
A los ocho años, la vida de Sabrina Agüero cambió drásticamente cuando sus padres se separaron y ella debió mudarse de Mendoza a Buenos Aires con su madre y su hermano menor, Fernando. Fueron a Punta Lara, una localidad cercana a La Plata, donde vivían sus tíos. De un día para el otro, pasó de asistir a una escuela católica mendocina, donde la estructura y el orden la rodeaban, a una escuela pública donde el contexto social estaba desafiado por una situación vulnerable. La nueva escuela la impactó de manera profunda y contribuyó a moldear su visión sobre la educación y la vida misma.
“Fue un cambio muy grande”, recuerda, “en Mendoza iba todo era más protegido, y de repente estaba en un lugar donde mis compañeros vivían realidades muy difíciles. A esa edad no lo entendía completamente, pero con el tiempo me fui dando cuenta de cuánto aprendí de esa experiencia”. El tránsito entre dos mundos tan diferentes —y, sin embargo, tan cercanos—, la preparó para lo que vendría después: una carrera dedicada a la educación, donde la empatía y el compromiso con las familias se volvieron centrales en su trabajo como docente.
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Desde chica, Sabrina tuvo una inclinación natural hacia las actividades creativas. “Siempre fui muy inquieta”, dice y cuenta que, a pesar de las dificultades económicas que la familia enfrentaba, su mamá siempre se esforzó para brindarle las oportunidades necesarias para su desarrollo. “Se las arreglaba para que yo pudiera hacer actividades gratuitas, como ir a computación o baile, pero también a las que costaban dinero, como las clases de arte, que pagaba con mucho esfuerzo”. Es indudable que su madre —la fuerza y la dedicación de su madre— fue su modelo. “Siempre la admiré. Profundamente”, dice.

La maestra rural
El interés por el arte y la expresión la llevaron a prepararse para ingresar en la escuela de Bellas Artes de La Plata, pero quedó en lista de espera y finalmente terminó la secundaria con orientación en Diseño y Comunicación. Ese momento de su vida no solo marcó su crecimiento personal, sino que también sentó las bases para su vocación educativa. Empezó a estudiar en el Instituto N° 9 de La Plata, pero la vida le presentó otro desafío.
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Tenía 18 años y quedó embarazada de su primera hija, Ludmila. “Soy mamá soltera”, dice, “hice la mitad de la carrera y después hice la otra mitad cuando volví de nuevo a mi tierra”. Sabrina completó su formación docente en Mendoza y una de sus primeras experiencias fue en la Guardería en Vendimia, de una bodega, a donde iban los hijos de trabajadores golondrina de las fincas. Allí comenzó su paso por la ruralidad, donde aún se mantiene.
Actualmente, trabaja en el jardín JIE 0-061, ubicado en la localidad de Tres Porteñas, una localidad rural ubicada en el departamento San Martín, con poco menos de 3500 habitantes y a unos 250 km de la capital de la provincia. “Hace ocho años que estoy en el jardín, y ya conozco a las familias desde hace generaciones. Estoy con los terceros hijos de algunas familias, lo que me permitió construir una relación muy cercana con la comunidad”, dice. En su sala de cinco años, Sabrina tiene 19 alumnos, que participan activamente en el aula y disfrutan del aprendizaje basado en el juego.
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Tres Porteñas es un pueblo que combina la ruralidad con la cercanía a un pequeño centro urbano. Muchas familias viven de la actividad agrícola, y aunque algunas llegan a la zona por temporadas —ha recibido alumnos de Salta y Tucumán, e incluso algunos de Bolivia— la mayoría de los chicos provienen de familias que residen allí desde hace años. Este contexto le permitió desarrollar un vínculo estrecho con los padres y los alumnos, quienes ven en ella una figura de confianza. “Las familias son muy respetuosas y comprometidas. Siempre están dispuestas a participar en las actividades del jardín. Me piden hacer talleres, actividades conjuntas, y eso es muy valioso”, dice. Este compromiso de las familias facilita su trabajo en el aula, donde Sabrina busca que cada niño se sienta escuchado y valorado, sin importar las dificultades que pueda haber en casa.
Una red (social) de docentes
Poco después de la pandemia, Sabrina abrió una cuenta de Instagram, @sesabri5, como una manera de compartir material educativo gratuito a otras maestras y familias. Al día de hoy tiene casi 26 mil seguidores, y se ha convertido en un recurso valioso para quienes buscan actividades y herramientas creativas para las aulas y para las casas.
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“Cuando empecé a estudiar no tenía impresora ni computadora, y siempre me costaba acceder a material. Pensé en todas las docentes que están en situaciones similares y quise ayudar”, dice. En su cuenta, comparte recursos que van desde canciones y rimas hasta juegos educativos, todos diseñados para fomentar el aprendizaje a través del juego.
El impacto de su cuenta no solo se mide por el número de seguidores, sino también por los mensajes de agradecimiento que recibe de docentes de todo el país. “Me escriben diciéndome que los materiales les sirven muchísimo, y eso es muy gratificante. Sé lo difícil que es ser maestra cuando no tenés todos los recursos a mano, y me alegra poder aportar un granito de arena”, dice.
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Una biblioteca para todos los días
En su trabajo cotidiano, Sabrina pone un fuerte énfasis en la alfabetización temprana, convencida de que el aprendizaje comienza desde el primer día de vida. “El proceso de alfabetización empieza mucho antes de que los chicos hablen. Desde que son bebés; incluso desde que están en la panza de las mamás, Hay que hablarles, cantarles, leerles. Todo eso los estimula enormemente”, dice, y señala cómo en su sala se fomenta el amor por los libros desde el primer día.
El jardín tiene una biblioteca de la que los chicos son responsables, ordenando y seleccionando los libros que leen. Sabrina también implementó un diario mural, donde los chicos aprenden sobre la escritura y desarrollan su capacidad creativa. “Les leemos todos los días, y también les mostramos cómo se escribe. Ellos nos ven como escritores y participan activamente de ese proceso. Les encanta escribir sus propias definiciones, hipótesis, o inventar cuentos”, dice con entusiasmo. Y también que, a pesar de las distracciones cotidianas, siempre se hacen tiempo para leer. “Hay días que, si no llegamos a leer un cuento, los chicos me reclaman: ‘¡Seño, hoy no hemos leído un libro!’. Eso me llena de orgullo, porque significa que hemos logrado transmitirles lo importante que es la lectura”.
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La ubicuidad de la tecnología ha generado nuevos desafíos en el aula, pero Sabrina no la toma como un obstáculo, sino, por todo lo contrario. Porque, aunque el jardín está en una zona rural, la tecnología ha penetrado en la vida de los niños de manera muy visible. “Todos los chicos tienen acceso a algún dispositivo, ya sea un celular o una tablet y eso genera cambios importantes en la manera en que aprenden”.
La relación de Sabrina con sus alumnos perdura más allá del Jardín. La escuela primaria de Tres Porteñas está a unos metros del jardín, separada solo por una reja. Muchos de los chicos que pasaron por su clase la visitan durante los recreos, buscando saludarla y compartir con ella sus avances. “Es muy lindo ver cómo los chicos vuelven a buscarte. Me dicen: ‘Seño, quiero volver al jardín’, aunque ya estén en sexto grado. Se acuerdan de lo que hicieron, de los proyectos que compartimos, como cuando hicimos un volcán en clase o leímos algunos cuentos sobre lobos. Esas experiencias les quedan grabadas”, dice emocionada, “y me llena de orgullo”.
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Sabrina Agüero fue elegida por la Fundación Varkey como una de las docentes destacadas en su campaña en celebración de la Educación; un reconocimiento que destaca su compromiso con el aprendizaje y su dedicación a transformar la vida de sus estudiantes.
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