
En ese ensayo polémico e interesantísimo que es Quién controla el futuro de la educación, Axel Rivas analizaba el devenir de la escuela —por lo menos, hasta la aparición del COVID— y en un pasaje señalaba algunas de las webs y apps más conocidas para trabajar en el aula. Y fuera de ella.
He aquí una clave de la educación actual: el aula extendió sus fronteras mucho más allá de las paredes que la contiene. Hoy más que nunca la palabra claustro, aquel término tan usado en épocas anteriores, se ha vuelto un anacronismo. Los profesores formados en los nuevos paradigmas de la educación lo tienen bien en claro, pero aún ellos se ven —quisiera incluirme y decir: nosotros nos vemos— sorprendidos por cómo con la irrupción del smartphone el aula ha dejado de ser un espacio cerrado, neutro, intocado por la realidad.
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Los profesores más grandes aprendimos —con más o menos esfuerzo— a considerar al teléfono celular como una herramienta educativa. Es habitual que los alumnos trabajen con su dispositivo, busque información en la web o escriban en una aplicación colaborativa. Es indudable que el rol del docente se benefició con estos cambios, y aquella famosa propuesta de Jerome Bruner, que ponía a la docencia como el andamiaje para que los estudiantes lleguen al conocimiento y al aprendizaje significativo, parece, por fin, haberse establecido.
Lo llamativo es que los mismos profes que logramos adoptar al teléfono como una ventana a través de la cual la realidad se extiende dentro de la clase, no podemos entender que también podría ser una ventana por donde la clase se extendiera fuera del aula. El teléfono es una herramienta de comunicación, un dispositivo para jugar, para entretenerse, para informarse, para ver series y leer libros digitales, es incluso una billetera virtual y un home banking. Pero, por alguna razón, que yo asocio con el prejuicio y el desconocimiento, no es un aparato para estudiar. Todo cambio implica nervios, incertidumbres, ansiedades; nada más fuerte que la fuerza de la costumbre.
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Y, sin embargo, si aceptáramos descubrir las posibilidades que da la tecnología —y no ocluir la tecnología a las posibilidades ya conocidas—, podríamos ver al teléfono como una herramienta para el estudio aún más eficaz que la computadora. Empezando por la cuestión que la mayoría de los chicos tienen un teléfono propio, pero comparten la computadora con su familia.
El año pasado, obligados por la pandemia y la suspensión de clases presenciales, profesores, estudiantes, padres y directivos demostramos una impensada capacidad de adaptación. En muchos casos, el teléfono pasó de ser de un enemigo a un mal necesario y de ahí a un compañero invaluable que empezó a darnos información que no sabíamos que podía dar.
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Por ejemplo, las plataformas educativas nos dijeron cuántas horas le dedican los alumnos al estudio, durante cuánto tiempo y en qué momento del día. Del día, o mejor: de la noche. Porque los adolescentes son noctámbulos —algo que sabe cualquier padre de un chico de 15 o 16 años—, pero resultó que esas horas de la madrugada también podían ser momentos especialmente dedicados al trabajo.
Con esta información podemos definir cuáles son los formatos de contenidos que más les interesa y que mejor se adaptan a sus hábitos, cuánto deben durar los ejercicios, cómo plantear ser las autoevaluaciones, cómo sostener un diálogo asincrónico, etc. Las estadísticas de la telefonía como herramienta educativa nos dan, a los docentes, la oportunidad de mantener un seguimiento profundo y continuo de nuestros estudiantes. En el aula y fuera de ella.
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