En la prisa cotidiana, miles de personas interactúan todos los días con trabajadores o ciudadanos sin notar la barrera invisible que los separa. Un saludo no respondido o una indicación no comprendida suelen atribuirse a la prisa o a la mala educación, cuando en realidad se trata de una persona que vive en un mundo sin sonido.
Frente a esa desconexión social, la iniciativa de aprender Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA) no solo representa la adquisición de una nueva destreza lingüística, sino un compromiso humano para derribar el aislamiento de la comunidad sorda.
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Walter Adrián Domínguez, servidor del ministerio «Pan y Chocolate» en el Tabernáculo Bíblico Bautista Central, forma parte de esta nueva generación de oyentes que han decidido cruzar esa frontera. Alumno del pionero Diplomado en LESSA impartido en el Colegio Bautista de Teología (CBT), Walter lleva más de un año capacitándose de la mano de un equipo docente mixto integrado por el facilitador sordo Miguel Ángel Orellana y la intérprete Adriana Barrera.
En entrevista con Infobae, reflexiona sobre los motivos que lo llevaron a capacitarse, las dificultades de comprender la gramática visual y el compromiso de la sociedad civil frente a la falta de visibilidad del colectivo sordo en El Salvador.
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Aunque el Ministerio de Sordos en la iglesia central nació en el año 2000 tras independizarse del Ministerio de Educación Especial, durante más de dos décadas la enseñanza de la LESSA estuvo restringida a capacitar exclusivamente a maestros e integrantes de ministerios internos. Sin embargo, el año 2024 marcó un punto de inflexión con la apertura del primer diplomado general abierto a todo público en el CBT.

Esta primera promoción histórica cuenta con 36 alumnos matriculados y contempla un plan de estudios intensivo de 10 meses de duración que condensa dos niveles académicos. Bajo la dirección de una dupla docente (un maestro sordo y una facilitadora oyente), la currícula aborda de manera integral cuatro pilares fundamentales:
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- La gramática propia de la LESSA
- La expresión gestual
- El desarrollo de la percepción visual
- La adquisición de vocabulario.
De las interacciones cotidianas a las aulas: el despertar de la empatía
Para Walter, la inquietud por aprender la lengua de señas no surgió de un familiar cercano ni de una exigencia profesional, sino de la observación atenta en espacios públicos. Encuentros cotidianos en el supermercado o durante una estancia en el hospital encendieron en él la convicción de que era necesario aprender a comunicarse.
Walter Adrián Domínguez, estudiante de Lessa, comparte la experiencia personal que lo motivó a aprender lengua de señas. Un encuentro cotidiano con personas sordas despertó en él el deseo de poder comunicarse y agradecerles.
Esa pequeña semilla dio sus primeros frutos meses después cuando enfrentó un quebranto de salud que lo llevó a estar internado en un centro hospitalario. Fue allí donde comprobó el impacto emocional que genera en una persona sorda ser abordada en su propio idioma.
«A inicio de año estuve ingresado en el hospital un par de días y la persona que hacía la limpieza era sorda. Un ‘buenos días’ y ‘gracias’ en señas me hicieron sentir bien, porque tuve esa forma de comunicarme y la persona me entendió. Se sentía admirada de que realmente alguien pudiera comunicarse con ella en su lenguaje, no solo como algo que nosotros creemos que nos van a entender si hacemos muecas o gestos inventados», relata.
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El proceso de aprendizaje para un oyente demanda paciencia y constancia. A diferencia de lo que se suele pensar, Walter asegura que el principal obstáculo al inicio no reside en la agilidad motora de las manos, sino en el pánico a equivocarse o a no transmitir la idea de forma clara.
Walter Adrián Domínguez, estudiante de Lengua de Señas Salvadoreña (Lessa), comparte una emotiva experiencia personal que vivió en un hospital, donde pudo comunicarse con una trabajadora sorda y sentirse comprendido.
«Todo ha sido un reto. Es algo que requiere mucha paciencia y práctica diaria. No es solo venir los sábados en la tarde, cerrar el cuaderno y dejarlo hasta la otra semana; es ver cómo en el día a día podemos aplicarlo. Lo más difícil para mí ha sido la pena. No creo que sea tanto la agilidad de las manos, sino la pena de si me voy a poder comunicar bien o si no me voy a dar a entender con la persona sorda y me voy a quedar a medias», explica.
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A medida que avanza en su formación dentro del programa de 10 meses del CBT, Walter ha comprendido que aprender LESSA no consiste en traducir palabra por palabra (español signado), sino en adoptar una estructura gramatical visual que exige una profunda comprensión conceptual, especialmente al momento de presenciar discursos o sermones complejos.
«Hay momentos en que uno se pierde en la idea, porque cree que es traducir de forma literal. Y no: como dice la palabra, es interpretar, es decir, convertir esa idea y pasarla al lenguaje de un sordo. Por eso es un proceso bien complejo. En mi caso, entre semana mientras estoy trabajando o hago una pausa, trato de practicar diciendo nombres o formulando oraciones sobre cómo me fue en el día», detalla.
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Formación desde la iglesia y la invisibilidad mediática de la comunidad sorda
Desde la perspectiva de Walter, las iglesias y organizaciones comunitarias están cubriendo un rol fundamental en la preparación de oyentes para la inclusión y la evangelización. Sin embargo, recalca que este esfuerzo no debe quedarse únicamente en las aulas de teología, sino expandirse a todo el sistema educativo nacional.
«Lo veo superbueno. De verdad que es una inclusión que hace mucha falta acá. Es de podernos comunicar con ellos en todo momento, no solo como una parte de comunicación general, sino también para evangelizar. Si estuviera en mis manos, tendría que haber más impulso en las escuelas para que desde niños conozcan lo más básico. Hasta que entras a este mundo entiendes el trasfondo de lo que viven. Siempre pasamos desapercibidas a las personas con discapacidad, pero entender su mundo e intentar comunicarnos es vital», reflexiona.
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Walter, quien forma parte de la primera camada de 36 estudiantes del diplomado del CBT, aspira a dominar la lengua de señas para servir como intérprete activo en actividades comunitarias y religiosas.
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