
El elixir de la inmortalidad aún no se ha inventado, pero tenemos varias herramientas a nuestra disposición que nos permiten aumentar nuestra longevidad. Para soplar unas velas con el número 100, una alimentación variada y equilibrada, una rutina de ejercicio y un buen descanso son la clave para optar a ello. En los últimos años, dos nuevos factores se han introducido en este patrón: la salud mental y las relaciones sociales.
Según un informe reciente de la American Psychological Association, las personas con vínculos de amistad fuertes tienen un 50 % más de probabilidades de vivir más años que quienes carecen de ellos. Parte de esto hecho se explica porque son varios los estudios que ya han demostrado que rodearnos de buenos amigos mejora nuestra autoestima, reduce el riesgo de depresión, ansiedad y soledad crónica.
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Roberto Antón Santiago, psicólogo y terapeuta familiar acreditado por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar, analiza en una entrevista con Infobae España cómo la amistad modula nuestra identidad y nuestra autopercepción. El también Presidente de la Asociación de Terapia Familiar e Mediación de Galicia y profesor de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) hace hincapié en la importancia de tener buenos amigos tanto en la infancia como llegada la vejez, pues actúa casi como un seguro de vida.
PREGUNTA: ¿De qué manera una buena o mala amistad influye en la autoestima?
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RESPUESTA: Cualquier contexto en el que nos desarrollamos tiene impacto en nuestra autoestima. Crecer en espacios de aprendizaje, de superación, de diversión es diferente a desarrollarse en contextos poco motivadores, escasamente estimulantes o alejados de nuestros verdaderos intereses. Por ese motivo, las amistades, como uno de los contextos básicos de desarrollo, resultan cruciales en este sentido.
Hay amistades que suman, pero también hay personas a nuestro alrededor que nos restan, por eso resulta importante ser capaces de tomar buenas decisiones a la hora de decidir quiénes van a ser aquellas personas que nos acompañarán en nuestro camino.
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P: Las personas con vínculos de amistad fuertes tienen un 50 % más de probabilidades de vivir más años que quienes carecen de ellos. ¿Cómo se explica esto?
R: El ser humano es social por naturaleza. Todos necesitamos el contacto con otras personas para comunicar nuestras dificultades, tratar de encontrarle solución, vivir experiencias especiales y otras múltiples cuestiones que solamente nos puede ofrecer un buen amigo.
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Existen otros contextos de desarrollo principales (familia, pareja, trabajo, …) y en cada uno de ellos tenemos roles diferentes y desarrollamos diferentes skills. En ese sentido, los vínculos de amistad son fundamentales y necesarios para desarrollar habilidades que nos permitirán crecer como individuos.
Las amistades favorecen hábitos de vida más saludables, promueven la resolución de las adversidades y reducen el impacto fisiológico del estrés. Diversos estudios han demostrado que compartir nuestras preocupaciones con personas de confianza mejora la salud cardiovascular y fortalece el sistema inmunológico.
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P: Cuando pensamos en la amistad, es probable que caigamos en asociarla más a la adolescencia o la juventud. ¿Por qué es importante también cuidar las relaciones sociales en la adultez o incluso la vejez?
R: Las relaciones son como las plantas, necesitan cuidado y atención constante, y no existe un momento del desarrollo vital del individuo en el cual no sea importante dedicarle tiempo a la amistad. Algunos de los amigos forjados en la infancia y en la adolescencia perduran para toda la vida, pero nos encontramos en un proceso de cambio permanente, y a lo largo de nuestro desarrollo, aparecen nuevas personas significativas en nuestras vidas que nos acompañan y se vuelven imprescindibles.
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Desgraciadamente, muchas personas sufren actualmente la soledad, y si no es deseada, puede convertirse en un detonante del deterioro físico y mental del individuo. En ese sentido, la amistad puede convertirse en un factor protector que evite que la persona se sienta sola y pueda tener una mejor calidad de vida.
P: ¿De qué manera nuestros vínculos de amistad codifican nuestra identidad?
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R: Las amistades no solo acompañan: nos configuran. A través de los vínculos que establecemos con otros, vamos definiendo quiénes somos, qué valores sostenemos, cómo interpretamos el mundo y cuál es nuestro lugar en él. La identidad personal se construye en gran medida en relación con los demás, y los amigos desempeñan un papel fundamental en este proceso.
Desde la infancia hasta la adultez, los grupos de iguales actúan como espejos que nos devuelven una imagen de nosotros mismos. Adoptamos formas de hablar, actitudes o intereses compartidos que refuerzan nuestro sentido de pertenencia. Pero también, al contrastarnos con otros, descubrimos nuestras diferencias, nuestros límites y nuestra singularidad.
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En la adolescencia, esta influencia se intensifica. Es una etapa de exploración donde la identidad está en construcción activa, y los amigos se convierten en referentes fundamentales. Sin embargo, también en la adultez nuestras relaciones moldean nuestra forma de ser, de pensar y de sentir. Los vínculos de amistad nos validan, nos desafían y nos nutren. Y es en ese diálogo continuo con las personas significativas donde vamos codificando, día a día, nuestra identidad.
P: ¿Puede nuestra personalidad o el “rol” que ejercemos variar en función del grupo de amigos con el que estemos?
R: Esto sucede con frecuencia, y para algunas personas incluso puede llegar a convertirse en una dificultad puesto que consideran que actúan en uno u en otro contexto de manera diferente, y que se puede llegar a diluir su verdadera personalidad.
Considero que esto es algo natural, y que lejos de ser una dificultad, se trata de una fortaleza, ya que implica habilidades como la empatía, la lectura emocional y la flexibilidad. Esto no resulta sencillo, puesto que necesita captar la esencia del grupo, su tono emocional y sus formas de interacción, además requiere de capacidad para interactuar de una manera ajustada a esa esencia.
Esto demuestra flexibilidad, lo cual es contrario a la rigidez. También demuestra capacidad de adaptación que es incompatible con el aislamiento. Demuestra que la persona no es rígida ni estática, sino abierta, y capaz de establecer vínculos diversos y significativos. Lejos de ser un déficit, es un recurso adaptativo esencial.
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