En medio de una creciente alarma por la radicalización juvenil a través de las redes sociales, la escritora británica Chloe Combi decidió recurrir a una fuente a menudo ignorada: los propios jóvenes, informa The Independent.
Reuniendo a 103 adolescentes y adultos jóvenes, de entre 12 y 22 años, en una sala de proyección del este de Londres, les propuso ver Adolescence, un drama de Netflix que retrata el asesinato de una niña por parte de un compañero de clase radicalizado por ideologías misóginas en línea.
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Lo que escuchó después no solo la sorprendió, sino que le devolvió algo que muchas veces parece perdido en el debate público: esperanza.
Una historia oscura que refleja una realidad global
La serie se centra en Jamie Miller, un chico de 13 años cuya violencia está ligada al adoctrinamiento en la manosfera, un ecosistema digital que promueve el desprecio hacia las mujeres. Combi destaca que esta representación no es una exageración: “Muchos jóvenes, especialmente varones, están hoy expuestos a mensajes de odio que se difunden con facilidad en plataformas sociales”.
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Pero la historia no termina ahí. Uno de los personajes secundarios, Tommy —interpretado por Lewis Pemberton—, es un ejemplo de resistencia silenciosa. Un joven que, a pesar del acoso y el entorno hostil, intenta mantenerse íntegro.
Es él quien alerta a su padre del contenido peligroso que circula entre sus compañeros. “Hay muchos Tommys allá afuera”, escribió Combi, “y deberíamos prestar más atención a ellos”.
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Entre la fascinación y el rechazo a Andrew Tate
Uno de los temas que generó más debate entre los asistentes fue la figura de Andrew Tate, el polémico influencer británico. Elijah, de 16 años, explicó que si bien algunos de sus compañeros siguen a Tate, otros —como él— lo ven con distancia, en parte gracias a la influencia de su hermano mayor, Remy, de 22 años.
“Se toman demasiado en serio a sí mismos”, comenta Remy, entre risas. “La manosfera está llena de tipos que odian todo lo que no se parece a ellos. No quería eso para mi hermano”.
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Rhys, de 13 años, en cambio, denunció lo que percibe como una censura injusta: “Nos regañan en la escuela si siquiera mencionamos a Andrew Tate. Eso solo refuerza su mensaje de que los chicos no tienen derechos”. Para Hayley, de 15, la prohibición tiene un efecto contraproducente: “Hacer tabú su figura solo los convierte en mártires para algunos”.
La comunidad como antídoto
Uno de los hallazgos más reveladores del experimento fue la relación directa entre la pertenencia a comunidades reales y la resistencia al discurso tóxico en línea. Chris, de 15 años, resume esta idea con claridad: “No sabía qué era un incel hasta que vi la serie. Pero yo tengo el cricket y el fútbol, no me queda tiempo para eso”.
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Su experiencia contrasta con la de muchos de sus compañeros que pasan horas frente a pantallas, en ecosistemas digitales que refuerzan estereotipos de género y promueven la confrontación.

Lewis, un joven cristiano de 18 años que evita las redes sociales y ejerce como mentor en su iglesia, ofreció una visión crítica sobre la mercantilización de la rabia adolescente: “Todo está diseñado para venderte algo. ¿Quieres ser un hombre mejor? Compra mi curso, mis pastillas, mis libros. Pero se puede ser mejor todos los días sin pagar nada: ayudando en casa, cuidando a los demás”.
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¿Prohibir o educar?
El texto de Combi cuestiona las políticas de prohibición como respuesta al discurso de odio. “Convertir figuras como Tate en tabú solo refuerza su imagen de forajido”, advierte. En cambio, propone abrir espacios de discusión razonada donde los jóvenes puedan explorar, sin prejuicios, por qué estas ideas son tan seductoras.
Para la autora, las soluciones no vendrán solo de los adultos. “Ver Adolescence con estos jóvenes me hizo entender que las respuestas también están en ellos”, concluye.
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Propone priorizar la tutoría, reactivar clubes juveniles, gimnasios, grupos deportivos o religiosos que permitan reconstruir el tejido comunitario dañado por los recortes y los efectos del confinamiento por la pandemia.

Una lucha que no está perdida
El diagnóstico es claro: niños y adolescentes están aburridos, aislados y bombardeados por mensajes dañinos. Pero también son conscientes, críticos y, en muchos casos, dispuestos a resistir.
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La clave, según Combi, es escucharlos, involucrarlos y devolverles un sentido de propósito. “Un joven que se siente visto, que tiene voz y comunidad, es mucho menos vulnerable a las ideologías del odio”, escribió.
Ante la pregunta de qué hacer frente a esta crisis, la autora lanza una propuesta sencilla y radical: “Tomemos decisiones informadas con ellos, no para ellos. Se necesita una aldea para criar a un niño. Hagámoslo, por todos los jóvenes”.
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