
Una de los grandes motivadores de mi carrera profesional es la duda. Recuerdo que siempre he tenido dudas que no se resuelven fácilmente, al punto que eso a veces cansaba a mis padres que no tenían más que decir “no sé”.
Y es que todo me hacía pensar ¿de donde viene?, ¿quién lo inventó?, ¿por qué es así? Si bien había unas que no tenían respuesta —ya sea por que incluso eran desconocidas para las personas a mi alrededor, o porque no sabían como responder a una niña— había otro tipo de preguntas que causaban risa y burla que señalaba que era demasiado rara la cuestión, o por el contrario, algo muy obvio y que todos conocen (excepto quien lo pregunta).
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Al cursar la educación básica hubo un tema recurrente que los profesores repetían a mis compañeros y a mi cuando terminaban de explicar un tema: “¿Alguna duda?, recuerden que no hay preguntas tontas”. Y a pesar de que no existían las “preguntas tontas”, la sensación de cuestionar algo que parece muy obvio o muy absurdo me invadía. Sin embargo, hay cosas que sí o sí deben resolverse por más disparatado que parezca, y bajo esa premisa, estaban los libros y el internet para descifrar los enigmas, pues incluso las interrogantes que parecen absurdas o innecesarias tienen el poder de transformar la manera en que entendemos el mundo.

La curiosidad como motor de conocimiento
La ciencia, la tecnología y muchos de los avances que hoy se consideran indispensables nacieron de la simple necesidad de comprender lo que nos rodea. Preguntar por qué los gecos pueden caminar boca abajo no parecía tener implicaciones prácticas, hasta que décadas después se desarrolló Geckskin, un adhesivo reutilizable capaz de soportar hasta 320 kilogramos en superficies lisas. Lo mismo ocurrió con los calamares, cuya anatomía inspiran diseños de robots subacuáticos, aunque al principio sus estudios parecían irrelevantes.
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Albert Einstein, uno de los máximos exponentes del pensamiento científico, no vio de inmediato aplicaciones prácticas en su teoría de la relatividad. Fue necesario casi un siglo para que ese conocimiento se tradujera en algo tan cotidiano como el sistema GPS, según un artículo de National Geographic. Si él o sus contemporáneos hubieran descartado su propia curiosidad por considerarla inútil, esos avances jamás habrían llegado.
Los grandes descubrimientos, en su mayoría, no nacen de preguntas dirigidas exclusivamente a resolver problemas concretos, sino de la inquietud genuina por entender. Como afirmaba el educador Abraham Flexner, fundador del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, los mayores aportes a la humanidad provienen de la “búsqueda sin obstáculos de conocimiento inútil”.
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Más allá de la ciencia, el temor a hacer preguntas consideradas tontas o absurdas está presente en todos los ámbitos: en el aula, en el trabajo, en reuniones o incluso en conversaciones cotidianas. Este miedo inhibe la curiosidad y limita el aprendizaje. Sin embargo, expertos en educación y psicología coinciden en que cuestionar es esencial para desarrollar el pensamiento crítico, la creatividad y la resolución de problemas.
“Las personas aprenden cuando se atreven a preguntar, incluso si creen que la duda es obvia o básica”, explica la pedagoga mexicana Carolina Orozco. Según la especialista, muchas dificultades de aprendizaje en escuelas y universidades provienen precisamente del miedo al juicio o al ridículo. “Nadie nace sabiendo. Cada pregunta, por más sencilla que parezca, es un paso hacia la comprensión”, añade.
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En el entorno laboral ocurre algo similar, pues cuestionar procesos, procedimientos o decisiones puede ser visto como un acto de irreverencia o ignorancia. Sin embargo, son esas dudas las que, en muchos casos, pueden mostrar procesos ineficientes y al mismo tiempo abrir caminos a la innovación o previenen errores costosos.

La “pregunta tonta” que cambia al mundo
El desprecio hacia las preguntas incómodas o aparentemente absurdas no es nuevo. En la década de 1970, el senador estadounidense William Proxmire creó los polémicos Premios Golden Fleece, con los que ridiculizaba investigaciones financiadas con dinero público que, en su opinión, carecían de sentido. Entre los estudios señalados se encontraban investigaciones sobre el efecto de la marihuana en buzos o el comportamiento de los vegetarianos.
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Sin embargo, detrás de esas investigaciones “ridículas” se esconden procesos rigurosos, evaluaciones por pares y, en muchos casos, avances inesperados. Se estima que más de la mitad del crecimiento económico mundial se origina en descubrimientos derivados de investigaciones básicas, muchas de ellas nacidas de preguntas simples y curiosas.
El caso del biólogo David Scholnick y su famosa investigación con camarones corriendo en una cinta de correr es otro ejemplo. Lo que fue objeto de burlas y críticas en redes sociales, en realidad formaba parte de un estudio serio sobre la resistencia de los camarones a bacterias presentes en el agua, información útil para entender la salud de los ecosistemas marinos.
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Las grandes ideas, las transformaciones y los descubrimientos nacen, casi siempre, de la valentía de preguntar. En un mundo donde la inmediatez exige respuestas rápidas y resultados concretos, se olvida que muchas de las respuestas más valiosas tardan en llegar y que, a veces, la utilidad de una pregunta no se revela sino hasta años o décadas después.
Por eso, tanto en las aulas como en los laboratorios, en las empresas o en la vida diaria, es fundamental reivindicar el valor de la duda, de la curiosidad y de atreverse a preguntar. Porque, al final, ninguna pregunta es tonta. Lo verdaderamente tonto es quedarse con la duda.
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