Paul Weller dinamitó su propio legado para sobrevivir: en Black Barn, su propio espacio creativo, impulsó colaboraciones inesperadas y experimentos artísticos con músicos de distintas generaciones.
En Black Barn, el estudio de Paul Weller, confluyeron el caos, el alcohol y la pulsión de reinventarse, marcando la etapa más reciente de este referente de la música británica. Allí, relató a la revista musical Record Collector cómo la ausencia de reglas y un periodo de excesos transformaron su carrera. La rutina diaria discurría entre recuerdos y una constante actividad creativa.
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Entre 2008 y la actualidad, Weller atravesó una fase de caos y una ruptura de sus propios límites que no solo renovó su legado, sino que le permitió mantenerse vigente durante una transición exitosa hacia la sobriedad y la experimentación continua.

El entorno de Weller en Black Barn sugería serenidad y búsqueda permanente. “Es el único ideario al que me adhiero. La música y la ropa nunca me fallaron”, afirmó en referencia a la cultura mod durante su conversación con la revista musical Record Collector. Rodeado de trofeos y objetos personales, alternaba tareas domésticas con el seguimiento de proyectos editoriales, manteniéndose entregado tanto a lo cotidiano como a la innovación artística.
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Caos creativo y reinvención en Black Barn
La decisión de romper esquemas se materializó en 2008, con la grabación de 22 Dreams. “Nada estaba fuera de alcance. No había reglas. Era una manera distinta de pensar en cómo hacer música. Todo era nuevo”, recordó Weller.
“Fue libertad absoluta, una celebración cada día, mucho alcohol, mucho caos”, detalló, precisando cómo la falta de restricciones impulsó su creatividad.
El estudio Black Barn se convirtió en refugio y lugar de experimentación sin límites. “Se nota en el disco esa libertad que te da trabajar en tu propio estudio, sin tener que mirar el reloj, sin preocuparse por horas extra. Eso permitió trabajar cuanto quisiera, lo cual era ideal para mí y no tanto para Charlie, el ingeniero. Trabajábamos hasta bien entrada la noche. No quería parar”, relató.
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La etapa implicó renovar colaboradores y repensar el modo de grabar. “No utilicé la misma banda, integré a distintas personas y replanteé por completo la grabación y la creación musical”, afirmó.
Mientras el desorden y el alcohol eran frecuentes, su confianza en la visión artística permanecía intacta. “Nunca me preocupó lo que pudieran pensar. No esperaba que a la gente le gustara, pero tenía fe absoluta en el disco y fue vital para mí, en cuanto a lo que podía hacer con la música y hasta dónde podía llegar”, sostuvo.
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Las colaboraciones con Simon Dine sumaron nuevos recursos. “Es brillante con los samples y la mezcla de sonidos, cosas que yo nunca habría imaginado, pero que resultan naturales cuando las escuchas. Eso definitivamente alimentó todo el proceso”, contó Weller a la revista musical Record Collector.
La transición a la sobriedad y el riesgo artístico

En 2010, Weller afrontó el reto de dejar el alcohol, proceso que cambió su vida personal y su acercamiento al trabajo en estudio. “Sí, dejar de beber, cuando forma parte de tu cultura, me llevó casi dos años hasta sentirme normal o cómodo, sobre todo en el escenario. Fue muy extraño actuar sobrio, pero finalmente llegó el momento en que se sintió correcto, se sintió bien”, confesó.
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Sobre su método artístico, fue rotundo: “Mentiría si dijera que grabar sobrio me hizo estar más concentrado en el estudio; siempre fui enfocado, bebiera o no cuando trabajaba”.
El desafío de romper expectativas continuó. En 2012 decidió interpretar en vivo, de inicio a fin, su nuevo álbum Sonik Kicks. “Fue realmente valiente o realmente estúpido. Estaba harto de ver anuncios de bandas tocando su disco clásico y pensé: yo tocaré mi disco clásico, el nuevo. No sé qué esperaba, porque es pedir mucho a una audiencia escuchar canciones completamente nuevas. Probablemente no lo haría otra vez”, confesó.
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Quiso superar el sonido con el que se le identificaba. “Quería ir más allá del sonido que la gente asociaba conmigo. Pretendía hacer algo diferente y Stan Kybert estuvo a la altura”, comentó sobre el productor de Saturns Pattern. El método operativo era directo: “Estos días simplemente hacemos el álbum, lo entregamos a la discográfica y preguntamos ‘¿Les interesa?’. Nadie me dice qué hacer y, francamente, ya estoy demasiado mayor para eso”.
Colaboraciones y legado en transformación
Sumar voces y talentos de distintas generaciones se volvió hábito para Weller. “Me gusta que cualquiera pueda grabar un disco ahora, la industria musical se volvió más democrática”, explicó y añadió: “Colaborar es abrirte a perspectivas distintas. He trabajado con Suggs y Chalky en letras, con Seckou Keita en la kora, y sumo músicos que admiro, como Hannah Peel, quien dirigió a la orquesta británica Britten Sinfonia en Abbey Road para varias canciones”.
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La inquietud persistió, ya fuera en homenajes o en sus propias producciones. “Con Steve Brookes, con quien fundé The Jam, retomamos el contacto en 1995 para grabar guitarras flamencas. Desde entonces, participó en casi todos mis álbumes solistas”, mencionó a la revista musical Record Collector. También valoró la colaboración de Kevin Shields y Bruce Foxton, entre otros, reflejando así un legado en constante transformación.

En su último trabajo, el álbum de versiones Finding El Dorado, pudo liberar tensiones acumuladas durante años. “No tenía que preocuparme por si esa letra estaba bien o no. Solo tuve que cantar”, expresó.
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Actualmente, Weller mantiene su vitalidad con nuevos proyectos y aprendizajes. “Ando escribiendo y trabajando con otros. Estoy terminando el disco de una banda realmente buena de Portobello y colaborando en la producción con diferentes artistas”, declaró antes de compartir su interés por nuevas figuras.
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