
Una debilidad convertida en fortaleza. Un aislamiento que se transforma en atractivo turístico. Un paisaje que aleja y separa, pero también seduce e impresiona. Bulnes es una pequeña parroquia de apenas 50 habitantes en el mismo corazón de los Picos de Europa, en el concejo asturiano de Cabrales, una villa camuflada entre montañas conocida por ser la aldea más aislada de toda España.
Este pequeño rincón se compone de unas cuantas casas rústicas asturianas unidas entre ellas por estrechas calles empedradas, una arquitectura que, a primera vista, parecería anclada en un tiempo pasado. Es su belleza, pero también su situación, la que ha convertido a Bulnes en un destino turístico para montañeros. El pueblo asturiano es punto de partida de numerosas rutas de senderismo que conducen al corazón de los Picos de Europa, con destinos como el famoso Naranjo de Bulnes o Pico Urriellu.
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Pero esta ubicación privilegiada, que convierte al pueblo en un rincón especial, aislado, casi mágico, también es la que complica sobremanera cualquier intento de construcción de una carretera que lo comunique. Hasta principios del siglo XXI, a Bulnes solo se podía acceder a él a pie, por un sendero de unos cinco kilómetros con unos 400 metros de desnivel en forma de empedrada cuesta. Ahora, un funicular facilita la tarea a habitantes y turistas, conectando a Bulnes con sus alrededores a base de raíles y cabinas.
El primer restaurante de Bulnes
A quien suba andando, y también a quien elija la comodidad del ferrocarril, le esperan unas vistas de cinco estrellas, maridadas con una sidra y un buen queso cabrales. Se sirven en el Bar Bulnes, una preciosa casona de piedra típica con comedor y terraza a pie de río que es el primer establecimiento de comidas que abrió sus puertas en este aislado rincón, una referencia gastronómica con medio siglo de historia.
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Bar Bulnes comienza sus andaduras en diciembre de 1974, cuando un matrimonio autóctono de Bulnes, Celina y Marcelino, decide abrir las puertas de su casa a los montañeros que por allí pasaban. “Por aquel entonces eran pocos, por no decir escasos, los productos que se podían ofrecer, pero con los años y gracias a los avances, hemos podido hacer de este pueblo aislado una parada obligatoria”. Así lo explica hoy Adriana de la Torre, quien acompaña a Sergio Noriega, nieto de los fundadores, en las cocinas de este rincón gastronómico.
Celina era entonces la propietaria del local y Marcelino, su marido, ayudaba cuando terminaba de trabajar en su oficio. “Ella sola era la encargada de recibir, cocinar y servir a todo aquel que los visitaba”, cuenta la asturiana. Entonces, en la parte baja del local se situaban el bar y la cocina; y en la superior, el hogar de la pareja y un pequeño albergue donde dormían los montañeros. En un momento en el que el turismo era casi inexistente, ellos fueron pioneros en la hostelería en Bulnes, ofreciendo comida y alojamiento antes que ningún otro.
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Hoy son ya cuatro los restaurantes que sirven comida en esta pequeña aldea, una tarea que, por supuesto, se ha facilitado con la conectividad que supuso el funicular en 2001. “Hace tan solo unos años era un pueblo incomunicado. Con la llegada del funicular, los vecinos al fin consiguieron ver más allá de sus montañas sin tener que caminar durante horas”, recuerda Adriana. Antes de esta innovación, llenar una despensa era harto complicado. “Toda la mercancía se tenía que subir por Las Salidas (nombre del camino que comunica Bulnes con Poncebos) con ayuda de burros y mulos”.
Durante años, Celina y Marcelino desarrollaron la actividad en solitario, hasta que sus hijos crecieron y fueron ayudando en el negocio. En 2024, Sergio y Adriana toman las riendas del negocio familiar. “Nuestro servicio va más allá de vender platos de comida; queremos llegar a la experiencia gastronómica gracias al paisaje que nos rodea, ofreciendo productos de calidad de nuestro municipio y un buen servicio, sin olvidar las tradiciones de nuestros familiares”.
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La oferta gastronómica que han querido mantener podría entrar en esa manida categoría de ’cocina de toda la vida’; un calificativo que aquí sí encuentra una verdadera razón de ser. “Son recetas que han ido pasando de generación en generación, teniendo muy presente cómo lo hacía Celina, la abuela; con mucha paciencia y cocina de leña. Intentamos apostar por proveedores locales, dando así a conocer también a nuestros clientes la gran calidad que tienen los productos de nuestra zona”.
Bajo estas máximas sirven quesos como el Gamoneu o el Cabrales, joya local; sus sabrosas croquetas de jamón y de queso, la fabada o el cachopo al horno. También recetas de arraigo como los tortos con piquillo, el cabrito guisado, el pote asturiano o las cebollas rellenas de atún, entre otras delicias propias de la cocina local asturiana. La sidra, cómo no, funciona como perfecto maridaje para todo ello. De postre, unas natillas suaves y una tarta de queso espectacular que hacen las delicias de los cansados montañeros.
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