“Abrí Tiktok por inercia, era como un tic, y me quedé en la cama mirando el techo sin saber qué hacer”: cómo vivió la generación Z el apagón que incomunicó a España

Sin redes sociales ni internet, los jóvenes españoles se enfrentaron cara a cara con su dependencia de las pantallas

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Un teléfono móvil sin señal durante el apagón de red eléctrica (Europa Press)
Un teléfono móvil sin señal durante el apagón de red eléctrica. (Europa Press)

Si algo ha evidenciado el apagón que sufrió hace una semana España es la dependencia de las pantallas de los jóvenes —y los no tan jóvenes—. Ahora todo es digital: pagamos con la tarjeta en el móvil, nos orientamos con aplicaciones como Google Maps y nos entretenemos con las redes sociales. Pero, ¿qué pasa cuando todo eso desaparece?

En las primeras horas del apagón, lo más repetido entre los jóvenes fue un gesto casi automático: desbloquear el móvil y abrir TikTok o Instagram… sin éxito. La desconexión física vino acompañada de una desconexión emocional más profunda. Muchos no sabían qué hacer con su tiempo libre, ni cómo gestionar el silencio digital.

“Yo me levanté, cogí el móvil como cada mañana y abrí TikTok. Lo hice tres veces seguidas, como por inercia, sin ser consciente, hasta que me di cuenta de que no cargaba nada. Ni siquiera tenía claro por qué lo abría, era como un tic”, relata Paula, de 20 años. “Me quedé en la cama mirando el techo. No sabía qué hacer. Sentí ansiedad al no poder ver lo que publicaba la gente en redes. Era como si el mundo se hubiese parado”.

En situaciones normales, Paula pasa unas seis horas al día en redes sociales. “No me considero adicta, pero sí necesito saber qué hacen mis amigas, ver vídeos, reírme un rato. Sin eso, el día se me hizo larguísimo”. Como ella, miles de jóvenes sintieron que, sin notificaciones ni contenido, se quedaban fuera del ritmo social.

El silencio de notificaciones generó un gran malestar emocional. La mayoría de jóvenes consultan su móvil de forma compulsiva: para muchos, perder la conexión es casi como perder su lugar en el mundo. La ansiedad por no estar al tanto de lo que ocurre —la expresión conocida como FOMO o “fear of missing out” (miedo a perderse algo)— fue uno de los sentimientos más compartidos durante la jornada.

“Miraba el móvil cada cinco minutos, aunque sabía que no funcionaba. No podía evitarlo”, explica Ana, de 23 años. “Era como si mi cuerpo necesitara ver algo, cualquier cosa. Me sentía fuera de todo”.

Cuando el móvil deja de ser útil

Para muchos jóvenes, el teléfono móvil ya no es solo una herramienta de comunicación, sino una extensión funcional de su día a día: sirve para pagar, moverse, consultar horarios, comprar entradas y hasta pedir comida. En el apagón, todo esto se esfumó de golpe.

Gente intentando hacer llamadas durante el apagón (Europa Press)
Gente intentando hacer llamadas durante el apagón. (Europa Press)

La batería me duró todo el día porque no podía usarlo para nada”, explica Álvaro, de 22 años. “Intenté pagar el desayuno con el móvil y no funcionaba. No llevaba ni un euro encima porque ya no uso efectivo nunca. Me tuve que ir sin tomar nada.”

Pero lo peor llegó por la tarde, cuando Álvaro intentó volver a su casa en Móstoles desde el centro de Madrid. “El metro estaba cerrado por la caída de energía, los autobuses iban hasta arriba y los taxis no cogían más gente. Me quedé tirado. No sabía cómo volver porque nunca me he aprendido la ruta. Siempre voy con Google Maps o Moovit. Acabé andando sin rumbo hasta que encontré a una señora que me dio indicaciones. Aun así no supe llegar a mi casa, así que hice autostop y me llevó un hombre en su coche. Me sentí torpe, como si me hubieran soltado en una ciudad desconocida”.

Sin ocio digital: redescubriendo el tiempo libre

La oferta de ocio digital quedó paralizada: nada de Netflix, ni juegos online, ni Twitch, ni vídeos en YouTube. Para una generación que ha crecido con pantallas como refugio y entretenimiento, la falta de alternativas inmediatas fue desorientadora.

“Hacía calor y pensé en ver una peli en casa, pero la tele no funcionaba y el portátil no se conectaba. Luego quise poner música, pero ni Spotify ni YouTube iban. Era como si me hubieran quitado todas mis opciones”, cuenta Marina, de 23 años. “Acabé sacando un puzzle viejo y poniéndome a ordenar cajones. Fue rarísimo”.

Varias personas juegan con un balón durante el apagón (Europa Press)
Varias personas juegan con un balón durante el apagón. (Europa Press)

Otros jóvenes intentaron improvisar planes analógicos. Algunos salieron a pasear, otros jugaron a las cartas o simplemente se reunieron a charlar. “Llamé al timbre de mi vecino, que es colega del insti, y le dije si bajaba a dar una vuelta. Estuvimos dos horas en un banco hablando, sin móviles. Hacía años que no pasaba eso”, explica Pablo, de 21 años.

Aunque la situación generó frustración al principio, algunos reconocen que el silencio digital les permitió reconectar con cosas que habían dejado de hacer. “Es triste que tenga que apagarse todo para que salgamos a hablar cara a cara”, reflexiona Marina.

Clases y trabajos parados

El apagón tuvo efectos colaterales en la educación y el trabajo digitalizado. Plataformas de videollamadas, campus virtuales, servicios de almacenamiento en la nube y herramientas colaborativas como Google Drive o Microsoft Teams quedaron inutilizables. Muchos jóvenes no pudieron entregar tareas, asistir a clases online ni cumplir con reuniones laborales.

“Tenía una tutoría por Zoom con mi tutora del TFG (Trabajo de Fin de Grado) y no pude conectarme. Le escribí un correo pero tampoco funcionaba el campus [virtual]. Me agobié mucho porque llevaba días preparando todo y me daba miedo que pensara que había pasado de ella”, dice Inés, de 21 años.

“Trabajo en una empresa como community manager. Sin internet no podía hacer mi trabajo, que es llevar las redes sociales, pero tampoco usarlas como ocio. La verdad es que el apagón me sirvió para desintoxicarme de ellas”, relata Diego, de 23 años.

Influencers en pausa: la identidad digital suspendida

Para quienes trabajan como creadores de contenido, el apagón fue también una crisis profesional. La imposibilidad de publicar, medir estadísticas o mantener el contacto con su comunidad significó la pérdida de ingresos, visibilidad y oportunidades.

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Algunas marcas, ante la imposibilidad de cumplir plazos preestablecidos, cancelaron promociones o retrasaron pagos, lo que generó pérdidas económicas para los perfiles afectados. En un entorno en el que la inmediatez y la presencia continua son claves para mantener la relevancia, nueve o diez horas de apagón pueden suponer la caída en visibilidad y el riesgo de perder contratos futuros.

Además, esta interrupción dejó en suspenso los algoritmos que alimentan la exposición de contenido. Las interacciones acumuladas —’me gusta’, comentarios, compartidos— no solo definen la popularidad de una publicación, sino también la percepción que las marcas tienen de la “salud” de una cuenta. En ese contexto, la caída de la actividad durante el apagón no fue solo técnica, sino también simbólica: representó el colapso momentáneo de una identidad digital basada en la continuidad.

Muchos creadores se encontraron de repente sin acceso a sus herramientas básicas de trabajo: plataformas de edición, aplicaciones de análisis estadístico o simples canales de comunicación con sus seguidores. La desconexión forzosa reveló la fragilidad de un modelo laboral altamente dependiente de la conectividad y demostró que, aunque el contenido sea intangible, su producción depende por completo de una infraestructura tecnológica que, en casos como este, puede fallar sin previo aviso.

Lo que en principio fue una jornada de caos, frustración y ansiedad, también se transformó para algunos en una experiencia reflexiva. Sin tecnología, sin estímulos digitales constantes y sin la obligación de estar “en línea”, muchos jóvenes se vieron cara a cara con el vacío y, al mismo tiempo, con la oportunidad de repensar su relación con la tecnología. “Al principio fue angustioso, pero luego sentí que volvía a mí misma”, resume Paula. “Me di cuenta de que no pasa nada si no ves lo que hacen los demás. Igual hay que desconectar todo más a menudo, aunque no a esta escala (risas)”, sentencia.