
En muchos hogares españoles, las patatas fritas son una guarnición recurrente. Su versatilidad en la cocina, su precio accesible y la facilidad con la que acompañan distintos platos las han convertido en un clásico de la dieta cotidiana. Sin embargo, más allá de su aporte calórico y de la cantidad de grasa que pueden contener, hay un elemento menos visible al que los especialistas recomiendan prestar atención: la acrilamida.
Este compuesto químico se genera cuando alimentos ricos en almidón, como las patatas, se cocinan a temperaturas elevadas, generalmente por encima de los 180 o 190 grados. Diversos estudios han señalado que la acrilamida contribuye a la acumulación de radicales libres —un tipo de moléculas inestables— en el organismo, lo que, a largo plazo, puede asociarse a un mayor riesgo de desarrollar patologías complejas.
Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿existen formas de reducir la formación de acrilamida al freír unas patatas? La respuesta es sí. Según recomiendan nutricionistas, una de las medidas más eficaces es dejar las patatas en remojo durante unos 40 minutos antes de cocinarlas, lo que ayuda a disminuir su contenido de almidón. Otra estrategia es evitar que el aceite alcance temperaturas demasiado altas, procurando mantener la cocción por debajo de los 180 grados.
Ahora bien, si se opta por seguir disfrutando de las patatas fritas en su versión más tradicional, también hay ciertos aliados que pueden contribuir a mitigar sus efectos negativos. Así lo explica el divulgador y experto en nutrición Saúl Sánchez, quien advierte: “Las patatas fritas son mucho menos nocivas si las combinas con kétchup o salsa de tomate”.
Las propiedades de la salsa de tomate
El especialista hace referencia a las propiedades antioxidantes presentes en el tomate y en sus derivados, que pueden ayudar a contrarrestar parte de la toxicidad de la acrilamida. Es decir, un simple acompañamiento como el kétchup o una salsa casera de tomate puede marcar la diferencia a nivel metabólico. Sin embargo, Sánchez insiste en que no se trata de una licencia para abusar de este plato: “¿Significa esto que tenemos carta blanca para consumir patatas fritas sin mesura? Pues no, sobre todo si nos preocupa mantener un peso saludable”.

El experto señala que las patatas fritas siguen aportando muchas calorías. Y si a eso se le suma una salsa, la ingesta puede aumentar todavía más. “Es cierto que las patatas fritas siguen siendo un alimento bastante energético, y más si lo acompañamos con una salsa, por lo tanto, hay que tener cuidado a la hora de incluirlo en la dieta para no provocar un superávit calórico. Esto es un problema relativamente fácil de controlar porque un consumo puntual no sería muy problemático y en el contexto de la dieta de una persona muy activa quizás tampoco”, explica.
La clave, por lo tanto, estaría en la moderación. Incluir patatas fritas de forma ocasional no representa un gran riesgo, siempre que se compense con otros hábitos de vida saludables y una alimentación equilibrada. Además, el tipo de salsa o condimento también puede ser decisivo. Según el experto, es mejor la salsa de tomate casera que el kétchup. No obstante, si nos decantamos por utilizar kétchup, es preferible elegir uno que tenga una cantidad moderada de azúcares añadidos. “Así evitamos un pico de insulina”, advierte.
El nutricionista concluye que el beneficio antioxidante del tomate puede neutralizar en cierta medida los efectos nocivos de la acrilamida: “En cualquier caso, ese efecto a nivel de toxicidad que puede afectar al sistema cardiovascular o al riesgo de desarrollar cáncer se vería en cierto modo neutralizado y ya no habría problema con las patatas fritas”.
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