
Desde que debutó como director con A cambio de nada (2015), a Daniel Guzmán le ha costado sudor y sangre sacar adelante cada una de sus películas. En 2022 estrenó la comedia gamberra Canallas y ahora se adentra en el thriller social con La deuda, que también protagoniza junto a Itziar Ituño.
La deuda gira en torno a Lucas, un hombre sin trabajo que vive con una anciana, Antonia, en un piso de Madrid, hasta que reciben la notificación de que, si no pagan una suma de dinero al banco, serán desahuciados, ya que el edificio ha sido adquirido por un fondo de inversión que pretende convertirlo en apartamentos turísticos.
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Una mala decisión de Lucas, que se encuentra acorralado, lo llevará a la cárcel y a asumir la responsabilidad de una muerte, así como la culpa por lo que ha hecho.
Pregunta: La película parte de situaciones reales y próximas que tienen que ver con la precariedad
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Respuesta: No es que quisiera hablar de forma especifica de la gentrificación ni hacer una película social, sobre todo porque no me gusta moralizar ni ser paternalista ni hacer demagogia. Son simplemente cosas con las que convivo y por eso me salen de manera natural porque están arraigadas en mí. En esta ocasión sí que quería hablar de manera explícita sobre la culpa, una cuestión sobre la que reflexiono a menudo y que me genera muchas preguntas.
Una película sobre la culpa
P: ¿Qué es lo que te interesaba desarrollar en torno al concepto de la culpa?
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R: Yo creo que la culpa nos bloquea. No nos deja realizarnos muchas veces como personas, porque no nos permite equivocarnos, porque según la traición cristiana hay alguien todopoderoso que te juzga. Y a mí no me gusta juzgar. Y cuando lo hago, se me enciende un piloto rojo. Así que tampoco intento juzgar en mis películas. De hecho, el protagonista de La deuda toma decisiones cuestionables, sabes que se está equivocando pero, en el fondo, es humano y hace lo que puede. Además, como carga con esa mochila de culpabilidad, cada vez lo hace peor. En eso me identifico, siempre que intento arreglar algo, tengo la capacidad de empeorar las cosas.
P: En realidad, podrías haber titulado la película como ‘La culpa’
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R: Sí, es verdad, lo que pasa es que, en este caso, la deuda engloba la culpa, porque hay una deuda económica, pero también emocional, una deuda de redención.

P: ¿Tenías claro que querías protagonizar esta película?
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R: En realidad no. Tiene que ver con las circunstancias. Estuve un año buscando al personaje de Antonia, porque requería unas condiciones muy especificas, que fuera una señora mayor dependiente, con movilidad reducida pero que tuviera humor y espontaneidad, agilidad mental. Todo lo que tenía mi abuela lo buscaba en otra persona. Entonces encontré a Charo García y estuve con ella ensayando mucho. Entre los dos se estableció una relación de confianza tanto personal como afectiva que trascendía la ficción. Después de que sufriera un accidente, el rodaje se tuvo que adelantar porque su salud era delicada, así que hacerme cargo del personaje fue la mejor opción.
Humanidad frente a impostura en las redes sociales
P: Una de las características de tu cine es la humanidad de tus personajes, algo que contrasta con el tiempo de cinismo en el que vivimos
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R: Yo creo que tiene que ver con la era digital en la que vivimos. Las redes sociales nos han hecho desconectarnos del mundo, aunque creamos que estamos más conectados que nunca. Las relaciones personales han cambiado y todo se ha convertido en una especie de impostura en la que indudablemente falta la afectividad. La realidad se está devorando a sí misma, todo tiene que ser inmediato, la comida, el sexo, el consumo. En cualquier caso, tengo esperanza.

P: ¿A pesar del aumento de las ideologías de extrema derecha en la gente más joven?
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R: Eso es bastante delicado y peligroso. La juventud es permeable a los discursos de odio, al discurso xenófobo, sexista, machista y patriarcal. Todos ellos están repletos de mensajes vacíos que calan en ese segmento de la población, lo cual es muy preocupante.
P: ¿Cómo llevas tu relación con la industria de cine?
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R: Siempre me he sentido muy querido, pero me da la sensación de que tal y como está el mercado de exhibición, hacer este tipo de cine para las salas ya no tiene sentido. Hay que hacer películas más pequeñas y abarcables o dedicarte a otra cosa. Y te lo digo sin ninguna pena ni derrotismo. Ahora con las plataformas la oferta es brutal y todo se hace para engordar los catálogos. Si encontrara otra cosa que me excitara más, abandonaría el cine sin dudarlo con tal de ser feliz.
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