
Los niños han de seguir una dieta adecuada para desarrollar todo su potencial y crecer adecuadamente. Hasta los seis meses, la leche materna o en su detrimento los preparados lactantes cubren todas las necesidades nutricionales del bebé. A partir de entonces, la leche sigue siendo la principal fuente nutritiva hasta el primer año, aunque se va complementando con otros alimentos.
Los expertos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomiendan que la lactancia materna se mantenga hasta los dos años aproximadamente, o hasta que la madre y el hijo o hija lo deseen. Poco a poco, se comenzarán a estructurar los horarios de las comidas para que el niño se adapta a los ritmos de la familia.
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Con esta edad, el niño ya debe consumir una dieta variada y equilibrada similar a la del resto de la familia, aunque adaptada en cantidades y texturas. Cada día se han de incluir frutas, verduras, lácteos, cereales integrales y proteínas de la carne, el pescado, las legumbres o los huevos. Sin embargo, el auge de los alimentos ultraprocesados ha llegado también a la primera infancia y las consecuencias comienzan a observarse.
Un reciente estudio de la Universidad de Illinois (Estados Unidos) ha analizado la alimentación de miles de niños de dos años para encontrar asociaciones con el rendimiento cognitivo posteriormente, entre los seis y los siete años. Los resultados, publicados en la revista British Journal of Nutrition, encontraron una relación entre los procesados y un menor coeficiente intelectual.
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Esta semana, el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 ha anunciado que presentará una propuesta destinada a regular la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a menores, tras constatar un amplio respaldo ciudadano a esta medida. La iniciativa surge como respuesta al barómetro presentado este lunes por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), cuyos resultados han puesto de manifiesto que ocho de cada diez persona en España apoyan la prohibición de la publicidad de este tipo de productos orientada a niñas, niños y adolescentes.
La alimentación repercute en el intelecto de los niños
En lugar de centrarse en nutrientes o alimentos aislados, los investigadores identificaron patrones dietéticos completos utilizando análisis de componentes principales, una técnica estadística que permite detectar agrupaciones habituales de alimentos dentro de la dieta. De este modo, se definieron dos grandes patrones. El primero, denominado “saludable”, incluía alubias, frutas, verduras, alimentos infantiles y zumos naturales. El segundo, considerado “no saludable”, estaba compuesto por snacks, fideos instantáneos, galletas dulces, chucherías, refrescos, salchichas y carnes procesadas.
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Los resultados mostraron que los niños con mayor adherencia al patrón no saludable a los dos años obtuvieron puntuaciones más bajas en los test de CI entre los seis y siete años. Esta asociación se mantuvo incluso tras ajustar por múltiples factores sociales, económicos y familiares que podrían influir en el desarrollo cognitivo.
Una dieta más sana no se relaciona con un CI mayor
Un hallazgo llamativo fue la ausencia de una relación significativa entre el patrón saludable y puntuaciones más altas de CI. Los autores atribuyen este resultado a la escasa variabilidad en dicho patrón dentro de la muestra: aproximadamente el 92 % de los niños consumía habitualmente varios de los alimentos considerados saludables, lo que dificultó detectar diferencias estadísticas relevantes.
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En cambio, el impacto del patrón no saludable fue especialmente acusado entre menores con vulnerabilidades biológicas tempranas. En aquellos que presentaron déficits de peso, talla o perímetro craneal durante los primeros años, la asociación negativa entre dieta poco saludable y rendimiento cognitivo fue más intensa. De hecho, los niños con déficit de estatura y perímetro craneal en el primer año mostraron mayor probabilidad de obtener un CI bajo.
Aunque el estudio no analizó directamente los mecanismos biológicos implicados, los investigadores plantean que las dietas pobres en calidad nutricional y ricas en ultraprocesados podrían afectar al neurodesarrollo mediante procesos como la inflamación sistémica, el estrés oxidativo y alteraciones en el eje intestino-cerebro. También se evaluaron posibles efectos moduladores de variables como el sexo, el peso al nacer, la edad gestacional o la duración de la lactancia exclusiva, sin encontrarse interacciones significativas en estos casos.
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