“Nos decían que una niña sorda era un distractor”: la travesía de una madre por la educación de su hija en El Salvador

María Elena tenía 19 años cuando un tratamiento médico le quitó la audición a su primera hija. Enfrentó el rechazo escolar, diseñó sistemas caseros para comunicarse en casa y pagó un intérprete privado junto a otras madres hasta ver a su primogénita ingresar a la facultad de Ingeniería

María Elena Flores Escalante, madre de persona sorda, miembro perteneciente al Ministerio de Personas Sordas del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Salvador.
María Elena Flores Escalante, madre de persona sorda, miembro perteneciente al Ministerio de Personas Sordas del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Salvador. (Infobae Centroamérica/Emerson Del Cid)
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Cuando los médicos le confirmaron el diagnóstico definitivo, María Elena Flores Escalante tenía apenas 19 años. Su primogénita, Tiffany, que entonces rondaba los dos años de edad, acababa de perder la audición de manera irreversible.

No se trató de una condición congénita: la pequeña nació oyente, pero las secuelas de un tratamiento médico tras una compleja cirugía reconstructiva en la mano terminaron afectando sus tímpanos por ototoxicidad.

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Ante la noticia, la joven madre cayó en un profundo estado de negación y depresión. Durante días se encerró en su casa junto a su bebé, buscando respuestas que el sistema de salud no le brindó y enfrentando un entorno social cargado de dudas, señalamientos y prejuicios.

«Fue un momento frustrante, triste, algo que yo no podía creer. Tiffany estaba muy chiquita y yo me negaba al diagnóstico. Yo me bloqueé por completo», recuerda María Elena.

Fue su propia madre, la abuela de la niña, quien rompió el encierro para dar el primer paso hacia la aceptación. «Ella llegó a la casa y me dijo; ya sabemos que Tiffany es sorda; la niña está aquí y hay que sacarla adelante’. Ahí comenzó en realidad todo nuestro proceso», relata a Infobae.

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María Elena Escalante comparte el emotivo y difícil proceso que enfrentó al descubrir que su hija, Tiffany, era sorda. Un relato sobre la negación, la tristeza y la falta de información que la llevaron a una profunda depresión.

La reinvención del hogar: del aislamiento al aprendizaje de la LESSA

El descubrimiento de la sordera transformó por completo las dinámicas familiares. En un país que carecía de programas públicos de orientación temprana para padres de niños con discapacidad auditiva, la familia de María Elena tuvo que aprender a comunicarse desde la nada.

Ante las dificultades de la abuela materna para memorizar la gestualidad de la Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA), debido a que era una mujer de escasos recursos que no había tenido acceso a la lectoescritura en su juventud, María Elena tuvo que diseñar un sistema casero con fichas ilustradas y pictogramas que la familia llevaba consigo a todas partes.

Asimismo, adaptaron los espacios físicos de la vivienda para garantizar la seguridad de la pequeña. Eliminaron los pasadores internos en las puertas, mantuvieron la iluminación constante y establecieron reglas de contacto visual para evitar incidentes.

La llegada de su segundo hijo, Mateo, cinco años después, reafirmó la integración de la lengua en la casa: el niño aprendió señas desde bebé con su hermana mayor incluso antes de desarrollar el habla oral.

María Elena Escalante narra cómo el diagnóstico de sordera de su hija Tiffany movilizó a toda su familia. Desde su madre, que dejó su trabajo, hasta sus hermanos y su propio hijo, todos se comprometieron a aprender lenguaje de señas.

La discriminación en el sistema educativo y el alto costo de la inclusión

Cuando llegó el momento de escolarizar a Tiffany, María Elena se topó con un sistema educativo rígido y excluyente. En aquellos años, las instituciones educativas privadas y públicas rechazaban con frecuencia a los niños sordos argumentando que su presencia constituía «un distractor» para los demás alumnos o aduciendo que no contaban con personal capacitado.

La discriminación se extendió incluso a espacios comunitarios y religiosos.

«Yo dejé de ir a la iglesia un tiempo porque a mi hija no me la aceptaban en la clase bíblica por ser sorda. En los colegios, antes, aunque uno llevara su propio intérprete, decían que no porque eran un distractor para los demás niños. Existía mucha discriminación e ignorancia sobre el tema», exclamó María Elena.

Tras el cierre del único colegio cristiano especializado al que asistía la niña en sus primeros años de primaria, María Elena y otras dos madres de niñas sordas tomaron una decisión desesperada para evitar que sus hijas quedaran fuera del sistema educativo: se asociaron para financiar, de sus propios bolsillos, la contratación de un intérprete privado que las acompañara durante toda su formación escolar.

Este esquema representó un esfuerzo financiero extremo para la familia durante años. Además de las mensualidades escolares, debían cubrir los honorarios de la intérprete, servicios de transporte especial y clubes de tareas particulares para reforzar las asignaturas.

Sin embargo, todo cambió en 2009, cuando una compañera de trabajo le habló de una iglesia en San Salvador que contaba con un ministerio especializado para personas con discapacidad auditiva.

Al llevar a Tiffany a ese espacio, María Elena presenció una transformación decisiva en la vida de su hija: al verse rodeada de pares y de adultos que se comunicaban en su propia lengua, la niña experimentó por primera vez una verdadera sensación de pertenencia y felicidad.

María Elena Escalante, madre de una niña sorda, comparte entre lágrimas cómo encontrar un ministerio especializado se convirtió en una luz de esperanza para su hija. Un relato sobre encontrar la felicidad y la comprensión en la comunidad.

El hito universitario y los vacíos del sistema de salud pública

El sacrificio acumulado dio frutos. Tiffany no solo completó la educación media con calificaciones sobresalientes, sino que superó los exámenes de admisión e ingresó a la Universidad de El Salvador (UES) para cursar la carrera de Ingeniería.

A diferencia del sistema de educación básica y media, la universidad estatal ofrece asistencia de intérpretes y tutorías gratuitas para estudiantes con discapacidad.

Sin embargo, a sus 20 años, la autonomía de Tiffany continúa encontrando límites infranqueables en el sistema de salud pública del país. La falta de intérpretes acreditados o de personal médico capacitado en LESSA en los hospitales y farmacias obliga a María Elena a acompañar a su hija a cada consulta médica para evitar diagnósticos erróneos.

María Elena Flores Escalante, madre de persona sorda, miembro perteneciente al Ministerio de Personas Sordas del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Salvador.
María Elena junto a su hija Tiffany, quien ahora es estudiante de Ingeniería en la Universidad de El Salvador. (Infobae Centroamérica/Emerson Del Cid)

«Ahora que ella está en la universidad ha desarrollado una independencia increíble, usa aplicaciones en su teléfono para escribir y comunicarse con la gente. Pero en la salud es diferente. Yo no la puedo mandar sola al médico porque tengo que interpretarle. El año pasado le salió un tumor en un ovario y fue complejo que los médicos entendieran sus síntomas. En los hospitales, clínicas y farmacias debería de haber por lo menos una persona que sepa lenguaje de señas para atender al paciente. Ahí están siendo excluidos», enfatiza.

A pesar de los obstáculos económicos y de las barreras sociales que aún persisten en El Salvador, María Elena observa el camino recorrido con la satisfacción de quien ha vencido a la adversidad junto a su familia.

«Si Dios quiso darme una niña sorda, yo sé que Él tenía su propósito. No ha sido fácil, pero tampoco ha sido imposible. A las personas que ven a los sordos con lástima yo siempre les digo lo que le dije a mi hija: ella es una persona inteligente y capaz de hacer cualquier cosa; su única diferencia es el idioma», concluye.

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