
En la ciudad de Oporto, algunas cafeterías han recuperado una tradición que sorprende incluso a quienes están acostumbrados a nuevas prácticas de consumo sostenible. ¿Te imaginas beber café recilado? Eso es posible empleando los posos de café. A esta práctica se la conoce como ‘carioca’, un café elaborado reutilizando los posos de una extracción anterior y servido a un precio reducido. Esta particular variante refleja una costumbre local con raíces que se remontan a épocas de dificultad.
Un ‘carioca’ se ofrece en locales tradicionales de Oporto a un precio de 1 euro, frente a los 2 euros habituales de un espresso normal. Su carácter distintivo radica en que el barista utiliza el mismo café previamente filtrado para preparar un nuevo espresso, lo que da como resultado una bebida de sabor menos intenso y más aguado. Este método refleja una práctica surgida por necesidad, especialmente cuando el café representaba un lujo en el Portugal bajo régimen dictatorial, según ha relatado la revista digital Gambero Rosso.
Aunque las tendencias actuales de sostenibilidad han legitimado el uso de productos reutilizados en cocina, como el pan duro o las cáscaras de fruta convertidas en ingredientes gourmet, muchos consumidores establecen un límite infranqueable en la taza de café tradicional.
El carioca, a pesar de su técnica de elaboración con posos reciclados, mantiene su presencia en bares frecuentados sobre todo por clientes de edad avanzada, quienes conservan la tradición de tomarlo por considerarlo una opción más ligera, especialmente en las horas de la tarde o la noche para no alterar el sueño. El valor del rito, con la taza, la cucharilla y el mostrador, permanece intacto entre este sector de la clientela.
Qué es el carioca y cómo se ha consolidado en la cultura portuguesa
La distinción fundamental del carioca reside en su proceso: el barista pasa agua caliente por los restos de café utilizados en la extracción anterior, produciendo una infusión que es a la vez amarga y aguada, fuerte e inconsistente. Este producto, presente en la oferta de bares de barrio, no suele figurar en las modernas cafeterías especializadas que captan la atención de los jóvenes, quienes suelen optar por cafés de origen único y métodos de extracción alternativos. Para muchos de estos consumidores, el carioca es casi una reliquia, una bebida que refleja prácticas de otra época y de otra realidad social.
Durante la dictadura, en el Portugal más empobrecido, el acceso al café estaba reservado a quienes podían permitirse pagar el precio completo. En ese contexto, el carioca ofrecía la posibilidad de disfrutar el ritual y el sabor, aunque fuera de manera menos aromática y contundente, pagando la mitad. No respondía a una mirada ética sobre la sostenibilidad ni al activismo que promueve evitar el desperdicio, sino a una respuesta pragmática ante la escasez. La revista digital Gambero Rosso señala que detrás de esta costumbre persiste cierta memoria de generaciones que, sin nostalgia por los tiempos duros, encuentran en el carioca un vínculo con su juventud.
Con el paso de los años, otras particularidades culturales en torno al café han marcado diferencias en el norte de Portugal, como el uso de la palabra “cimbalino” para la taza de espresso, en honor a las máquinas italianas La Cimbali que dominaban los bares de la zona. Este fenómeno lingüístico, que convierte un nombre comercial en término común, se ha ido perdiendo entre las generaciones más jóvenes, según recoge Gambero Rosso.
Aunque el carioca se mantiene en algunos bares como un “fósil viviente”, su futuro es incierto. Resiste gracias a la inercia de quienes aún valoran el gesto y el hábito, del mismo modo que otras costumbres desaparecidas, como las tabernas sin cocina o el vino servido en frascos forrados de mimbre. Para quienes lo han probado, incluidas las personas que han documentado la experiencia para la revista digital Gambero Rosso, el carioca no despierta nostalgia, pero su pervivencia revela una dimensión humana: la capacidad de dotar de significado a rituales nacidos en tiempos más difíciles, y la posibilidad de que, en circunstancias históricas adversas, tomar un café de segunda mano a mitad de precio pueda volver a considerarse una oportunidad valiosa.
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