
El libro “Desde la Lejanía: stories of Salvadorian displacement in Australia”, publicado en 2025 por Tania Cañas y Glenda Mejía, recoge testimonios de la diáspora salvadoreña en Oceanía.
Entre estos relatos destaca la historia de Reina, quien vivió una infancia apacible en Zacatecoluca, El Salvador, pero cuya vida cambió de manera abrupta a finales de los años ochenta cuando la violencia empujó a su familia al exilio.
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La experiencia, marcada por el desarraigo, la adaptación y la superación, representa un ejemplo de fortaleza frente a la adversidad migratoria.
Nacida y criada en Zacatecoluca, Reina creció junto a sus cinco hermanos en un hogar liderado por padres trabajadores. Su padre, empleado judicial y pionero en la introducción de tecnologías como la fotocopiadora en el pueblo, y su madre, reconocida costurera, ofrecieron a sus hijos una infancia rodeada de árboles, reuniones familiares y juegos en la naturaleza.

“Nuestra diversión era ir a la casa de la abuela, trepar árboles y comer fruta fresca”, recuerda Reina en el testimonio que recoge Desde la Lejanía.
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La tranquilidad familiar quedó interrumpida en el año 1988, cuando su padre fue víctima de un ataque violento que casi le cuesta la vida. Todo ello, en medio de la guerra civil que atormentó al país centroamericano durante 12 años. El temor a nuevas agresiones y la creciente inseguridad llevaron a la familia a buscar refugio en el extranjero.
Un camino hacia lo desconocido
Según narra Reina, fue el contacto con amigos en Melbourne lo que les permitió conocer un programa de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que gestionaba procesos de reasentamiento. “Fuimos a la oficina del OIM, mi papá aún vendado, y contamos nuestra historia. Ese día estaba la cónsul y nos dijo que todos podíamos salir”, relata Reina en el libro.
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El proceso no fue inmediato. Las entrevistas, exámenes médicos y trámites burocráticos demoraron la salida de la familia hasta abril del año siguiente. Durante ese tiempo, enfrentaron la incertidumbre de abandonar a sus seres queridos y la angustia de no saber cuándo volverían a verlos.
“Fue muy triste dejar la familia. La despedida fue dura porque nunca nos habíamos separado”, señala Reina, quien tardó diecinueve años en regresar a El Salvador para un reencuentro.

Desafíos en Oceanía
La llegada a Australia significó un choque cultural y emocional. La familia viajó acompañada de un funcionario de la OIM que hablaba inglés, lo que les proporcionó cierta seguridad. Al arribar a Melbourne, fueron alojados en un hotel junto a familias de diversas nacionalidades, entre ellas iraníes, afganos, italianos y otros latinoamericanos.
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Reina, mayor de edad, compartió habitación con una joven italiana, mientras su hermano menor quedó con un polaco. La convivencia multicultural y las estrictas normas del albergue marcaron el inicio de una adaptación compleja.
El libro relata cómo la familia debió ajustarse a nuevas costumbres, desde los horarios de comida hasta la imposibilidad de cocinar platos tradicionales. Reina rememora un episodio en el que una amiga intentó preparar tortillas en el hotel, provocando que la administración le confiscara el sartén. “Nos dieron una taza, cubiertos y vaso, y con eso debíamos arreglarnos”, recuerda.
La adaptación no fue únicamente material. Reina describe cómo los primeros meses en Australia estuvieron cargados de recuerdos y pesadillas recurrentes sobre la violencia en El Salvador. “Soñaba que me perseguían los ladrones, soñaba con la violencia. Todo ese trauma venía conmigo”, explica en las páginas.
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Cuando el título de ingeniera choca con la realidad del exilio
El apoyo institucional resultó clave en los primeros meses. El CES (Commonwealth Employment Service) ofrecía entrevistas laborales en el propio hostel, y quienes no optaban por estudiar podían acceder a empleos en fábricas como la de Nissan.
Reina, formada como ingeniera química en El Salvador, intentó convalidar sus estudios y realizar prácticas profesionales, pero las exigencias de experiencia local dificultaron su inserción laboral. Decidió entonces priorizar el cuidado de su hija, nacida poco después de la llegada, mientras su esposo asumía el sustento económico.

Las dificultades de salud de su madre y su hija llevaron a la familia a mudarse a Brisbane, donde el clima más cálido alivió los problemas reumáticos y respiratorios.
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En Woodridge, Queensland, Reina reconstruyó su vida, primero apoyando a miembros de la diáspora africana y salvadoreña, y luego como cuidadora familiar.
Mantener el vínculo con El Salvador siempre fue una prioridad: “Llamábamos a mi hermano todos los días porque se había quedado solo y la situación allá seguía difícil”, afirma.
El testimonio de Reina, muestra los retos del desplazamiento forzado, la reconstrucción de la identidad y la búsqueda de pertenencia en un entorno hostil y desconocido.

Su relato, marcado por la nostalgia y la resiliencia, ilustra las huellas perdurables del exilio y la capacidad de las familias migrantes para adaptarse y salir adelante, incluso en los contextos más adversos.
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