
Alianza Educativa administra once colegios oficiales en Bogotá, donde estudian cerca de 11.900 alumnos. Desde hace 26 años, la organización trabaja con una premisa que ordena su modelo pedagógico: todos los estudiantes tienen que aprender. Más que un lema, la frase opera como una forma de gestión: mirar el aula, seguir los aprendizajes, formar docentes, involucrar a las familias y sostener altas expectativas aun en contextos vulnerables.
Diana Basto Castro es la directora general de Alianza Educativa. Según ella explica, la cohorte 2024 alcanzó una tasa de tránsito a la educación superior del 72%, una cifra superior a los promedios de Colombia en general y de Bogotá en particular. Pero la directora advierte que ese dato no clausura la discusión. La mejora educativa, dice, no puede medirse solo por la distancia con la media: mientras haya estudiantes que no leen bien, que no comprenden lo que leen o que llegan a la secundaria con vacíos en la formación básica, el trabajo sigue abierto.
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En Alianza Educativa, la alfabetización está considerada como la base sobre la que se construyen los demás aprendizajes. En ese marco se inscribe el piloto de A leer en Vivo, la plataforma de Ticmas que la organización comenzó a implementar en cuatro colegios con estudiantes de cuarto y quinto grados.
Los primeros datos muestran avances alentadores: en ocho semanas, el grupo ubicado en el nivel más bajo se redujo casi a la mitad y empezaron a aparecer alumnos en niveles de desempeño donde antes no había ninguno. Basto Castro celebra esos resultados, pero introduce un matiz: el programa trabaja con chicos que ya tenían código lector y necesitaban fortalecer fluidez, prosodia y comprensión.
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—¿Cómo se traduce el propósito “Que todos los estudiantes aprendan” en la gestión de las escuelas?
—Una de las premisas son las altas expectativas: esperamos que todos los niños lleguen a su máximo potencial. Nosotros no solo matriculamos estudiantes, matriculamos familias. Y no hablamos de “niños problema”, algo que es bastante común en las escuelas. Trabajamos sobre el respeto, la rectitud y lo que llamamos acciones de alto impacto. Eso tiene que verse en la planeación, en la gestión del aula y en el seguimiento de los aprendizajes. Cuando los rectores o coordinadores entran a observar una clase, miran aspectos muy específicos de lo que hace el profesor, porque eso es lo que debería garantizar aprendizajes efectivos.
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—¿Por qué es tan difícil mejorar la alfabetización?
—Hay muchos métodos para enseñar a leer y escribir, pero muchos no tienen evidencia científica de que logren los impactos esperados. También pasa que las facultades de educación no priorizan una metodología. No sé cómo será en otros países de América Latina, pero en Colombia muchas facultades no están formando maestros con metodologías de vanguardia. Parece que estuvieran preparando docentes para otro siglo. Y hay otro punto: no garantizamos que la lectura sea un proceso transversal en todas las disciplinas. A veces el profesor de Ciencias cree que no tiene que mirar si el niño está leyendo bien o si escribe con errores, siempre y cuando responda la pregunta de ciencias. Pero esto debería atravesar todo el trabajo escolar.
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—¿Por qué relaciona la lectura con la participación democrática?
—En nuestros contextos latinoamericanos, una persona que no entiende la información que recibe y que no puede tomar una postura crítica frente a ella es una persona muy fácil de manipular. Eso se ve con los gobiernos populistas, que se aprovechan de carencias estructurales de nuestros sistemas. Si la gente no entiende lo que lee, no puede hacer un ejercicio funcional de su derecho democrático. Por eso la lectura no es solo un tema escolar. Tiene consecuencias mucho más amplias.
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—¿Qué le llevó a poner en práctica el piloto de “A leer en vivo”?
—Conocí “A leer en vivo” el año pasado, en Edutechnia. Hice el test y dije: “Esto está brutal, quiero llevarlo ya a los colegios de Alianza”. Nos llamó mucho la atención el uso de la tecnología y de la inteligencia artificial aplicada al aprendizaje, pero también el uso de los datos para acompañar al maestro. Esto no reemplaza al docente. Le da información para ajustar el proceso y acompañar a los estudiantes con más propósito y de una manera más sistemática. También nos interesó mucho cómo está construida la plataforma: reconoce otras motivaciones de los estudiantes. Que puedan ser streamers, que haya gamificación, que se involucren de otra manera. Lo que vemos en el piloto es que eso les encanta.
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—¿Qué produce en los chicos esa forma de trabajo?
—Hay algo interesante: con la inteligencia artificial, el estudiante puede trabajar solo con la pantalla y los audífonos. Eso reduce mucho la vergüenza. No está leyendo en voz alta frente a todos sus compañeros. Está en un espacio más privado, donde puede equivocarse con menos exposición. A medida que crecen, los chicos se vuelven más conscientes de la vergüenza. Si tienen que leer en voz alta y sienten que otro compañero lee mejor, eso pesa. En cambio, con la herramienta se meten por completo en la actividad y avanzan. Para nuestra estrategia de remediación, además, nos permitió llegar a más estudiantes de los que habríamos alcanzado con el método tradicional.
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—¿Ya tienen indicadores sobre la evolución de la lectura y la comprensión?
—Sí. Los datos ya nos están mostrando una transformación. Tenemos 145 estudiantes focalizados para este piloto. Hemos logrado es disminuir la cantidad de estudiantes que estaban en el nivel uno, que es el más bajo, y empezamos a ver estudiantes en niveles más altos donde antes no teníamos ninguno. Cuando comenzó el piloto, teníamos alrededor de 21 estudiantes en el nivel uno. En la semana ocho de implementación, ese nivel se redujo casi a la mitad. Y empezaron a aparecer chicos en el nivel cuatro y en el nivel cinco, donde al inicio no había estudiantes.
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—Es un avance muy fuerte para ocho semanas. ¿Cómo lo interpretan?
—Hay que hacer una aclaración. Los estudiantes priorizados ya tenían código lector. Según nuestras evaluaciones, ya decodificaban. Lo que les faltaba era fluidez. Esto es importante porque el piloto parte de una base: que los estudiantes ya puedan decodificar. Si no tienen esa base, el programa no puede ser igual de efectivo. Ahí todavía nos queda un desafío: cómo acompañar a los chicos que están en niveles más iniciales y que aún no lograron esa decodificación.
—¿Cómo es el compromiso de los docentes para no dejar toda la responsabilidad en una plataforma?
—Los docentes destacan la eficacia de los planeadores preelaborados. Sienten que les ahorran tiempo administrativo y les permiten enfocarse en la intervención directa. También valoran mucho la mejora en la prosodia y la entonación, porque no se trata solo de leer rápido, sino de leer bien. La inteligencia artificial logra captar aspectos que para un ser humano pueden pasar inadvertidos: una pausa, una coma, un punto y coma, una entonación. Y a partir de eso puede dar retroalimentación.
—¿Qué otros cambios esperan ver en los estudiantes?
—Queremos ver estudiantes que no solo lean con fluidez y velocidad, sino que también desarrollen un hábito lector genuino. Que eso se refleje en mejores notas en todas las materias. Que puedan cerrar esa brecha y sumarse con éxito al ritmo de su grado. Ahora están muy atraídos por la gamificación y por la posibilidad de ser streamers. Eso está muy bien, porque los motiva. Pero el objetivo es que después puedan sentarse con un libro y leerlo sin necesidad de que haya gamificación.
—¿El programa también produce efectos emocionales?
—Sí. Vemos valor en varios ejes. Uno es el impacto socioemocional y motivacional. Cuando los estudiantes asumen otros roles, como el de streamers o productores de contenido digital, desarrollan autoconfianza. Eso hace mucho eco en Alianza, porque trabajamos sobre dos pilares: el componente académico y el componente socioemocional. Y esto refuerza esa dimensión. Los chicos se involucran activamente en su aprendizaje. No son sujetos pasivos: están creando. Eso convierte el proceso de remediación en una experiencia motivadora y con valor personal. De hecho, tenemos niños que no fueron priorizados y que quieren entrar al piloto por lo que les cuentan sus compañeros.
—Pensando en el futuro, ¿qué tendría que pasar para que iniciativas como esta escalen y tengan impacto sistémico?
—La inteligencia artificial es una aliada muy poderosa, pero el acompañamiento humano no se puede sustituir. Esto tiene que funcionar como una dupla: los profesores se apoyan en la herramienta para hacer una enseñanza más efectiva. Alguien habló de inteligencia ampliada, no necesariamente de inteligencia artificial. Me gusta esa idea. La tecnología puede ampliar la capacidad del docente, pero no reemplazar su criterio pedagógico. Para lograr un impacto sistémico necesitamos modelos de gestión, como el que hoy tiene Alianza, que además sepan qué hacer con los datos. Porque el piloto arroja datos, pero si uno no sabe leerlos e interpretarlos, esos datos no dicen nada. Tienen que convertirse en acciones pedagógicas. Y eso también debe estar garantizado en la formación docente.
—¿Cuáles son los principales desafíos para escalar una experiencia así?
—Veo tres. El primero es el nivel de entrada. El programa requiere que el estudiante ya decodifique. Entonces queda el reto de cómo apoyar a los niveles iniciales, a los niños que todavía no lograron esa base. El segundo es la infraestructura tecnológica. Nosotros estamos en Bogotá, y Bogotá, por ser la capital de Colombia, está mejor que otras regiones del país en muchas cosas. Pero incluso así hay colegios donde el internet es intermitente. Si uno quisiera llevar este programa a otros lugares, la conectividad y los dispositivos serían un desafío importante. Además, en la escuela podemos garantizar ciertas condiciones, pero no siempre en la casa. El tercero es la sostenibilidad de la formación docente. En Alianza no tenemos una rotación muy alta, pero si formamos a un docente y ese docente se va, hay que volver a formar a otra persona. Eso también implica un reto.
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