
El error enseña, o al menos esa equivocación hace que un mal hábito pueda transformarse en una experiencia nueva que lleve a la corrección y a un aprendizaje significativo.
Un estudio publicado en Nature Communications y difundido esta semana por ScienceDaily revela que el neurotransmisor responsable de que el cerebro abandone un hábito y pruebe una estrategia nueva es la acetilcolina; se trata de una molécula conocida pero cuyo papel en la flexibilidad conductual recién empieza a comprenderse.
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El descubrimiento fue realizado por investigadores del Okinawa Institute of Science and Technology (OIST) de Japón y ayuda a entender por qué algunos cerebros pueden adaptarse mejor a los cambios; una situación clave en este presente que exige la transformación educativa, laboral y profesional.

El motor de la decepción
Los investigadores entrenaron a 25 ratones para atravesar un laberinto virtual y obtener una recompensa. Sin embargo, una vez que lograron aprender todo el recorrido se les cambiaron las reglas y se logró mapear su decepción y cómo activaron estrategias para volver a obtener el premio que tenían antes.
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A través del registro con microscopía de dos fotones, una técnica de imágenes de fluorescencia que permite visualizar tejidos vivos a gran profundidad. el equipo de científicos observó que ante la falta inesperada de recompensa, se produjo un aumento significativo de acetilcolina. Y cuanto mayor fue esa liberación, más probable fue que el animal cambiara su conducta en el siguiente intento.
Para confirmar el hallazgo, los investigadores bloquearon la producción de acetilcolina y observaron una caída significativa en ese comportamiento de cambio, lo que demostró el papel esencial de este neurotransmisor en la adaptación conductual.
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Flexibilidad
Si bien el papel de la acetilcolina no es nuevo en cuanto a la memoria, nunca se había observado con tanta precisión su impacto ante la necesidad de modificar lo aprendido y encontrar una nueva estrategia.
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Esta investigación la coloca en el rol de “señal de alerta” para que el cerebro busque nuevas formas de entender un contexto y aprenda de nuevo. Esta posibilidad es clave en un presente donde el aprendizaje a lo largo de la vida se transformó en el nuevo faro a seguir ante la evolución constante a la que nos vemos obligados por el impacto de la tecnología.
Además de las implicancias directas de esta molécula para el tratamiento de condiciones como la adicción, el trastorno obsesivo compulsivo y el Parkinson, se abren nuevas perspectivas sobre cómo diseñar entornos de aprendizaje que no bloqueen, sino que activen, la capacidad cerebral de adaptarse.
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La sorpresa negativa
En tiempos donde se recalca cómo la inteligencia artificial generativa busca ofrecer recompensas constantes a nuestro cerebro, incluso ante los pedidos más simples; el mecanismo detectado por los investigadores lleva a repensar la arquitectura pedagógica y la oportunidad que ofrece el error.
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El cerebro no aprende igual cuando recibe una recompensa esperada que cuando enfrenta una sorpresa negativa. La decepción, es decir el momento en que lo anticipado no ocurre, no es un obstáculo para el aprendizaje; sino que justamente es un detonador poderoso para buscar una nueva respuesta. La señal de acetilcolina que se libera en ese instante es lo que le permite al sistema nervioso central salir del piloto automático y reconfigurarse.
Crear entornos donde el error es posible y seguro, incluso esperable, puede ayudar a que la química cerebral haga su tarea de aprendizaje. Y en especial para pensar el upskilling y reskilling del mundo adulto que muchas veces enfrenta la dificultad de abandonar lo que ya se sabe para incorporar algo nuevo.
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Investigaciones previas en neurociencia cognitiva muestran que los adultos tienen mayor dificultad para el aprendizaje flexible justamente porque sus hábitos están más consolidados. Incluso un docente que corrige un error sin dejar que el alumno lo experimente plenamente puede estar, sin saberlo, cortocircuitando el mecanismo de adaptación.
Lo mismo ocurre con las plataformas educativas que ofrecen retroalimentación inmediata y automática: si el sistema dice “incorrecto” antes de que el cerebro procese la decepción, puede estar interrumpiendo el proceso que activa la búsqueda de una nueva estrategia. Aunque los investigadores destacan que no se trata solo de celebrar el error o de perpetuarlo; sino de encontrar el punto exacto en que funciona como un activador y no como un laberinto sin salida.
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