Las camisetas de la selección española llevan semanas inundando las calles. Se ven en terrazas, playas y plazas, tanto en la clásica versión roja como en la exitosa alternativa en blanco. Se agotan en las tiendas oficiales y se multiplican en mercadillos, puestos de venta ambulante y plataformas de comercio electrónico. La expectación por la final del Mundial de 2026 ha disparado la demanda, pero también el negocio de las falsificaciones, un mercado que mueve millones de euros cada año. España, de hecho, ocupa el segundo puesto europeo en volumen de compra intencionada de falsificaciones, según los últimos datos de la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO).
La diferencia de precio explica buena parte del fenómeno. Para hacerse con la equipación oficial de Adidas para la selección española, una aficionado necesita desembolsar más de 100 euros por camiseta. Frente a ella, las copias podían encontrarse por entre 20 y 30 euros, aunque en algunos puestos pueden alcanzar hasta los 60 euros debido a la fuerte demanda.
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Aunque ya es una costumbre especialmente arraigada en España, las cifras reflejan hasta qué punto ese comportamiento se ha normalizado en todo el continente. El 13% de los europeos reconoce haber adquirido deliberadamente productos falsificados, un porcentaje que se duplica entre los jóvenes de 15 a 24 años, hasta alcanzar el 26%. En España, la mitad de los consumidores de entre 18 y 24 años admite comprar falsificaciones al menos una vez al año.
La Asociación para la Defensa de la Marca (Andema) atribuye esta paradoja a la creciente importancia de la identidad de marca: cuanto más valoran los consumidores el diseño y el prestigio de un producto (el 66% de los españoles considera estos factores determinantes en moda y accesorios), mayor atractivo adquiere el mercado ilegal para quienes no pueden o no desean asumir el precio oficial.
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El Mundial ha disparado la demanda
Además, los grandes acontecimientos deportivos actúan como un potente acelerador de esa demanda. Tras la Eurocopa de 2021, las búsquedas relacionadas con camisetas falsificadas aumentaron más de un 500%, según la empresa especializada Corsearch, una tendencia que vuelve a repetirse con cada competición internacional.
Ese auge del mercado ilegal ha tenido también su reflejo en la actividad policial durante el Mundial. En una operación coordinada entre la Policía Nacional, Europol, Interpol, la EUIPO y la OLAF, los agentes intervinieron más de 66.000 camisetas falsificadas, con un peso conjunto de 16 toneladas, detuvieron a 95 personas y practicaron registros en una quincena de inmuebles de Madrid, Barcelona, Málaga, Elche y Dénia. El fraude ocasionó un perjuicio superior a siete millones de euros para los titulares de derechos de propiedad industrial. Aunque buena parte de la mercancía seguía llegando desde Asia, las investigaciones también confirmaron un cambio de estrategia por parte de las organizaciones criminales.
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Parejas como Camila Yañez y Javier De Lathouwer, y María Culell y Rubén Jurado tendrán que elegir entre la camiseta y el amor durante el partido de la final del Mundial que disputarán España contra Argentina.
Una de las actuaciones más destacadas ha permitido a la Agencia Tributaria desmantelar en Getafe una fábrica clandestina equipada con doce máquinas valoradas en unos 300.000 euros. La instalación tenía capacidad para producir hasta 800.000 prendas al año bajo demanda. Fabricar dentro del territorio comunitario permitía a la organización esquivar los controles aduaneros y reducir costes de almacenamiento, ya que cada camiseta se elaboraba únicamente cuando existía un pedido. La propia EUIPO identifica esta relocalización de la producción cerca de los mercados de destino como una de las principales tendencias de las redes europeas de falsificación, según su informe Mapping Global Trade in Fakes 2025.
Las consecuencias del mercado negro de camisetas
Sin embargo, el impacto económico trasciende a las grandes marcas afectadas. La EUIPO calcula que la venta de falsificaciones provoca pérdidas anuales de 1.200 millones de euros en los sectores españoles de la confección y los accesorios y destruye más de 11.000 puestos de trabajo cada año solo en el ámbito textil. A ello se suma la pérdida de ingresos fiscales y el fortalecimiento de organizaciones dedicadas a otras actividades delictivas.
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Las autoridades insisten, además, en que el problema no se limita al impacto económico. Las prendas falsificadas pueden incorporar tintes con sustancias tóxicas o materiales inflamables que incumplen la normativa europea de seguridad.
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