
Faltaban solo dos semanas para que el pastel de cumpleaños número once se encendiera con sus velas, pero para Camila Navarrete, el tiempo se detuvo antes de la celebración.
En San Salvador, donde el ritmo de su vida estaba marcado por los pasos de danza, las manualidades y los trazos de sus dibujos, una sombra desconocida se filtró en su cotidianidad.
El 8 de octubre de 2021, tras una serie de consultas y exámenes, llegó el diagnóstico que ningún padre está preparado para escuchar y ningún niño debería tener que descifrar: leucemia.
Sus padres, en un intento protector por evitarle el impacto brutal de la noticia, optaron por un silencio cargado de cuidado. “Solo me dijeron que me iban a tratar, pero yo no sabía nada”, recuerda Camila hoy, con la serenidad que dan los años de batalla.
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Sin embargo, en los pasillos de un hospital, las palabras tienen eco y peso propio. Fue al escuchar el término “quimioterapia” cuando la realidad la golpeó de frente.
En ese instante, el mundo dejó de ser un lugar de juegos para convertirse en un escenario de incertidumbre absoluta. “En ese momento lo que más sentí fue miedo. ¿Miedo a qué? Que me fuera a morir. Eso fue lo que más me asustó”, expresó a través de una entrevista con la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

El tesoro de la maleta azul
En medio de ese panorama desalentador, apareció un recurso que cambiaría la percepción del dolor para Camila: una maleta. No era una maleta común de viaje, sino La Maleta de Emely. Este proyecto, nacido en El Salvador de la historia real de una niña que enfrentó la leucemia con una entereza extraordinaria, llegó a manos de Camila a través de una voluntaria.
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La maleta no contenía fármacos, sino algo quizás más poderoso para una niña de once años: explicaciones. A través de un libro con ilustraciones claras y cercanas, Camila empezó a entender qué eran esas plaquetas que tanto mencionaban los doctores y cómo funcionaba su sistema inmunológico.
El cáncer dejó de ser un monstruo invisible para convertirse en algo que se podía nombrar y, sobre todo, que se podía dibujar.
“El libro me explicó el sistema inmunológico, la sangre... me acuerdo hasta de los dibujitos”, relata Camila. El libro la invitaba a ser parte activa de su curación. Una de las actividades que más la marcó fue precisamente la de plasmar su propia visión de la enfermedad: “Dibujar cómo crees que es tu cáncer”.
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Para alguien que ama las manualidades, ese acto de creación fue un acto de liberación. Incluso los sacrificios más pequeños, como dejar de comer sushi por el riesgo de infecciones, se volvieron comprensibles gracias a un dibujo de una pieza de arroz que le decía, con humor, “no me comas”.
El camino, sin embargo, no fue lineal. Durante dos años, el Hospital Bloom referente nacional en El Salvador, fue su segundo hogar. Hubo mañanas de náuseas persistentes y tardes donde el cuerpo pesaba más que la voluntad. Camila recuerda con especial nitidez su última quimioterapia; los nervios la traicionaron, provocándole malestares que duraron casi una semana.
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Hoy, Camila está a punto de cumplir 15 años. Sus manos, las mismas que dibujaron su cáncer para entenderlo, ahora trazan siluetas de vestidos y conjuntos de moda. Sueña con ser diseñadora y su mayor deseo es simple pero profundo: salir del colegio, estar bien y no recaer.
El impacto de La Maleta de Emely en El Salvador ha sido tangible: más de 500 niños beneficiados y una tasa de abandono del tratamiento menor al 1%, un logro histórico en contextos de vulnerabilidad. Lo que comenzó como una iniciativa local, impulsada por la OPS y la Fundación Ayúdame a Vivir, es hoy un recurso regional adaptable para toda América Latina.
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La historia de Camila demuestra que la medicina cura el cuerpo, pero la comprensión sana el espíritu. Porque entender, dibujar y nombrar el miedo es, en última instancia, el primer paso para transformarlo en esperanza.
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