que tuvo que sufrir al perder a su hijo, Hamnet, que terminaría dando lugar a una de las obras más emblemáticas del autor, Hamlet.
De nuevo, Agnes (impresionante Jessie Buckley) estará sola y tendrá que vivir el duelo de la muerte de su hijo sin apoyos, mientras su esposo se hace un nombre dentro del teatro británico, mientras que ella queda circunscrita al espacio doméstico en el que debían estar las mujeres. Sin embargo, ella no es alguien convencional, es libre, arraigada a la tierra, a los mitos, que le aportan una perspectiva diferente a la del ama de casa convencional.

Sin embargo, perder a su hijo, también la situará en una situación extrema de la que nadie se hará cargo y tendrá que enfrentarse con el tormento más espeluznante del mundo, que un hijo muera en tus brazos y que ese dolor se quede para siempre contigo.
Es curioso que todas estas películas hayan sido dirigidas por mujeres. Todas son tremendas, pero en ningún caso tremendistas, y se adentran en la psicología femenina como hacía mucho, mucho tiempo que nadie se atrevía a hacer.
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